ORLANDO, MI BIOGRAFÍA POLÍTICA, debut en la dirección cinematográfica del reputado filósofo Paul B. Preciado, competirá en la Sección Zabaltegi – Tabakalera del Festival de San Sebastián. La película, que llegará a las pantallas de la mano de Atalante el 11 de octubre tendrá en el festival su estreno nacional tras su aclamado paso por la Berlinale, donde se hizo con cuatro galardones, entre ellos el Premio Especial del Jurado en la sección ‘Encounters‘ y el premio Teddy al mejor documental, erigiéndose así como la película más premiada del certamen.
Sinopsis En 1928, Virgina Woolf publica Orlando, la primera novela en la que el personaje principal cambia de sexo en medio de la historia. Un siglo más tarde, el filósofo Paul B. Preciado decide escribirle una carta a Virginia Woolf: su Orlando ha salido de la ficción y lleva una vida que jamás habría imaginado.
Paul B. Preciado adapta en su ópera prima la novela de 1928 de Virginia Woolf (‘Orlando: una biografía’) para convertirla en una biografía colectiva que celebra la supervivencia y la lucha por la libertad de las personas trans y no binarias. Desplazando los binarismos tradicionales entre el documental y la ficción, la película es una carta de Paul B. Preciado a Virginia Woolf en la que el filósofo cuenta a la escritora inglesa qué ha ocurrido con Orlando, el personaje trans de su novela, en el último siglo. Narrada en primera persona por la voz singular de Paul y encarnada por 26 personas trans y no binarias – de entre 8 y 70 años -, la historia de Orlando se despliega poco a poco a través de un caleidoscopio de experiencias que, en un vaivén entre la historia novelada de Orlando y las vidas reales de los Orlandos de la historia, exploran la transición de género no solo como una mera producción de identidad, sino como un viaje transformador, un movimiento de desidentificación y una práctica de invención de libertad.
Ligera aunque plagada de referencias al cine underground queer de Kenneth Anger, Jack Smith pasando por Jesús Garay o Ashley Hans Scheirl, al mismo tiempo poética y grave, ORLANDO, MI BIOGRAFÍA POLÍTICA es una carta de amor dedicada a todas aquellas personas trans y no binarias que ponen en riesgo sus vidas a diario al deber hacer frente a las leyes, la unilateralidad de la historia y los dogmas de la psiquiatría, además del tradicionalismo religioso o el poder del sector farmacéutico.
PAUL B. PRECIADO Paul B. PRECIADO es filósofo, escritor y comisario de arte y uno de los pensadores contemporáneos más importantes sobre las políticas del cuerpo, el género y la sexualidad. Ha sido Director de Programas Públicos y del Programa de Estudios Independientes en el Museu d’Art Contemporani de Barcelona, Comisario de Programas Públicos en documenta 14 Kassel y Atenas; y comisario del Pabellón de Taiwan en Venice entre otras tareas institucionales. Sus libros Manifiesto Contrasexual, Testo yonqui, Pornotopia, Un apartamento en Urano, Yo soy el monstruo que os habla y Dysphoria Mundi, – todos publicados por Anagrama – , son referentes clave para la filosofía contemporánea, el arte y el activismo queer, trans y no binario.
Mientras se espera, el tiempo que
permite la espera se pierde a sí mismo para prepararse mejor para esperar. Y la
espera que se produce en el tiempo abre el tiempo a la ausencia de tiempo donde
no tiene sentido esperar.
Esta reflexión de Godard se podría extrapolar
a la percepción que tiene Itsaso Arana sobre el tiempo. Sobre el tiempo en la
ficción. O en la no ficción. En la vida, al fin y al cabo. Mientras esperamos,
el tiempo se desvanece, y es en ese instante prolongado donde la espera gana el
pulso en nuestra lucha por actuar frente a lo que deseamos realizar. ¿Y por qué
esperar y dejar que fluya el tiempo si podemos lanzarnos al abismo? Este
concepto desesperado de actuar confiando en nuestra propia fe sería uno de los
tantos telones de fondo que Itsaso esconde en una ópera prima que nace desde
una mirada de fábula, casi quijotesca,
hacia los sentimientos crípticos que las cinco protagonistas como personas, no
como personajes, perciben y han percibido durante su estancia vital. Una
estancia que, como bien dicen al comienzo, empieza de la manera más placentera
posible y en la que el espectador, como si de un conjuro místico se tratase, se
verá envuelto en la magia de sus andanzas. En la magia de un cuento de verano
que, volviendo a esa idea quijotesca, parte de una casa, molino mediante,
alejada en un pueblo que cuesta creer que pertenezca a este mundo.
