3’5 Butacas de 5

La sombra de mi padre, una película más fácil de admirar que de amar, nos traslada a Nigeria en 1993, cuando se anularon los resultados de la primera elección democrática del país postdictadura, en la que el líder del pueblo MKO Abiola se habría impuesto, pero las fuerzas armadas decidieron no respetar la soberanía.

La narración sucede durante un solo día, que vemos a través de los ojos de dos hermanos pequeños, quienes aprovechan la inusual visita de su padre para dejar su pueblo y acompañarlo a Lagos. El padre, Folarin, es una figura misteriosa, cercano y tierno a la vez que distante y reservado. Y en este viaje iniciático a la gran ciudad los menores dilucidan parte de su identidad: un cobro de dinero pendiente, conversaciones en código con colegas, encuentros con personas en la clandestinidad. Entendemos que algo tiene que ver con la resistencia que el pueblo intenta oponer, pero al mantenerse fijamente en la perspectiva de los niños, el director Akinola Davies Jr. prefiere no aclararse del todo los detalles.

No es un recurso que se sienta particularmente nuevo, el de utilizar el fuera de campo y el acceso parcial de niños a información que se les escapa para mostrar cómo el tejido de un contexto sociopolítico se cuela en las realidades de quienes aún no lo comprenden del todo. Pero es efectivo, y crea una versión atmosférica de un conflicto relevante, aunque caiga en ciertos clichés del género y algunos apartados –las noticias que dan cuenta del escenario, algunas líneas demasiado explícitas– pierdan la sutileza que la película necesita y alcanza en otros departamentos.

Aun así, La sombra de mi padre se siente necesaria y es un debut potente, un coming of age bellamente filmado que nos sitúa en un momento digno de retratar y genera imágenes poco vistas de una ciudad y un grupo de personas afectadas por la injusticia.

