‘Mother Mary’: Una propuesta valiente y arriesgada con un duelo actoral espectacular

David Lowery me parece uno de los directores más interesantes del panorama cinematográfico. Un director de carácter independiente que ha podido colarse dentro de la maquinaria de Hollywood aportando su granito de arena a sus producciones, al tiempo que realiza proyectos más personales. Una vez comenzó su carrera a través de cortometrajes, fue con En un lugar sin ley donde dio el salto definitivo al contar en su reparto con Rooney Mara y Casey Affleck (actores que estuvieron de moda en su momento… y que ahora mismo andan desaparecidos en combate), para después realizar el correcto remake de Pedro y el Dragón. Pero fue al año siguiente cuando dio un golpe sobre la mesa con la notable A Ghost Story y, a partir de aquí, su trayectoria ha sido un no parar entre producciones independientes (The Old Man & the Gun) y otras más comerciales (Peter y Wendy), aunque soy de los que piensan que la maravillosa El caballero verde es, con diferencia, su mejor película.

Ahora nos trae su nueva película, Mother Mary, que cuenta como cabeza de cartel con Anne Hathaway y en la que vuelve a su vertiente más independiente y, por qué no decirlo, algo experimental. El resultado me ha parecido hipnótico y fascinante.

Viejas heridas, enterradas durante mucho tiempo, salen a la superficie cuando la icónica estrella del pop Mother Mary (Anne Hathaway) se reencuentra con su distanciada mejor amiga y antigua diseñadora de vestuario, Sam Anselm (Michaela Coel), en la víspera de su actuación de regreso a los escenarios.

Durante la primera hora de Mother Mary estaba absorto ante la propuesta del cineasta. Desarrolla la mayor parte de su obra únicamente con un escenario y dos personajes, como si de una obra de teatro se tratara. Aquí podía caminar por una línea muy fina al mezclar ambos medios, pero, sin duda, la puesta en escena de David Lowery hace que en ningún momento pierdas el foco de lo que está pasando, realizando una composición de planos magnífica y perfectamente cuidada para transmitir lo que quiere. Encuadres cerrados en el momento preciso, combinados con otros mucho más abiertos de una fuerza visual tremenda, hacen que el resultado brille con luz propia.

Y lo hace a través de un guion que nos muestra los abusos de poder, la manipulación y la toxicidad, heridas de las que sus personajes principales tendrán que sanar para alcanzar su bienestar personal. Lo desarrolla con una solidez y una contundencia admirables, hasta el punto de que, durante su primera hora, solo me cabía aplaudir la propuesta. Resulta arriesgado que sea un único escenario y dos personajes quienes tengan que enfrentarse a sus mayores miedos. Aparte de eso, su mezcolanza de drama, teatralidad y cine fantástico, e incluso de terror, hace que tanto la producción como la historia resulten únicas, volviendo a mostrar una historia de «fantasmas», como ya hizo en trabajos anteriores.

Pero, sobre todo, Anne Hathaway y Michaela Coel están SOBERBIAS en sus respectivos papeles, cada una jugando en el momento preciso con el rol que le corresponde y mostrando un duelo interpretativo de primer nivel. Por supuesto, la propuesta casi teatral les permite lucirse muchísimo más, pero el trabajo de ambas sostiene la película y mantiene al espectador completamente hipnotizado por sus interpretaciones.

Ahora bien, si la primera hora era valiente y arriesgada, es en su segunda mitad donde el espectador decidirá si entra definitivamente en la propuesta o no. Lowery da un salto al vacío, tanto visual como argumental, con una especie de performance (fascinante, en mi caso) que no todo el mundo podrá aceptar. Su mezcla de géneros y su marcado estilo visual pueden generar rechazo en parte del público, y aunque no fue mi caso, entiendo que algunos espectadores esperaran otra cosa, pues rompe con el estilo que había manejado hasta ese momento. Lo que intenta mostrar Lowery es cómo podemos sanar a través de la creación artística, y qué mejor manera de hacerlo que mediante las imágenes, aunque es cierto que esta parte puede no conectar con todos los espectadores.

