‘Good boy’: La extraña familia elegida

3’5 Butacas de 5

El director Jan Komasa (Corpus Christi) vuelve con una película sobre un joven descarriado que encuentra su lugar en una disfuncional y extraña familia que vive recluida en una gran casa en la campiña inglesa.

Tommy (Anson Boon) es un chaval de 19 años malhablado, obsesionado con el alcohol, las fiestas y la violencia que se despierta en un sótano encadenado. Pronto descubre que ha sido secuestrado por Chris (Stephen Graham) y Kathryn (Andrea Riseborough). Son padres de un niño de unos doce años (un fantástico Kit Rakusen) modélico que nunca llega a satisfacer las expectativas de sus padres. De forma paralela, Chris contrata a Rina (Monika Frajczyk) una emigrante macedonia con problemas de una vida anterior que necesita el trabajo de limpiadora pero que tiene que guardar silencio sobre lo que vea en la casa.

Chris y su mujer utilizan métodos expeditivos para reeducar a Tommy a través de la violencia, la música clásica, la literatura o haciéndole ver sus videos de redes en los que humilla y acosa a un chaval adolescente o infringe violencia contra otra gente.

Boon ofrece una interpretación tremenda llena de fuerza, visceralidad, muy física, sin filtros y muy gestual ya que su personaje utiliza mucho los ojos al estar encadenado la mayor parte de la trama. Aguanta más que bien frente a dos actores como Graham y Risebourogh quienes encarnan a una pareja tremendamente siniestra. Ella tiene una depresión enorme que no se explica y se mueve por la casa de forma casi espectral y él parece subyugado por ella convertido en alguien anodino pero que estalla violentamente llegado el momento. Tommy pasa del torbellino del inicio a darse cuenta de que tiene que seguirles la corriente si quiere encontrar la forma de huir de ahí. Por ello, decide hacer todo lo que le dicen para ganarse la confianza del matrimonio sin ver venir que esa nueva reeducación cambiará algo en él.

Pero las cosas no son lo que parecen en este drama psicológico violento que es también una sátira, una comedia negra que coquetea con el terror y que hace crítica social. La juventud descontrolada por las drogas, la violencia extrema y las redes sociales, así como también la familia o la educación son temas que toca la película que tiene un final tan inesperado y sorprendente como controvertido que deja más preguntas que respuestas y que provoca reflexiones en el espectador.

‘El Sonido de la Caída’: Los ecos de generaciones alemanas

3 Butacas de 5

Puede que una de las cosas que menos me gustó de “Valor sentimental” (siendo exigentes, ya que me parece una buena película) es que parecía que el sentido narrativo y emocional del espacio representado por la casa familiar iba a ser la columna vertebral del filme, pero finalmente quedó diluido, sin ningún interés por parte del director en convertirla en un personaje más.

Quien sí cumple con esta idea es la cinta alemana “El sonido de la caída«: una suerte de relatos de diferentes generaciones de chicas que habitan, con sus decisiones y sus conflictos, dentro de los márgenes de una granja al norte del país germano. A pesar de estar separadas por el tiempo (no así por el espacio), el reflejo de sus acciones traza paralelismos entre las protagonistas, dando pie a una reflexión interesante sobre el papel de las mujeres en la sociedad a lo largo de los años. Ese mismo espacio en el que viven funciona a la vez como una liberación y una jaula: en él vemos sus mejores momentos y cómo se va deteriorando, quizá al mismo ritmo que las personas que lo habitan.

La segunda película de la directora Mascha Schilinski ofrece una especie de fantasmagoría, con una puesta en escena muy estilizada, donde se sirve de la contención y de las miradas de sus personajes: a veces sensual, a veces vibrante y otras, algo tediosa. El resultado general es irregular, pero se agradece su ambición al querer contar una pequeña gran historia sobre distintas generaciones alemanas en un entorno rural.

Quizás su deleite por la imagen haga disfrutar a los amantes de la estética, pero los abruptos saltos en el tiempo y el desarrollo de las tramas paralelas tienen buenos momentos según el personaje y otros menos logrados. No está a la altura de lo mejor del cine europeo al estilo de Haneke y derivados, pero es cierto que Mascha Schilinski cumple con nota para ser todavía una directora novel: tiene una carrera muy prometedora, habiendo sido ya seleccionada en Cannes y en Berlín.

El elenco es uno de los grandes aciertos: están todos fabulosos, desde protagonistas hasta secundarios o incluso figurantes con frase. Hanna Heckt, Lena Urzendowsky, Laeni Geiseler, Susanne Wuest, Lea Drinda y Luise Heyer destacan por su naturalidad; parecen personas reales y no rostros esculpidos para la gran pantalla. Transmiten emoción y trauma, y la imagen —cargada de poesía y retórica visual— se impregna de ello, con un tempo calmado que va atrapando al espectador como si se hundiera en el lodo.