‘La Misteriosa Mirada del Flamenco’: el lado luminoso que persiste en las vidas más marcadas por el desamparo

4’5 Butacas de 5

En medio del árido desierto nortino en Chile, en un caserío que no llega a ser un pueblo, una residencia destaca por sobre las otras: la casa de Boa (Paula Dinamarca) acoge travestis que viven en comunidad, que durante el día se acompañan y algunas noches se prostituyen y organizan decadentes shows para los pocos mineros que asisten.

Todas ostentan nombres de animales. Una de ellas, Flamenco (Matías Catalán), tiene una hija pequeña, Lidia (Tamara Cortés), de las pocas menores que viven en el lugar. Es un sitio sin ley, ni para oficiar matrimonios ni para detener asesinatos, y la dictadura pareciera existir en un país paralelo. Allí en el desierto, las mujeres viven bajo el rumor de que sus miradas infectan de una peste asesina a aquellos sobre quienes las posan. Un mito popular que sirve de metáfora para la epidemia del SIDA que entraba a Chile en los 80 que retrata.

Las mujeres viven bajo el escrutinio de estos hombres que no se atreven a mirarlas, que las desean y las desprecian, las aman y les temen. Las someten en sus intentos por protegerse de sus miradas infectas, mostrándonos cómo es más fácil ampararse en la superstición que reconocer sus propias pulsiones.

A través de los ojos de Lidia vemos esto lejos del prejuicio, sino desde alguien que se está aprendiendo a desenvolver en un mundo que ya tiene estas reglas. En su familia y su entorno, las cosas oscilan entre la violencia y el amor, que sigue tozudo intentando aparecer a pesar de que todo alrededor le señale que no hay espacio. Es el amor por otro hombre lo que condena a Flamenco, y lo que lleva a Lidia a tener que decidir actuar en nombre de la venganza.

Estas tragedias travestis recuerdan a narrativas chilenas como El lugar sin límites de José Donoso o Tengo miedo torero de Pedro Lemebel, que exploraban el amor desde la marginalidad de la disidencia antes de que existiesen siquiera los nombres correctos para nombrarla. Ese amor siempre es peligroso, pero aquí Diego Céspedes nos muestra también el otro lado. Muestra lo fácil que es que la ignorancia se convierta en violencia, pero plantea la comunidad y la compasión como respuesta.

Aunque el último tercio no tiene tanta fuerza dramática como lo que lo precede, la premisa es suficientemente fuerte y la película encuentra momentos originales y humanos en el habitar de quienes retrata. Desde su aparente simpleza, La misteriosa mirada del flamenco logra indagar en el melodrama, el western, la fantasía e incluso la comedia, para crear un relato que se siente bastante único, que conmueve, e invita a reflexionar sobre el lado luminoso que persiste en las vidas más marcadas por el desamparo.

‘El Sendero de la Sal’: Jason Isaacs y Gillian Anderson caminan sin parar

3 Butacas de 5

Basada en la historia real de Raynor Winn, “El sendero de la sal”comienza cuando Ray y Moth, una pareja de granjeros, lo pierden todo al mismo tiempo, su hogar, la estabilidad que creían tener, y a él le diagnostican una enfermedad degenerativa. Ante ese doble golpe, deciden echar a andar más de mil kilómetros a pie, una ruta comparable al Camino de Santiago, no tanto como desafío, sino como una forma de despejarse, liberarse y, quizá, encontrar alguna respuesta sobre qué hacer con sus vidas.

La película, dirigida por Marianne Elliott y protagonizada por Gillian Anderson y Jason Isaacs, es muy británica en su tono. Los chistes, las situaciones incómodas y la manera de afrontar el dolor están marcados por ese humor seco y contenido que aligera una historia claramente triste, pero nunca pesimista. Lo que sostiene la película entera, sin duda, es la química de sus protagonistas. Anderson e Isaacs funcionan como una pareja real, creíble, con una complicidad que se siente y que carga con buena parte del peso emocional. Es de esas relaciones que te hacen entender por qué siguen caminando juntos incluso cuando todo invita a rendirse.

El viaje en sí, sin embargo, acaba siendo su mayor problema. Ray y Moth avanzan, conocen personas, atraviesan pequeñas situaciones y conflictos, pero la película no se detiene a profundizar en ellos. A medida que avanzan los kilómetros, la narración se vuelve repetitiva y, hacia el tramo final, el guion empieza a sentirse tedioso, casi apresurado, como si tuviera que llegar a un destino que no termina de encajar con las expectativas que el propio camino había generado. Hay una sensación constante de que el recorrido debía conducir a algo más contundente a nivel emocional, y esa emoción nunca termina de llegar.

Visualmente, “El sendero de la sal” encuentra su fuerza en los paisajes de la costa sureste del Reino Unido, desde acantilados imponentes, bosques verdes y húmedos, hasta cielos grises que parecen pesar tanto como las mochilas que cargan los protagonistas. La puesta en escena logra transmitir el cansancio físico, el frío, la lluvia, el terreno irregular. Cualquiera que haya hecho senderismo reconocerá esa fatiga constante, ese desgaste que no es solo corporal, sino mental. Si a eso se suma la enfermedad de Moth y el estado emocional en el que ambos se encuentran al iniciar el viaje, el peso del camino se siente en cada paso.

El guion habla de la fuerza interna y de la capacidad de adaptación frente a los cambios bruscos e injustos de la vida. Hay decisiones narrativas que buscan mantenerse fieles a la historia real, algo que, no siempre juega a favor del cine. Se echa en falta un mayor riesgo dramático, un empujón emocional que saque a la historia de esa línea plana.

Aun así, pocas veces se ve en pantalla una relación entre personajes mayores tan bien representada. Ray y Moth son dos personas intentando sostenerse el uno al otro mientras el mundo se les desmorona. Y aunque la película no siempre logra emocionar como debería, sí deja una sensación cálida. Al final, más que una roadtrip movie de libro, “El sendero de la sal” es una historia sobre seguir adelante cuando no queda otra opción, incluso cuando el camino no ofrece las respuestas que uno esperaba.