Por lo demás, destacar una fotografía magnífica, que sabe sacar provecho tanto del único espacio en el que transcurre su primera hora como del uso del color (esas telas…) y de una segunda mitad repleta de imágenes deslumbrantes. El vestuario posee un gran protagonismo dentro de la historia, mientras que la banda sonora de Daniel Hart está muy bien utilizada, adquiriendo un mayor protagonismo en esa segunda mitad más cinematográfica, con momentos de puro terror.

Por tanto, solo puedo decir que Mother Mary me ha parecido una producción de lo más notable, una nueva demostración de que David Lowery es uno de los directores más interesantes del panorama actual, con una visión muy clara de lo que quiere contar y de cómo quiere hacerlo. Todo descansa sobre un estupendo libreto, dos interpretaciones sobresalientes y una puesta en escena que sabe contenerse cuando debe y desatarse cuando la historia lo necesita. Una propuesta interesantísima, de las que ya no se ven tan a menudo, cuyo visionado, si entras en su juego, será como una sesión de hipnosis que no te dejará apartar la vista de la pantalla durante toda su proyección. Muy notable.

‘Atrapa el Millón’: el poco ingenio y la redundancia de la comedia

2 Butacas de 5

La comedia es quizá el género donde más puede salir a relucir la idiosincrasia de una sociedad. En otros géneros, como el drama, la aventura o el thriller, pueden ser más uniformes las motivaciones o los comportamientos de los personajes. En una comedia, sin embargo, se suelen aprovechar, por no decir exagerar, los rasgos identitarios para hacer reír al público, por complicidad para quién esté familiarizado con ellos, por extrañeza para quién no los conozca. Hablamos, por supuesto, del subgénero de la comedia más comercial, sin perjuicio de lógicas excepciones, y en particular de la que se produce en el continente europeo, en España, Italia o Francia, por ejemplo, y que gracias a ello suele tener buen rendimiento en taquilla.

La película que nos ocupa, estrenada el año pasado en nuestro país vecino y llegada ahora a nuestra cartelera, a priori parece integrarse en esta tendencia, pero uno de los motivos por los que resulta fallida es, precisamente, que sus personajes podrían ser de cualquier lugar. Sus motivaciones y comportamientos, en efecto, no son nada característicos, aparte de que su insuficiencia y arbitrariedad da pie a ciertas acciones incomprensibles y los reduce demasiado a sus esquematismos. Véanse por ejemplo la acción en que el protagonista deja la maleta en el taxi, entre otras implausibles o al menos de burda justificación, o el deseo de su hijo de que vuelva con su antigua pareja, que no lleva a ninguna parte, por no hablar del personaje de su nueva novia.

A una comedia de esta clase tampoco se le puede pedir mucho más allá de un rato de entretenimiento, y es cierto que esta en buena medida lo consigue. Incluso tiene alguna escena con algo de ingenio e inventiva visual, como la de la mosca y el bocadillo. La premisa, sobre un ejecutivo de una empresa de construcción que debe lidiar con un millón de euros en negro, inicialmente destinados a un soborno, contando con la ayuda de un cerrajero nocturno, permite desarrollar la trama con una sucesión de ocurrencias a cada cual más alambicada, que procuran ante todo que el espectador nunca pierda interés. Sin embargo, el tono pronto peca de un histrionismo tan persistente que llega a fatigar, con unos diálogos incesantes con frecuencia convertidos en griterío y una gestualidad elevada que no varía casi en ningún momento para ninguno de los personajes, ya estén pasando por momentos divertidos o dramáticos, por situaciones de tensión o de alivio. Esto no es tanto la culpa de los intérpretes, incluyendo a los dos protagonistas, el joven Rayane Bensetti y el veterano Christian Clavier (se recurre pues a la clásica pareja masculina, diversa en edad y procedencia, tan tradicional en la comedia), sino al guion y su dirección, que imprimen esa cadencia fatigosa por redundante, lo que en último término va en detrimento de la propia comedia. Y es que esta se resiente cuando apenas se halla novedad y el relato se vuelve trillado y repetitivo… todo menos idiosincrático.