4 Butacas de 5

La llama de la saga Posesión Infernal sigue estando muy viva. Parecía impensable que, tras la maravillosa trilogía que nos regaló Sam Raimi en los años 80 (y principios de los 90 con El Ejército de las Tinieblas), Hollywood se interesara por continuar la estela de este trío de películas (mi favorita es Terroríficamente muertos). Pero hete aquí que Fede Álvarez, bajo la tutela del propio Sam Raimi, sorprendió a propios y extraños con un remake (o reboot) que, aunque se tomaba la propuesta (sin duda) mucho más en serio, poseía ciertos destellos del tono lúdico de las películas originales, solo que pasados por el filtro de este nuevo siglo. El resultado fue estupendo, tanto de crítica como de taquilla, y diez años después Lee Cronin nos regaló una secuela más que notable, que mantenía muy vivo el espíritu de la saga y que también obtuvo unos magníficos resultados en taquilla. Tres años después, el director de la estupenda Vermin, Sébastien Vanicek, se pone tras las cámaras de esta nueva entrega de la saga y el resultado, desde luego, no dejará indiferente a nadie.

Película ambientada en el universo de la saga Posesión infernal. Tras perder a su marido, una mujer busca consuelo junto a sus suegros en la apartada casa familiar. A medida que se transforman uno a uno en Deadites, convirtiendo la reunión en un auténtico infierno familiar, ella descubre que los votos que hizo en vida perduran incluso después de la muerte.
Decía en el primer párrafo que esta entrega de Evil Dead no dejará indiferente a nadie porque, a fin de cuentas, cambia un poco la tónica de lo que ha venido siendo la saga. Y no lo digo por cambios de escenario ni nada parecido, sino por el tono que ofrece. En esta ocasión, pese a ciertos destellos de un humor negro de lo más agradecido (ese funeral), el filme se toma muy en serio el drama familiar que plantea, de manera que ese sentido lúdico del que hacía gala el resto de la saga aquí desaparece en gran medida.

Esto no quiero decirlo, ni mucho menos, como algo negativo; al contrario, es la propuesta de su director, y en esta ocasión le doy un diez ante una película que me ha recordado por momentos al terror extremo francés (por algo el director es galo), debido al sadismo con el que trata los cuerpos y a la constante sensación de maldad que se respira durante casi toda su proyección, hasta el punto de que parece que estés viendo una auténtica danza del infierno.
Pero, sobre todo, es la rotundidad de su puesta en escena donde el filme da un golpe sobre la mesa, pues sus estallidos de violencia resultan impactantes (la escena del coche es BRUTAL) y, además, están rodados con una eficacia digna de todo elogio. Sébastien Vanicek juega constantemente con la cámara (y con la carne) y, aunque no es Sam Raimi en su faceta más lúdica, plantea escenas de una manera brillante (planos secuencia, cenitales, invertidos… ya digo, juega con todo).

A todo ello hay que añadir un ritmo magnífico que consigue que no mires el reloj ni un solo instante, pues, una vez superada la presentación de los personajes y de su situación, el filme apenas da tregua y se convierte en una sucesión de escenas, cada cual más desagradable y sádica. Todo ello acompañado también de una fotografía espléndida (de tonos MUY grises… la más gris de la saga, sin duda), unos efectos de maquillaje y prácticos sencillamente impresionantes y un diseño de producción que consigue aprovechar el escenario AL MÁXIMO (me encanta cuando las películas de terror aprovechan absolutamente todo el escenario).
Respecto a las interpretaciones, cabe destacar a la actriz francesa Souheila Yacoub como protagonista del relato, manteniendo el tipo de manera tremenda ante la cantidad de torturas y guantazos que sufre durante toda la proyección. El resto del reparto está correcto, aunque he de mencionar a una Maud Davey que se lo pasa estupendamente y a una Tandi Wright cuyo papel parecía estar hecho para Isabelle Huppert (es más, guarda cierto parecido con la actriz dentro del propio filme).

Cierto es que su clímax final termina siendo algo más desangelado que el resto, pues incluso parece un tanto de pegote y se desarrolla en un escenario bastante… soso, por así decirlo, lo que hace que carezca de la fuerza que venía manteniendo durante toda la proyección. Tampoco perjudica demasiado al filme, pero sí da la sensación de ser un añadido introducido tras ciertos pases de prueba.
Por tanto, Posesión Infernal: En llamas es, quizás, la entrega de Evil Dead más sádica y malvada de todas, y eso puede que a muchos fans de la saga no les siente bien, al tomarse un poco más en serio su propuesta y dejar algo más de lado la vertiente festiva del género. Pero, por lo demás, hay que destacar que su director ofrece una propuesta muy bruta, con una puesta en escena fantástica en la que plantea escenas de un impacto tremendo y en la que parece que el cineasta haya querido hacer su propia película de terror extremo francés, solo que pasada por el filtro de la saga Evil Dead. Por tanto, no es apta para estómagos sensibles, aunque para los amantes del género es una auténtica fiesta en la que te hará falta un chubasquero para no acabar salpicado de sangre y vísceras, coronándose como la cinta más gore del año. Porque, como he dicho al principio, la llama de la saga sigue más viva que nunca.