Y la encargada de que parezca que
estemos en un mundo pseudocósmico –entre la vida y la muerte, el amor y la
pena, el sueño y la vigilia, lo bonito y lo triste– es Itsaso Arana, quien se
nutre de sus experiencias pasadas para redactar su primera carta como
directora. Y es que si bien La Virgen de Agosto –obra en la que
Itsaso es coguionista y protagonista– era una película de autodescubrimiento
personal bajo una perspectiva solitaria, Las Chicas Están Bien es un título
con el que conocerse (y reconocerse) desde un prisma colectivo en el que
también se trata la admiración como forma de halago y desahogo –y del miedo a
expresarla–, esa mitología de los ilusos como soñadores, el amor como juicio efímero y aquella sensación sempiterna de no
saber bien dónde, cómo y cuándo concluirá la experiencia relatada. Como ese
cuento que tu madre te contaba y entrecortaba para leerte la noche siguiente.
Pero no solo en esos puntos de inflexión se encuentra el nexo entre estos dos
relatos estivales. También en la luz como componente revelador, en la división
diaria de sus actos, en la cotidianeidad de sus palabras. Aunque, a pesar de su
apariencia espontánea, casi azarosa, se encuentra un cine-ensayo puramente
escrito y pensado. Un vestido hecho a medida hilado a través de repeticiones,
fundidos, jump-cuts, planos subjetivos, fijos y abiertos donde no hay temor a
romper la cuarta pared –recurso bastante
empleado en el cine autoral pero que aquí se percibe como un acto
renovado, de confianza con el espectador, donde Barbara Lennie aparta la mirada
a Itsaso para dirigirla hacia nosotros, de forma solemne, como si se parase el
espacio-tiempo y fuese una amiga nuestra más de toda la vida mientras nos quema
con sus palabras para confirmar que, durante todo este tiempo, hemos sido un
protagonista más de la obra–. También en el alma de esta película-espejo, al
igual que en Tenéis que venir a verla, a través de las conversaciones que tienen
nuestras cinco amigas, se halla Ingmar
Bergman en su afán de tratar las relaciones interhumanas. Donde lo
simbólico se antepone a la narrativa convencional. Donde lo metafísico tiene
más relevancia incluso que la propia historia que se desea contar. Donde se
habla del amor como la mejor forma de conocimiento. De los muertos y su
semejanza con el arte. De la existencia y la vergüenza de existir. De la
interpretación de conceptos vitales que no habíamos llegado a sentir–como el
amor o la muerte–. Del temor a la soledad.
Podríamos decir que esta vivencia,
más que obra, es bonita y triste. Como las mejores películas y las mejores
canciones. Porque, como dice el personaje de Helena, todo lo bonito es triste y
todo lo triste es bonito. Pues toda experiencia triste guarda un carrete de
buenos recuerdos. Esta idea puede nacer en Los Ilusos (2013): “Y él le dice que el cine es como la vida: una mezcla de
cosas tristes y alegres”. Las Chicas Están Bien (pese a que en
ella se relacione a los muertos con las pinturas y que en sus interiores y
anocheceres se acerque a un preciso barroquismo –claroscuros–) sería algo así
como un cine vivo, como un cuadro melancólico y radiante perteneciente al
impresionismo. Ya sea por aproximarse a
la realidad y proyectar aquello que la autora puede percibir e incluso palpar.
Por exponer sus figuras principales al aire libre. Por utilizar minimísimos
elementos para unificar toda la obra bajo una luz resplandeciente. Por, al fin
y al cabo, representar la vida misma. Y es que Itsaso apuesta por la vitalidad,
la vitalidad como ese concepto sagrado que no podemos perder.
Y hablando de la existencia,
¿sabéis qué es lo que más nos molesta en esta vida? Que no nos hayamos conocido
a nosotros mismos. Que no nos podamos conocer. Este sería uno de los dardos que
lanza la película y el corazón de la misma. Pues Itsaso Arana camufla en sus conversaciones y ensayos teatrales
ensayos sobre la propia vida que sirven tanto para autodescubrirnos como
para que Itsaso, Itziar, Helena, Bárbara e Irene –cinco amigas que conforman un
plantel de ensueño– se conozcan mediante la retrospectiva del tiempo –los
amores, las ambiciones, el destino– en un ejercicio-espejo en el que hay
espacio para: presentarse imaginándonos un rol ficticio, interpretar emociones ininteligibles,
revivir duelos pretéritos, confrontar sentimientos opuestos –alegres como el
amor, el anhelo, la amistad o el crecimiento vital y tristes como la muerte, la
soledad, la pérdida o el miedo al rechazo–, conocerse a través de la
interpretación y la escritura, emocionarse frente a la luna mientras te
desvaneces en plano y hasta ligar con un príncipe en una barra cualquiera de
las verbenas del pueblo. En La Reconquista –la primera película
de Jonás Trueba que protagonizó Itsaso–, las cartas pasadas servían como hilo
conductor de un futuro encuentro. Seguramente, en un futuro, Itsaso releerá su
primera carta y revisitará el pasado para encontrarse consigo misma en el
presente. Y si las películas son cartas al futuro, no podría haber escrito una
carta de presentación mejor.
Para acabar, me vais a permitir esta licencia poética: Por
películas como esta, avanza el cine. Y la vida.