
Como hacía Jonathan Glazer (productor ejecutivo de Naza) en su aclamada La zona de interés, la película muestra el horror a través de la cotidianeidad de los agresores.
El punto central son conversaciones con soldados o dirigentes del ejército israelí en las azoteas de Tel Aviv durante la noche, donde se puede contrastar el horror de las palabras de los entrevistados con las torres modernas de la capital, donde la gente cocina, ve la televisión, descansa…

Las imágenes de Gaza no llegan hasta el final, sólo como broche final a una película capaz de que los testimonios, (rodados como conversación cinematográfica y con una gran fotografía) tengan un interés mayúsculo.
Se presenta información más o menos conocida por la gente hasta el momento (todo publicado ya en el diario británico The Guardian), pero la sobriedad (o a veces indiferencia) con la que los soldados cuentas sus experiencias consigue devastar al espectador.

Es difícil medir la película en una escala numérica, y más en posibilidades de ganar el Festival (no me atreveré a hacerlo), pero sin duda es un documento importantísimo de uno de los mayores horrores de este siglo. Y como dice en los títulos finales, el genocidio sigue en estos momentos en marcha. No ha acabado. Que no caiga en el olvido.
