2’5 Butacas de 5

El agotamiento de los superhéroes ya no viene de su masificación. Lo que antes era recibido como novedoso, ahora parece sacado de otra época. Con The Batman (Matt Reeves, 2022) y Superman (James Gunn, 2025) todo el mundo aventuraba un prometedor futuro universo cinematográfico que sacase partido de sus increíbles personajes. Sin embargo, en cuanto se han adentrado a explorar las profundidades de un fondo de armario lleno de polvo, han vuelto a caer en los errores que han llevado al cine de superhéroes a un letargo del que parece imposible sacarlo. Clayface es el enésimo intento de DC de tomarse en serio a sí mismo a través de una película que parece sacada de una época pasada.

El meteórico ascenso de Matt Hagen, desde chico de la calle en Gotham hasta protagonista de Hollywood, se ve trágicamente truncado cuando las acciones de un jefe del crimen local lo dejan horriblemente desfigurado. Abandonado por su equipo y sin nada que perder, Matt busca un tratamiento de vanguardia que, milagrosamente, le devuelve su aspecto anterior, pero que también afecta inesperadamente su percepción de la realidad, sumiéndolo en una espiral destructiva de venganza que lo consume por completo.

Clayface es una película que explora la historia de uno de los villanos más peculiares de Batman, pero lo hace desde un prisma convencional. Un circo de los horrores caricaturesco en el que todo parece aspirar a más. La película, al igual que Supergil (Craig Gillespie, 2026), da la sensación de haber nacido vieja, anticuada. James Watkins se pone al servicio de una franquicia que como la masa uniforme en la que se convierte el protagonista, se diluye por la alcantarilla.

Más allá de ciertos momentos que abrazan lo grotesco donde el horror corporal asoma un potencial nunca más explorado, la película se hunde en un drama flojo, carente de fuerza y sentido emocional que coloca a un personaje cualquiera ante un destino abominable. Al guion enseguida se le ven las costuras y el dispositivo no logra sorprender en ninguno de sus intentos. Clayface cae en el cliché convirtiéndose en una cinta previsible y, en algún punto, aburrida.

Uno de los grandes males de este tipo de películas es su desprecio al antagonista que, debiendo ser la fuerza motora del conflicto, es reducido a una mera marioneta que no le importa a nadie, ni siquiera al protagonista. Clayface es hija de una fórmula agotada que, como el barro, lucha por no desintegrarse ante la tempestad que le está cayendo encima.












































