‘Todas las lunas’: Hablar de la muerte es hablar de la vida

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La hermosa película de Igor Legarreta narra una historia oscura, pero llena de emoción. Una niña condenada a la soledad por un ángel egoísta, transformada por la pérdida de la muerte y que lucha por revertir su destino. La obra reflexiona sobre la muerte e, inevitablemente, sobre la vida, recordando el valor de la mortalidad y el gozo de sentirse vivo.

La obra cuenta con pocos diálogos, pero cada una de las frases está ahí para crear un significado que trasciende lo literal. Las palabras juegan con las imágenes, los papeles de los personajes, el resto de sonidos y la información que poco a poco se le va desvelando al espectador para crear su verdadero sentido.  El contraste, en ocasiones, entre lo que se escucha y lo que se ve produce un diálogo de reflexión entre el espectador y la obra, incitando al público a cuestionarse lo que está viendo, concediendo una dimensión más al mensaje del largometraje.

Un mensaje que se apoya, sobre todo, en la profundidad de tanto sus imágenes como sus sonidos. Los espacios en los que se desarrolla esta obra cuentan con todos los matices necesarios para absorver a su espectador. La fotografía presta mucha atención a los colores y la calidez de sus luces, asociando la oscuridad, la luna y las velas a un mundo solitario, a la reflexión y a un poder indeseado, mientras que el sol y los colores más brillantes acompañan a la protagonista en su lucha por escapar de su condena, como elementos de fuerza y transformación. El sonido no tiene nada que envidiarle a la imagen en este filme, que captura las texturas sonoras de los parajes naturales en los que la historia se desarrolla. La escasez de conversaciones permite al sonido ser el descriptor del contexto y la atmósfera, en muchas ocasiones, construyendo el espacio que existe más allá de los limites del encuadre y la visión de los protagonistas.

Los parejes naturales son especialmente importantes en esta obra sobre la soledad y la muerte. Los bosques, las cuevas, los lagos y ríos actúan como protectores y como hogar, pero también se convierten en amenazas que conducen a los protagonistas hacia el dolor y el aislamiento. El personaje de Amaia, interpretado magníficamente por la jovencísima Haizea Carneros, es uno que necesita de un protector, una guia en un mundo en el que debe orientarse y una madre o un padre que la abrace con cariño. La acogida de esta niña supone, en los demás personajes, el inicio de una transformación. Amaia trae consigo el despertar de la curiosidad y el aprecio por la vida. Su paso por las vidas de los personajes los lleva a cuestionar, e incluso aceptar, que existe otra verdad, un camino distinto al que están aferrados. Y, en esta reflexión sobre la vida y la muerte, el filme y sus personajes cuestionan el valor que la idea de un paraíso le resta a la belleza de la vida. Una belleza compuesta de dolor y felicidad, soledad y compañía, pérdida y descubrimiento.

Todas las lunas es una obra que sumerge a su espectador en un mundo visto a través de los ojos de una niña que busca sentirse viva una vez más. Se detiene a observar los colores, los sonidos y las personas que componen este mundo y plantea una reflexión sobre la vida y lo que la dota de valor.

‘Hijos del sol’: Cuando el mayor tesoro es la educación

4 Butacas de 5

Hijos del sol (Sun children) es la nueva película del único director de cine iraní candidato a los Oscar: Majid Majidi. Con una gran cantidad de premios y de largometrajes a sus espaldas, Majidi (El color del paraíso) nos trae este real y crudo cuento donde mezcla con maestría una mirada autoral para trasmitir un problema social que afecta a millones de niños en países como Irán.

Alí y sus amigos necesitan sobrevivir y, para ello, trabajan explotados en un taller o roban por encargo piezas de coches. En este contexto de necesidad, Alí recibe una oferta que les cambiará la vida: tienen que matricularse en un colegio, la Escuela del Sol, para conseguir desenterrar un tesoro.

El film muestra muy bien esa dinámica de estafadores y estafados, adultos y niños que se comportan, o incluso visten, como adultos, porque no han tenido otra salida que crecer a marchas forzadas, pero no dejan de ser niños, aunque desconfiados, también inocentes y soñadores. Hay quien quiere ser futbolista, a quien se le dan muy bien las matemáticas, quien simplemente quiere vivir en paz o quien tiene la ambición de hacerse con ese tentador, suculento, pero desconocido tesoro.

Aunque es un drama, contado de una manera liviana y con bastante luz, juega con pequeñas píldoras de comedia que rozan la ternura y te dejan un mensaje claro: la educación es el pilar para cualquier cambio social.

Sin duda, la historia no sería como es, ni habría recibido tal cantidad de premios como el Marcelo Mastroianni en el Festival de Venecia, sino fuera por el joven y espectacular actor Roohollah Zamani, nuestro Alí, que refleja perfectamente esa mirada desesperada, perdida y cándida, a la vez.

El reparto se ve completado con adultos de gran peso: Javad Ezati (Butterfly Stroke, Centipede), Ali Nassirian (Hezar Dastan, Jayeze) o Tannaz Tabatabayi (Sound and fury, Delighted).