3 Butacas de 5


Hay películas que, por su condición de película de serie B, se les perdona todo. Al fin y al cabo, sus propuestas poseen una falta de pretensiones evidente, cuyo único propósito es entretener al espectador a costa de todo, a través de historias o premisas cuanto menos curiosas, con un presupuesto (más o menos) ajustado y con ganas (la mayoría de las veces) de hacértelo pasar bien. Black Box: Vuelo 298 podría enmarcarse de lleno en este género, y es que su director, Steven Quale, ya es experto en estas lides, habiendo dirigido la quinta entrega de Destino Final (una entrega de lo más decente, todo hay que decirlo) o En el ojo de la tormenta. Y lo que entrega es precisamente lo que promete: una película de serie B de lo más distraída y simpática.

El vuelo comercial 298, que cubre la ruta de Nueva Orleans a Seattle, acaba estrellándose y convirtiéndose en el centro de un escalofriante misterio sobrenatural. El motivo del accidente se desconoce hasta que se encuentran las grabaciones entre los restos. Lo que les sucedió a los pasajeros del vuelo 298 escapa totalmente a la razón humana…
En una cinta como Black Box: Vuelo 298 no hay que pedirle mucha credibilidad al relato. Al fin y al cabo, la película juega con la premisa de las experiencias paranormales vividas en un avión, y eso es precisamente lo que el film te ofrece. Ni más ni menos. Su evidente falta de pretensiones hace que el film sea bastante disfrutable, dentro de sus limitaciones, porque sabe en todo momento lo que es y lo que quiere ser. Y de ahí que funcione: por su completa honestidad a la hora de contar este relato.

Cierto es que el film está plagado de todos los tópicos habidos y por haber, en especial en esa presentación de personajes que tomarán ese vuelo y que hemos visto en cualquier película de este género mil veces. Sin ir más lejos, la niña Molly Belle Wright, que también aparece en otra película de serie B recién estrenada, En mar abierto, y que parece estar hasta en la sopa, pues también aparece en la estrenada hace poco Omaha. Es más, el relato sigue las pautas de este tipo de films con corrección, sin salirse mucho por la tangente, en especial durante su primera mitad.
Pero es a partir de su segunda mitad cuando el relato me ganó. El film se deja de sandeces y se suelta la melena, mostrando el relato que verdaderamente quería ser, y ahí he de decir que me ha parecido hasta valiente. Porque podía haber jugado más con la (típica) sugestión, y el film no lo hace. Es más, abraza lo contrario: ser gráfico y directo, abogando mucho más por el fantástico y el cine de terror, haciendo que sea incluso más disfrutable, o al menos en mi caso.

Y en este caso, por abrazar el género de manera tan abierta (y a veces tan loca), se le perdona casi todo. Por eso lo dicho en el primer párrafo, porque, al fin y al cabo, el film ofrece lo que prometía y, pese a un relato cuyo guion está plagado de tópicos, de interpretaciones que no pueden dar más de sí ante lo que tienen, una puesta en escena bastante plana y una economía de medios evidente, la película consigue mantenerse a flote por ese desparpajo y ese nada disimulado disfrute hacia el cine de serie B realizado sin muchas pretensiones.

Por ello, a veces hay que dejarse llevar, y en Black Box consiguen precisamente esto: que dejes aparcado tu cerebro durante hora y media sin darle muchas vueltas a lo que estás viendo. Al fin y al cabo, el espectador, una vez visto el cartel y leído el argumento, es consciente de lo que quiere ver y, precisamente, la cinta te lo da en bandeja de plata. Quizás no de la manera más elegante, pero desde luego sí de lo más honesta. Y es ahí donde gana. Es lo más parecido a un capítulo de The Twilight Zone, donde sabes lo que te vas a encontrar sin que te vuele la cabeza, pero en el que, indudablemente, te ha hecho pasar el rato.

