'La Misteriosa Mirada del Flamenco': el lado luminoso que persiste en las vidas más marcadas por el desamparo

'La Misteriosa Mirada del Flamenco': el lado luminoso que persiste en las vidas más marcadas por el desamparo

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En medio del árido desierto nortino en Chile, en un caserío que no llega a ser un pueblo, una residencia destaca por sobre las otras: la casa de Boa (Paula Dinamarca) acoge travestis que viven en comunidad, que durante el día se acompañan y algunas noches se prostituyen y organizan decadentes shows para los pocos mineros que asisten.

Todas ostentan nombres de animales. Una de ellas, Flamenco (Matías Catalán), tiene una hija pequeña, Lidia (Tamara Cortés), de las pocas menores que viven en el lugar. Es un sitio sin ley, ni para oficiar matrimonios ni para detener asesinatos, y la dictadura pareciera existir en un país paralelo. Allí en el desierto, las mujeres viven bajo el rumor de que sus miradas infectan de una peste asesina a aquellos sobre quienes las posan. Un mito popular que sirve de metáfora para la epidemia del SIDA que entraba a Chile en los 80 que retrata.

Las mujeres viven bajo el escrutinio de estos hombres que no se atreven a mirarlas, que las desean y las desprecian, las aman y les temen. Las someten en sus intentos por protegerse de sus miradas infectas, mostrándonos cómo es más fácil ampararse en la superstición que reconocer sus propias pulsiones.

A través de los ojos de Lidia vemos esto lejos del prejuicio, sino desde alguien que se está aprendiendo a desenvolver en un mundo que ya tiene estas reglas. En su familia y su entorno, las cosas oscilan entre la violencia y el amor, que sigue tozudo intentando aparecer a pesar de que todo alrededor le señale que no hay espacio. Es el amor por otro hombre lo que condena a Flamenco, y lo que lleva a Lidia a tener que decidir actuar en nombre de la venganza.

Estas tragedias travestis recuerdan a narrativas chilenas como El lugar sin límites de José Donoso o Tengo miedo torero de Pedro Lemebel, que exploraban el amor desde la marginalidad de la disidencia antes de que existiesen siquiera los nombres correctos para nombrarla. Ese amor siempre es peligroso, pero aquí Diego Céspedes nos muestra también el otro lado. Muestra lo fácil que es que la ignorancia se convierta en violencia, pero plantea la comunidad y la compasión como respuesta.

Aunque el último tercio no tiene tanta fuerza dramática como lo que lo precede, la premisa es suficientemente fuerte y la película encuentra momentos originales y humanos en el habitar de quienes retrata. Desde su aparente simpleza, La misteriosa mirada del flamenco logra indagar en el melodrama, el western, la fantasía e incluso la comedia, para crear un relato que se siente bastante único, que conmueve, e invita a reflexionar sobre el lado luminoso que persiste en las vidas más marcadas por el desamparo.

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