3 Butacas de 5

Basada en la historia real de Raynor Winn, “El sendero de la sal”comienza cuando Ray y Moth, una pareja de granjeros, lo pierden todo al mismo tiempo, su hogar, la estabilidad que creían tener, y a él le diagnostican una enfermedad degenerativa. Ante ese doble golpe, deciden echar a andar más de mil kilómetros a pie, una ruta comparable al Camino de Santiago, no tanto como desafío, sino como una forma de despejarse, liberarse y, quizá, encontrar alguna respuesta sobre qué hacer con sus vidas.

La película, dirigida por Marianne Elliott y protagonizada por Gillian Anderson y Jason Isaacs, es muy británica en su tono. Los chistes, las situaciones incómodas y la manera de afrontar el dolor están marcados por ese humor seco y contenido que aligera una historia claramente triste, pero nunca pesimista. Lo que sostiene la película entera, sin duda, es la química de sus protagonistas. Anderson e Isaacs funcionan como una pareja real, creíble, con una complicidad que se siente y que carga con buena parte del peso emocional. Es de esas relaciones que te hacen entender por qué siguen caminando juntos incluso cuando todo invita a rendirse.
El viaje en sí, sin embargo, acaba siendo su mayor problema. Ray y Moth avanzan, conocen personas, atraviesan pequeñas situaciones y conflictos, pero la película no se detiene a profundizar en ellos. A medida que avanzan los kilómetros, la narración se vuelve repetitiva y, hacia el tramo final, el guion empieza a sentirse tedioso, casi apresurado, como si tuviera que llegar a un destino que no termina de encajar con las expectativas que el propio camino había generado. Hay una sensación constante de que el recorrido debía conducir a algo más contundente a nivel emocional, y esa emoción nunca termina de llegar.

Visualmente, “El sendero de la sal” encuentra su fuerza en los paisajes de la costa sureste del Reino Unido, desde acantilados imponentes, bosques verdes y húmedos, hasta cielos grises que parecen pesar tanto como las mochilas que cargan los protagonistas. La puesta en escena logra transmitir el cansancio físico, el frío, la lluvia, el terreno irregular. Cualquiera que haya hecho senderismo reconocerá esa fatiga constante, ese desgaste que no es solo corporal, sino mental. Si a eso se suma la enfermedad de Moth y el estado emocional en el que ambos se encuentran al iniciar el viaje, el peso del camino se siente en cada paso.
El guion habla de la fuerza interna y de la capacidad de adaptación frente a los cambios bruscos e injustos de la vida. Hay decisiones narrativas que buscan mantenerse fieles a la historia real, algo que, no siempre juega a favor del cine. Se echa en falta un mayor riesgo dramático, un empujón emocional que saque a la historia de esa línea plana.

Aun así, pocas veces se ve en pantalla una relación entre personajes mayores tan bien representada. Ray y Moth son dos personas intentando sostenerse el uno al otro mientras el mundo se les desmorona. Y aunque la película no siempre logra emocionar como debería, sí deja una sensación cálida. Al final, más que una roadtrip movie de libro, “El sendero de la sal” es una historia sobre seguir adelante cuando no queda otra opción, incluso cuando el camino no ofrece las respuestas que uno esperaba.

