'Marty Supreme': Fatalidad y catarsis sobre una mesa de ping pong

'Marty Supreme': Fatalidad y catarsis sobre una mesa de ping pong

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La pasada nominación al Óscar de Timothée Chalamet fue por un biopic sobre Bob Dylan, un trabajo de mímesis increíble en el que el intérprete se ponía en la piel del famoso músico durante su transición del folk tradicional al rock. Ese trabajo fue muy reconocido, pero va a ser otra biografía, menos grandilocuente, la que puede que le proporcione su deseada estatuilla.

Hablamos de Marty Supreme, una cinta que gira alrededor del personaje que da título, donde el joven intérprete se desprende de manierismos e imitaciones y, simple y llanamente, vive en la piel de una persona humana (Dylan no lo es). No necesita una gran caracterización, sino que el espectador sienta y comprenda lo que está viviendo el aspirante a estrella del ping-pong.

Lo más sorprendente es que, en la catarsis que propone la cinta de Josh Safdie, consigue crear una empatía total a partir del desarrollo de un personaje completamente antipático, mentiroso y frívolo, que se llevará por delante a parejas, amigos, socios y familiares con tal de conseguir su ansiado éxito como el mejor jugador de ping-pong del mundo. Todo desde un punto de vista no aspiracional, sino degradante: en su mirada no existe nada más que la determinación de cumplir el objetivo, y actor y personaje se funden en uno con un resultado electrizante, apoteósico, vulgar y apasionado que haría aplaudir a Lee Strasberg.

Respecto a la dirección, Josh Safdie da el salto a la dirección en solitario el mismo año en que su hermano también lo hace. Cada uno aborda un drama deportivo con una gran carga visual y un nervio marcado por una estructura en espiral que arrastra a su personaje por el desagüe. Aun así, comparar The Smashing Machine con Marty Supreme no merece la pena, ya que la segunda es tan infinitamente superior que, aunque puedan apreciarse elementos en común, las decisiones más arriesgadas —y las que mejor funcionan— están en la película sobre Marty Reisman.

Un punto especialmente interesante es su contexto, ya que nos situamos en una época en la que, en Asia, el ping-pong era el deporte rey y en la que, debido a las consecuencias de la Guerra del Pacífico, las fronteras tardaron un tiempo en volver a abrirse para los deportistas del país nipón. Un marco muy sugerente en el que la cinta aborda con fatalismo la lucha en el deporte y en la vida, así como la influencia de la clase alta en las aspiraciones de jóvenes de clases bajas, llegando a un punto de vampirismo que resonó recientemente con The Brutalist.

El reparto lo componen actores maravillosos en cada uno de sus roles, entre los que destacan Abel Ferrara, Tyler, The Creator o Gwyneth Paltrow. Sin embargo, la mayor sorpresa la aporta Odessa A’zion, una joven actriz con mucha proyección que ejerce de contrapunto a Marty: mientras uno sueña a lo grande, el otro mantiene los pies en el suelo.

Quizá la película peque de excesiva y, como consecuencia de ello, de una duración demasiado larga, algo que parece haberse convertido en una moda según la cual las historias “serias” deben superar las dos horas y media para no ser consideradas menores. Es cierto que hay partes que podrían recortarse o incluso omitirse, pero cuando llegas a la finalísima con la que cierra la película solo piensas en que Chalamet agarre bien la pala, se concentre y lo dé todo para salir del plano con la victoria más importante de su vida.

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