'Rabos. El Musical': un desafío a la comedia convencional

'Rabos. El Musical': un desafío a la comedia convencional

3 Butacas de 5

Al enfrentarse a una película de Larry Charles, el director norteamericano conocido por su trabajo en “Borat“, uno sabe perfectamente de antemano lo que puede encontrarse: un desafío a la comedia convencional cuyo humor extremo cercano a menudo al absurdo busca el escándalo y la incorrección por encima incluso de la risa, sin desmerecer esto la propuesta cómica del cineasta.

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En el caso de “Rabos. El Musical”, la trama sigue a dos gemelos, Craig (Josh Sharp) y Trevor (Aaron Jackson), separados al nacer y reunidos en una serie de eventos cómicos y exageradamente absurdos.  A pesar de que dicen ser idénticos, apenas se asemejan en su aspecto físico, pero ambos llevan vidas prácticamente idénticas, hasta el punto de trabajar para la misma empresa, lo que proporciona una fuente inagotable de malentendidos. La película es perfectamente consciente de que estos tropos han sido vistos mil veces, así que desde el primer momento se apropia de ellos para bastardearlos narrativamente, pudiendo de esta manera darles todo tipo de giros hacia el absurdo, el humor y escatológico.

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Sin embargo, este enfoque se equilibra con una estructura narrativa que sigue una historia coherente sobre la búsqueda de identidad y la reunión familiar. Estructuralmente, la película resulta caótica en ocasiones, y a menudo parece asemejarse a una recopilación razonablemente bien hilada de sketches del Saturday Night Live. Este tono cercano a lo televisivo, reforzado por el uso de la luz y la composición del plano, no le sienta mal a la cinta y, de hecho, refuerza y ayuda a “vender” el tipo de humor que propone: un aspecto formal virtuoso más cercano al de los musicales clásicos hubiera resultado contraproducente en este caso.

Y la música, por otra parte, va en la misma línea. Probablemente, muchas de sus canciones no sean particularmente memorables, pero sí destacan en su forma de adoptar los tópicos narrativos y visuales propios de los musicales clásicos para pervertirlos (en el mejor sentido de la palabra) y atraerlos hacia su tono paródico y de humor negro. Las letras resultan a menudo ingeniosas a este respecto, con todo tipo de referencias subidas de tono, chistes escatológicos e incorrecciones políticas. Además, la buscada cutrez y al mismo tiempo exageración de las coreografías (que casi recuerdan al tipo de humor físico de Family Guy) ayuda a entrar en el juego que propone la película.

Josh Sharp y Aaron Jackson, que además de interpretar a los protagonistas son también los guionistas, demuestran su habilidad para el humor absurdo y la comedia física en cada escena. Su química en pantalla, entre gritos, insultos, y un lenguaje corporal exagerado, es palpable, y junto al personaje de Nathan Lane, siempre entre lo adorable y lo histérico, consiguen sostener el sobre-estimulado ritmo de la película.

A pesar de lo contundente de su apuesta, la película adolece de una estructura irregular e ideas ocasionales poco inspiradas, lo que ensombrece su mayor logro, conseguir llegar tan lejos como se propone en el terreno del humor absurdo y escatológico.