‘Bonnard. El pintor y su musa’: Arte y dependencia emocional

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El cine francés tan prolífico en las carteleras españolas nos propone esta semana ‘Bonnard. El pintor y su musa’ un biopic sobre uno de sus pintores no tan conocidos en el que explora la compleja relación que Bonnard tuvo con su musa y mujer Marthe.

Martin Provost nos cuenta la relación entre Pierre Bonnard y Marthe de Méligny una misteriosa y enigmática mujer que comenzó su relación con el pintor posando para él como modelo ocasional y acabó casándose con él tiempo después. La compleja relación que se establece entre ellos y duro toda su vida marca profundamente la obra del pintor como se ve reflejado en la película ya que ella aparece en gran parte de los trabajos del pintor.

Bonnard perteneció al grupo postimpresionista ‘Les Nabis’ y desarrolló un estilo que se caracteriza por plasmar escenas domésticas, paisajes y retratos capturados con una luz y una atmósfera en los que transmite una sensibilidad única. Su obra, que, abarca desde finales del siglo XIX hasta después la segunda posguerra mundial es bucólica pero su vida era bastante caótica y agitada como nos muestra la película.

Vivieron en París, pero dejaron la capital francesa por La Roulotte, en Normandía, un refugio en el que llevaban una vida tranquila en el campo con baños en el río y comidas al aire libre con amigos. Este lugar alimentó la creatividad de Bonnard, pero también fue un lugar de paz y de tensión entre la pareja. Aquí, recibían a amigos del artista con quienes celebraban espléndidas comidas en el campo al mismo tiempo que era el lugar de trabajo de Bonnard mientras Marthe en el que recibía a otras modelos con lo que eso conllevaba.

Sorprende lo misteriosa y enigmática que es Marthe quien oculta parte de su vida a Bonnard al provenir de una familia pobre. Su vida en París es un intento de escalar socialmente y su matrimonio con Bonnard le ofrecía esta posibilidad a finales del siglo XIX.  La película muestra perfectamente la relación de dependencia mutua que tenían Pierre y Marthe. Además, el asma que padecía ella le provocaba episodios complejos de salud de vez en cuando. Con el tiempo Marthe se revelaría también como artista con un estilo sorprendente y peculiar.

La pareja protagonista formada por Cécile De France y Vincent Macaigne está fantástica sosteniendo personajes complejos durante toda la película al interpretarlos en las diferentes edades de los protagonistas.  

Si bien la película es interesante arranca con ritmo y la puesta en escena estética simula obras de arte encuadradas en la pantalla de cine se estanca la última parte de la historia volviéndose algo larga en la última parte.

Completan el reparto Stacy Martin, Anouk Grinberg y André Marcon.

‘Un regalo para papá y mamá’: Una familia en bucle temporal

2 Butacas de 5

El director Christian Ditter dirige ‘Un regalo para papá y mamá’ una comedia familiar con toques de viajes en el tiempo que, aunque es corta termina por ser reiterativa y previsible.

La película gira en torno a los hermanos Emma (Shay Rudolph), Max (Mason Shea Joyce) y Taylor Diehl (Easton Rocket Sweda), quienes descubren que el antiguo reloj de su abuelo tiene capacidad para retroceder en el tiempo, pero solo 12 horas. Utilizan este poder para intentar evitar que sus padres Jen (Isla Fisher) y Eric (Greg Kinnear), anuncien su separación durante una cena familiar.

Ya se sabe que viajar en el tiempo puede tener consecuencias si se modifica el pasado como en Regreso al Futuro o como bien advierten en la serie ‘El ministerio del tiempo’, y aquí es donde el guionista Jay Martel juega. Los hermanos Diehl utilizan el poder del reloj cada vez que sus padres les anuncian que se separan en la cena y estos bucles temporales cual sirven para explorar diversas perspectivas de una misma situación. Esto hace que la trama se vuelva reiterativa al llevar los cambios temporales hasta las últimas consecuencias volviendo la trama caótica en su tramo final.

La pareja protagonista funciona como matrimonio en crisis. Jen es instructora de gimnasio y Eric es un hombre que ha dejado que la monotonía se apodere de su vida. Ambos muestran la frustración de una vida en la que los hijos les han quitado tiempo para la pareja. Él no se siente buen padre ya que con el tercero no termina de conectar porque no sabe cómo hacerlo, pero no la trama no deja demasiado espacio para el desarrollo de personajes.

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Los tres jóvenes tienen química y funcionan como hermanos. Taylor, el hijo pequeño, pasa por una fase complicada ya que no sale de casa, no habla y se niega a que le toquen. Su habilidad con la informática le hace utilizar una IA para comunicarse con diferentes voces a través de la tableta o el ordenador. Además, gracias a su ingenio es él quien descubre el secreto del reloj. Sus hermanos mayores, Emma y Max están como el perro y el gato porque ella se ha sacado el carnet de conducir y quiere ir de fiesta con sus amigos mientras que Max quiere que su hermana le haga caso como antes.

La resolución es previsible pero demasiado sencilla algo que deberían haber sospechado los hermanos ya que si tras cada bucle temporal siempre aparecía el divorcio en la cena debería haberles hecho sospechar que por ahí no era y que la solución era más sencilla de lo que ellos creían.