3’5 Butacas de 5

Cuando cuidar de todos te hace olvidarte de tí, ¿cuánto realmente vale la pena este sacrificio?, eso es lo que nos cuenta “La vida de una mujer”, en la que seguimos a Gabrielle, una cirujana maxilofacial cuya existencia parece construida alrededor de los problemas de los demás, el hospital, su familia, su madre enferma, sus relaciones y las decisiones acumuladas durante años forman una vida en la que cuidar de los demás se ha convertido prácticamente en su identidad.

Charline Bourgeois-Tacquet, su directora, decide hacerle honor al título de la película y la estructura en capítulos que saltan entre distintos momentos para así contar la vida de Gabrielle. Es una elección coherente, aunque no siempre funciona, algunas historias empiezan a adquirir peso justo antes de desaparecer y ciertos saltos temporales cortan una conexión emocional que la película acababa de construir, y que valía la pena seguir explorando.
A pesar de eso, se siente como si Gabrielle nunca parece disponer del tiempo suficiente para vivir una sola cosa. Su profesión invade su vida personal, los problemas familiares interrumpen su trabajo y las responsabilidades dejan poco espacio para preguntarse qué quiere ella.

Entonces, cuando todo parece que seguiría cayendo en el mismo bucle, llega una escritora interpretada por Mélanie Thierry, que no funciona solo como una historia romántica, sino como una salida. Gabrielle descubre una parte de sí misma que no encaja con la vida que ha construido, enamorarse no elimina sus responsabilidades, pero le obliga a preguntarse si quiere seguir viviendo bajo ellas.
Y ahí Léa Drucker sostiene buena parte de la película, su interpretación no busca grandes explosiones emocionales, consigue transmitir ese desgaste a través de pequeños gestos, silencios y miradas, haciendo que el personaje parezca alguien que lleva demasiado tiempo posponiéndose a sí misma.

La puesta en escena mantiene una elegancia clásica que acompaña bien ese tono íntimo. Sin embargo, lo que retrata puede resultar familiar, se acerca demasiado a ese drama burgués francés que ya hemos visto muchas veces antes.
Su mayor virtud está en Gabrielle, más que contar una historia de amor, la película observa a una mujer que ha pasado tantos años siendo necesaria para los demás que casi ha olvidado cómo ser necesaria para sí misma. No todas sus piezas terminan de encajar y algunos capítulos dejan la sensación de que podrían haberse desarrollado más, pero “La vida de una mujer” consigue construir un retrato sensible sobre el deseo, el paso del tiempo y el precio de vivir siempre para los demás. Y quizá por eso su título funciona tan bien, no estamos viendo una vida extraordinaria, estamos viendo una vida normal y corriente, con todas sus contradicciones, responsabilidades, errores y oportunidades perdidas.
