‘The Vigil’: Un meritorio intento de refrescar el género

3 Butacas de 5

Keith Thomas debuta como director de largometrajes con The Vigil, una película de terror que nos traslada al poco explorado mundo de la mitología judía. El protagonista, Yakov, es un judío ortodoxo que ha decidido alejarse de su fe tras vivir un suceso traumático, pero que se ve obligado a reconectar con su antigua comunidad cuando la falta de dinero le lleva a aceptar un trabajo como shomer. ¿Y qué es un shomer? Pues ni más ni menos que el encargado de velar el cuerpo de los difuntos hasta el momento del entierro para así dar consuelo a su espíritu… y, aparentemente, evitar que este sea atacado por presencias malignas.

En un género acostumbrado a lidiar contra demonios mediante crucifijos y biblias, la premisa de The Vigil supone un soplo de aire fresco que se ve refrendado por sus fantásticos primeros minutos. Y es que, como no podía ser de otro modo, lo que prometía ser una noche tranquila para el escéptico Yakov acabará convirtiéndose en una pesadilla, pero el ritmo sosegado y la narración introspectiva de la cinta (centrada en explorar la crisis vital del protagonista) son un logro rara vez alcanzado por producciones de este tipo.

Por desgracia, la sensación final es que la historia no daba para más que un cortometraje. Hacia el segundo acto, una vez desaparecida la tensión de las primeras horas y comprobado que en la casa se esconde algo sobrenatural, cada nueva aparición del espíritu parece reiterativa y previsible. Es, para bien y para mal, una obra típica de Blumhouse, sin mayor espacio para la sorpresa que su magnífica premisa.

Esto no significa que The Vigil sea una mala película, ni mucho menos: quien busque evadirse con un producto cargado de jumpscares y presencias que espían desde la oscuridad, puede darse por contento. Y quien en cambio esté cansado de ver a los mismos monstruos de siempre en la gran pantalla, encontrará muy refrescante la ambientación de la propuesta de Thomas. Tan solo es una lástima que no sea capaz de mantener el nivel de una primera parte que apuntaba a algo mucho más interesante.

‘El Rey del Barrio’: puro Apatow

3 Butacas de 5

En un año tan caótico y cargado de desastres como este 2020, Judd Apatow se erige como un faro de tranquilidad y nos frece exactamente lo que uno espera encontrar en una de sus películas… de las de la última década. Es importante señalar que El rey del barrio comparte mucho más con Si fuera fácil (2012) o Hazme reír (2009) que con Virgen a los 40 (2005) o Lío embarazoso (2007), por si acaso alguien sigue esperando que Apatow volviera a la senda del humor gamberro y desenfadado que caracterizaba a las producciones de sus primeros años.

Pues no, nada más lejos: El rey del barrio es un drama con pinceladas de comedia, y su humor reducido casi exclusivamente a los ágiles diálogos de sus personajes más excéntricos. Sin más ambición que la de seguir viviendo en casa de su madre y pasando el rato con sus amigos del barrio, la vida de Scott Carlin (interpretado por Pete Davidson) se ve sacudida por dos enormes cambios: su hermana pequeña deja la ciudad para empezar la universidad y, por primera vez en 17 años, su madre comienza a salir con un hombre. Un bombero, nada menos. Igual que su difunto padre. Scott es un tipo gracioso incluso en ocasiones en las que no pretende serlo, pero la película no va de eso, sino de un chaval de 24 años cuya vida es un desastre porque no ha conseguido superar la muerte de su padre y que siente no estar a su altura.

Al mismo tiempo, sin embargo, Apatow dedica una sorprendente cantidad de metraje a mostrar escenas de la vida cotidiana de Scott que funcionan más como gag que como recurso narrativo. Aparte de alargar innecesariamente la película con la excusa de desarrollar un personaje que ya está caracterizado a la perfección (y ojo, porque dura nada menos que dos horas y 15 minutos), estas pequeñas disrupciones comprometen aún más el tono de una cinta que no parece cómoda resignándose a contar algo serio. Curiosamente, la historia parece adolecer del mismo miedo al compromiso y de los mismos problemas para concentrarse que su protagonista: tanto es así que, si no estuviese tan claro que este efecto no siempre es intencional, habría sido una genialidad.

En definitiva, El rey del barrio es más emotiva y carismática de lo que uno se imagina antes de verla, y esa sorpresa impacta positivamente sobre la valoración final de la película, pero sus engranajes chirrían demasiado como para encantar. Con todo, es admirable la maestría con la que Apatow utiliza el humor para escapar de situaciones incómodas o afrontar vivencias dolorosas.