4 Butacas de 5

Hay algo mágico e interesante en ver cómo nacen las grandes obras, no cuando son perfectas y monumentales, sino cuando el caos previo domina a la creación. De eso va “El arquitecto”, dirigido por Stéphane Demoustier, que reconstruye la historia real detrás de uno de los proyectos arquitectónicos más ambiciosos que se han levantado en París, el Gran Arco de La Défense, en conmemoración del bicentenario de la Revolución Francesa.
La película nos presenta a Johan Otto von Spreckelsen, interpretado por Claes Bang, un arquitecto danés que hasta ese momento era solo un profesor universitario, pero con una gran pasión por la arquitectura. Contra todo pronóstico termina ganando el concurso internacional para diseñar ese gigantesco monumento.

Durante la primera parte de la película nos metemos bastante en el proceso creativo y burocrático, reuniones incómodas, decisiones sobre materiales, discusiones sobre proporciones, todo gira alrededor de la idea que obsesiona a Spreckelsen. Para él no es simplemente un edificio, es la obra de su vida, una forma casi perfecta, un cubo que debe mantenerse fiel a la visión que tiene en la cabeza. Y desde el principio queda claro que no está dispuesto a ceder fácilmente en eso.
Y aquí aparece algo interesante, el personaje tiene
muchísimo ego.
Es un creador totalmente obsesivo, incapaz de aceptar que alguien toque su
obra. La película intenta que empaticemos con él, pero al mismo tiempo deja
claro que su rigidez también forma parte del problema.
Lo que empieza siendo casi un drama sobre arquitectura se convierte en un drama político. El proyecto empieza a escapar de las manos de su creador, trámites, cambios de gobierno, intereses económicos, decisiones técnicas y cada uno de esos factores empieza a modificar la obra original.

Y ahí la película plantea una pregunta muy interesante ¿Hasta cuándo una obra sigue siendo del creador cuando el sistema empieza a intervenir en ella? Porque al final todos sabemos cómo termina la historia. Ese cubo enorme que hoy vemos en París no es exactamente el que imaginó su arquitecto. De hecho, Spreckelsen murió antes de que el proyecto se terminara, y él mismo ya decía que lo que se estaba construyendo ya no era realmente su obra.
A nivel técnico la película es donde más destaca. La fotografía es probablemente lo mejor. Está rodada en formato 4:3, lo que crea una sensación muy vertical y gigantesca que funciona perfecto para hablar de arquitectura y de escala. Muchas escenas aprovechan esa composición para enfatizar la geometría del espacio. También hay algunos planos secuencia cortos pero muy efectivos, y una banda sonora muy sutil que aparece justo cuando tiene que aparecer, sin intentar manipular demasiado la emoción.

Y luego está Claes Bang, que prácticamente sostiene toda la película. Su interpretación es muy potente, logra que el personaje sea brillante, obsesivo, irritante y fascinante al mismo tiempo.
“El arquitecto” termina siendo mucho más que una película sobre un edificio. Es una historia sobre lo difícil que es proteger una visión artística cuando entra en juego el poder, el dinero y la política. Empieza un poco fría, muy técnica, pero poco a poco crece hasta convertirse en un retrato bastante potente sobre el precio de crear algo que quiere ser eterno.

