3 Butacas de 5

Una serie de viñetas, por acumulación, nos van revelando el estado de una familia tras la separación de los padres en los campos de Islandia. Y a pesar de mantener la fijación por la grandeza de la naturaleza y una mirada rígida frente al material que filma, en su cuarta película Hlynur Pálmason se aleja de lo sombrío para explorar algo nuevo.

Evade grandes conflictos y el melodrama propio de la desintegración familiar al centro de la película, para enfocarse en mostrar el tiempo que los personajes pasan juntos o por separado, delatar el estado de la unión entre los niños y el perro, indagar en el vínculo que mantienen los esposos.

Proviene de una escritura más experimental o intuitiva que devino en una película grabada en tres años como si fuese un documental. Esto le permitió a El amor que permanece ir cobrando su propia forma, en un ejercicio de exploración que termina por encontrarse con la comedia y la fantasía (ni gallinas gigantes ni monstruos marinos están fuera de este universo).

Se siente como algo nuevo en un género que ya nos ha contado esta historia muchas veces. Y, a pesar de que esta distinción la hace resaltar, a veces la cinta lucha con justificar por completo su existencia.

