‘La odisea de los giles’: ideas de bombero

‘La odisea de los giles’: ideas de bombero

2´5 Butacas sobre 5

Con unos arrolladores resultados de taquilla en su país, La odisea de los giles se presenta como el ya habitual éxito anual argentino. La cinta de Sebastián Borensztein (Un cuento chino) aúna una serie de ingredientes para apelar a todo tipo de públicos: comedia de aventuras, denuncia social y económica, romance juvenil. Todo ello con un elemento casi indispensable: la presencia imperturbable de Ricardo Darín.

Se sirve para ello de una historia ambientada en la Buenos Aires de 2001. En el contexto del corralito, un grupo de vecinos pierden los ahorros que habían reunido para montar una cooperativa. Los responsables son un empresario de banca y un abogado, que perpetraron una estafa. Será entonces cuando los estafados unirán sus fuerzas para recuperar lo que es suyo a cualquier precio.

Esta odisea de giles (aunque por su ingenio de tontos tienen poco) para recuperar lo que es suyo se contempla sin sobresaltos, atendiendo a cada nuevo plan y cada giro sin grandes emociones y sin especial atención. Todo ocurre porque así debe ser para llegar al final feliz, aunque no haya una sola idea cinematográfica a la altura de las ideas de estos justicieros.

Puede que sí destaque un momento concreto. El personaje de Darín (padre) piensa en su esposa y rememora un instante en el que ambos vieron juntos Cómo robar un millón y…, comedia de atracos de William Wyler. En su recuerdo vemos la escena en la que Peter O’Toole y Audrey Hepburn llevan a cabo el golpe en el museo. Y es en ese recuerdo, de una vivencia real pero fundamentada en la ficción, donde encuentra el plan perfecto para recuperar el dinero. Un pasaje que hace pensar en el discurso de La verdad, la nueva película de Hirokazu Koreeda. En lo maleable de la memoria y en cómo puede diluirse a través del cine. Quizá sea una reflexión un poco estúpida, pero a veces lo gil puede salir bien.

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