2’5 Butacas de 5

Hay veces que los estudios parecen ponerse de acuerdo para competir entre sí con historias muy parecidas. Tuvimos los ejemplos de Hormigaz y Bichos, Deep Impact y Armageddon, Un pueblo llamado Dante’s Peak y Volcano… Y esta vez parece que le ha tocado el turno a la obra de Mary Shelley, Frankenstein, en la que el año pasado Guillermo del Toro nos regaló su notable adaptación de la novela y ahora Maggie Gyllenhaal nos trae ‘La Novia’, su libre adaptación de La novia de Frankenstein.
Y aquí sí hay que decir que entre una y otra no hay ni un solo parecido, pues la obra de la directora se aleja por completo de cualquier adaptación posible, haciendo una versión anacrónica, única y arriesgada, por lo que se podía intuir en el tráiler. Bien, una vez visionada, hay que decir que Maggie Gyllenhaal lo ha intentado, pero su experimento no le ha salido del todo bien.

Un Frankenstein solitario (Bale) viaja al Chicago de los años 30 para pedir a la Dra. Euphronious, una científica innovadora (la cinco veces nominada al Oscar®, Annette Bening), que cree una compañera para él. Los dos reaniman a una joven asesinada y nace la Novia (Buckley). Lo que se desencadena va más allá de lo que cualquiera de ellos hubiera imaginado: asesinato, posesión, un movimiento cultural salvaje y radical y amantes proscritos en un romance desenfrenado y combustible.
Algo que hay que agradecer a La novia es que no es conformista. El film se arriesga y toma decisiones valientes, como su estética por momentos anacrónica, su ambientación en los años 30 y una mezcla de géneros tan variopinta que la hacen única en ese aspecto. Pero claro, a veces ser único no es equivalente a que la cosa funcione, y en este caso no lo hace.

Como habéis podido comprobar en la sinopsis, esta cinta pretende ser muchísimas cosas, resultando un pastiche donde por momentos parece que no hay nadie al timón, abogándose a su locura sin que haya siquiera un equilibrio al que el espectador se pueda agarrar firmemente. Esa es la mayor lacra de una película que posee muchas ideas interesantes, pero que apenas tiene tiempo para desarrollarlas. Es una película que, dentro de su locura, necesitaba un poco de control para tener claro qué es lo que está contando, pues nunca termina de encontrar su tono.
Y eso que en su alegato feminista se demuestra muy firme, y es precisamente en el retrato de la Novia donde mejor funciona lo que quiere contar. Pero sus ideas quedan difuminadas por el pastiche de decisiones y conceptos que quiere mostrar (el del musical nunca termina de encontrar su sitio dentro del film) y por la ausencia de un tono firme entre ellos, quedándose bastante diluida en su mensaje.

Ahora bien, hay que decir que su diseño de producción es estupendo, reflejando la magia de los años 30, pese a algunos anacronismos (esa discoteca de Chicago), y con una fotografía y vestuario que consiguen dar con la estética adecuada y extravagante que la cinta busca.
Respecto a las interpretaciones, es Jessie Buckley la que toma el timón del proyecto, y es aquí donde se ven las aristas del mismo: no hay ningún control. La actriz está magnífica, pero por momentos resulta tan excesiva y desatada que termina por resultar incluso cargante. Del resto, destacar a un Christian Bale entregado a la causa (aunque menos excesivo que su compañera) y, en especial, a una Penélope Cruz que sabe darle una magia especial a su personaje, pese a lo secundario que resulta su rol.

Por tanto, La novia es un proyecto arriesgado y valiente, pero también fallido e irregular. Uno de esos casos raros donde Hollywood ha dado carta blanca a un proyecto completamente loco. Un mejunje de ideas y conceptos que nunca terminan de encontrar su sitio porque el propio film abraza su locura sin el consentimiento de nadie. Y aquí es el espectador el que tendrá que decidir si aceptarla o no.
En mi caso me he quedado un poco a medias al perderse entre sus propias ideas, pero desde luego no le quito mérito a Maggie Gyllenhaal por ofrecer un producto alejado de lo que se suele ver en nuestras pantallas. Y ya solo por eso, se merece, aunque sea, un mínimo de reconocimiento.

