2’5 Butacas de 5


Eli Roth es un actor y director de terror con un punto muy gamberro que siempre destaca por hacer un cine muy disfrutable. En este caso, con “Dulce sabor a muerte”, se le ocurre transformar el concepto clásico del carrito de helados itinerante para contar una historia de violencia extrema y sin ambages: lo que ocurre cuando, en un idílico pueblo estilo Stephen King, llegan unos deliciosos helados y los niños que los comen se convierten en homicidas. ¡Una maldición mortal!
Todas las clases empiezan a hacer destrozos, matando a profesores, policías y bomberos de las formas más rocambolescas posibles, jugando con un gore comercial que hará disfrutar a los fans de la casquería. Quizás la manada de escolares asesinos te recuerde a la más reciente “Weapons”, pero con resultados más desiguales e icónicos.

Me gusta bastante la caracterización estética que identifica a los niños transformados: con solo unos detalles de maquillaje alrededor de la boca, manchada de restos de helado, junto a esas miradas asesinas, basta para reconocerlos y transmitir el mal rollo que busca Roth. Y sí, los niños suelen ser tiernos, pero si les das la vuelta dan un miedo que te cagas.
La gracia de todo está en que nuestro protagonista es el único que puede salvar la situación porque es intolerante a la lactosa. Esa casualidad tan divertida convierte al nerd del que todos se ríen en el inesperado salvador.
Lo cotidiano que se torna excepcional le da su punto a la película: generar terror desde un mundo perfecto, en un día bonito e iluminado, es un contrapunto que valoro positivamente. Sin embargo, a pesar de todo —y de la corta duración de “Ice Cream Man”— el grueso de la cinta, sobre todo la escena del colegio, se hace repetitivo, y los gags basados en las muertes de los adultos pierden gracia e interés. También contribuye la sobreexplicación de lo que ocurre con el heladero, seguida de una resolución cogida con pinzas, que deja un resultado irregular.

Un punto a favor es el trabajo de Ari Millen interpretando al villano desde el mutismo y el silencio, con un trabajo gestual y de mímica muy deudor del cine mudo, que lo acerca al payaso Art. Solo con eso y su uniforme crea un personaje que puede parecer amable para que un niño se acerque… y terrorífico cuando la trama explota.
En general, Eli Roth ofrece un divertimento para no pensar durante 90 minutos, con sus bromas de siempre, aunque peca de unos tics que, al ser tan insistentes, pierden su razón de ser. Apta para los fans del género —que no son pocos—, pero Roth no parece haber tenido mucho interés en desarrollar ni dar sabor a su nuevo helado del año, que queda algo pringoso.

