'Pequeñas mentiras para estar juntos': cosas de la edad

'Pequeñas mentiras para estar juntos': cosas de la edad

3´5 Butacas sobre 5

En 2010, una comedia francesa llamada Pequeñas mentiras sin importanciaarrasaba en la taquilla de esos lares, congregando en las salas de cine del país galo a más de cinco millones de espectadores. Y no es de extrañar teniendo en cuenta que aquella cinta reunía a actores de la talla de Marion Cotillard, François Cluzet, Jean Dujardin, Benoît Magimel o Gilles Lellouche, entre otros, y que no se conformaba con ofrecer al público la típica comedia francesa llena de clichés y chistes de brocha gorda que suele acaparar los cines en la temporada estival. Aquel film del siempre eficiente Guillaume Canet supo combinar escenas puramente cómicas con tramos más dramáticos sin dejar de lado los diálogos inteligentes y eficaces marca de la casa.

Ahora, nueve años después, se estrena Pequeñas mentiras para estar juntos, secuela de aquella película que vuelve a contar con los mismos ingredientes de su antecesora: unos diálogos chispeantes, un elenco tan sólido como variado, una mixtura de géneros que funciona a la perfección y una amabilidad que en lugar de empalagar al espectador, le hace partícipe de las situaciones que vemos en pantalla, consiguiendo que empaticemos con los variopintos personajes que protagonizan esta comedia. Todo esto, unido a la inevitable nostalgia que hará florecer en el fan de la primera entrega y en los personajes que se reencuentran tanto tiempo después, hace de la cinta que nos ocupa un ejercicio cinematográfico universal y cercano en todo momento a un público que se reirá en las etapas más felices de los protagonistas y sufrirá con los pequeños quiebros que sufren los personajes, unos personajes que mantienen el espíritu de sus versiones pretéritas (sobre todo el personaje de Cotillard, unos de los más enérgicos e infantiles de su carrera)  pero que no ocultan las fisuras que el tiempo ha dejado en sus miradas y en sus almas; ya no son los mismos, aunque lo anhelen, pero aprenden (y aprendemos) que la evolución, el cambio, forma parte de la vida.

Estos mensajes que ensalzan el valor de la amistad y que nos enseñan que el amor, hacia uno mismo y hacia los demás, debe prevalecer ante las vicisitudes de la vida son recurrentes a lo largo del film, y es que, como pudimos comprobar en la anterior película de Guillaume Canet, Cosas de la edad, el cineasta francés es experto en mostrar la cara cotidiana de la vida, esa cara que, no en pocas ocasiones, se quiebra en las horas más oscuras del día, recordándonos que hasta en los momentos más felices de nuestra existencia, siempre habrá hueco para la desazón y la melancolía. Para ello, el director de No se lo digas a nadie huye de los vericuetos narrativos y las parafernalias estilísticas, pues no los necesita para cumplir su propósito: embarcar al espectador en un viaje emocional y vital en el que experimentará todo tipo de emociones y sensaciones.

 En definitiva, en Pequeñas mentiras para estar juntos, Guillaume Canet vuelve a demostrar su buen hacer a la hora de contar historias interpersonales en esta divertida, fresca y emotiva comedia llena de diálogos ingeniosos y actores deslumbrantes. ¡Pura felicidad!

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