‘Los Miserables’: Una adaptación dinámica y fiel del relato de Victor Hugo

3’5 Butacas de 5

Ante el gran catálogo de adaptaciones y adaptaciones de adaptaciones, el público se pregunta hasta qué punto es necesario contar la misma historia una y otra vez. Pero, como bien plantea la película Los miserables, mientras existan la miseria y la pobreza, su historia seguirá siendo necesaria.

Los miserables apuesta más por la crudeza de la novela original que por la melancolía de su adaptación musical, algo que se agradece, especialmente después de haber visto la magnífica versión del Teatro Apolo de Madrid y la adaptación cinematográfica de Tom Hooper de 2012. Para los fans del musical, canciones como I Dreamed a Dream definitivamente se echan de menos, pero su ausencia permite dedicar más tiempo a profundizar en los personajes y sus historias. ¿Sabías que los Thénardier tuvieron más hijos además de Éponine, algunos de ellos con un papel fundamental en las revueltas? ¿Cuál es la historia detrás del joven revolucionario que roba el corazón de la preciada Cosette? ¿Tiene el antagonista Javert un pasado traumático que explique su implacable odio hacia los delincuentes?

En esta versión, los héroes cometen más errores y los villanos llegan a cuestionarse sus propias acciones, ofreciendo así un retrato más humano y, quizás, más fiel a las contradicciones de la sociedad francesa del siglo XIX. El reparto está magnífico, intérprete tras intérprete, y constituye uno de los puntos fuertes de la película. Camille Cottin destaca por su interpretación de uno de los personajes con menos escrúpulos, la señora Thénardier. Al contrario que en otras versiones, Cosette se convierte en el único personaje flojo del relato, quizás porque tiene menos líneas de diálogo e incluso menos importancia dramática que en otras versiones. La historia claramente está centrada en torno a la enemistad entre Valjean y Javert.

En los últimos años, Francia ha apostado por grandes producciones destinadas a reivindicar la espectacularidad de su cine, como El conde de Montecristo o Los tres mosqueteros: D’Artagnan. Los miserables continúa esta tradición. La factura visual es increíble: planos panorámicos que beben del teatro, una colorimetría impecable y una composición visual cargada de significado que atrapa a cualquier amante del cine. Por momentos, la sensación es la de estar dentro de las páginas de la propia novela. En el apartado musical tampoco se queda corta. La banda sonora funciona como la manta perfecta que arropa este cuento de invierno sobre personas que luchan por una vida mejor.

Su capacidad para mantener la atención del espectador dependerá, en buena medida, no solo de su capacidad para entretener, sino también de su cadencia. Sus 178 minutos de metraje, prácticamente tres horas, pueden tornarse pesados, a menos que la historia justifique semejante duración. Dicho esto, todo se siente bastante necesario. Cada trama funciona y concluye cuando debe hacerlo. Estamos hablando de un relato que acompaña a sus personajes durante décadas, con una gran revolución de por medio. Sería difícil reducir su duración sin eliminar tramas fundamentales. Es como si quisieras contar El Quijote en menos páginas: no tendría el mismo impacto, aunque, al mismo tiempo, no son muchos quienes lo han leído entero.

Los miserables no pretende ofrecer una historia fresca ni novedosa, sino una historia conocida contada con rigor y sensibilidad. La falta de sorpresa y, en ocasiones, de emoción se compensa con una escenografía y una dirección magistrales, pero son los actores quienes destacan por encima de todo. Gracias a ellos y a todo el equipo, se nos recuerda que el cine francés tiene historias increíbles y este relato jamás debe de dejar de ser contado.

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