‘La larga marcha’: la hermandad como único premio

4 Butacas de 5

El camino solo tiene un fin y ese no es otro que la muerte. La larga marcha adapta una de las primeras novelas de Stephen King, un desgarrador relato sobre la hermandad, la empatía y la amistad. Una historia seca, vacía de cualquier ornamento que utiliza la angustia de un final imprevisto pero inevitable para mantener una tensión asfixiante. La larga marcha es la aceptación de una muerte que siempre llega y ante la que nadie está preparado.

En un futuro distópico, cien adolescentes participan en una competición conocida como «La larga marcha», donde deben caminar sin descanso: si se detienen o reducen la velocidad de la marcha, mueren. Al final, solo uno sobrevivirá.

De manera inevitable, La larga marcha funciona como una metáfora de la vida, un camino por el que discurrir sin conocer el final, pero siendo conscientes de su fría e inevitable presencia. La película desnuda a unos personajes que inician una travesía peligrosa que, de alguna manera, los hermana. Porque cuando nos situamos al borde del abismo, aquello que aflora es nuestro amor por la vida, por el otro y por uno mismo.

Esta es una película cruda que se vale del suspense generado por su, en apariencia, simple mecanismo para hacer avanzar una trama llena de momentos emocionantes. El pulso no decae y el ritmo de la marcha se mantiene constante en una cinta que pone toda la carne sobre el asador. Política, familia y amistad. Temas tan profundos como dolorosos cuando el final está tan cerca. Hay algo dentro de esta película que desprende una indudable humanidad sana. Una oda a la vida y a la vida en hermandad. Porque cuando todo se vuelve oscuro, cuando el camino se empina y se llena de baches, a veces lo único que necesitamos es un hermano.

El reparto de La larga marcha funciona como un reloj suizo, un crisol de personalidades que colisionan en un evento que los pone uno enfrente del otro y de sí mismos. Cada muerte se siente propia y la empatía gana enteros a un odio que se diluye a medida que se acerca al final. Pero sin duda, los que destacan son unos inspiradísimos Cooper Hoffman y David Jonsson que, elevados por unos diálogos cargados de contenido, sostienen el peso dramático y simbolizan la balanza desequilibrada a la hora de enfrentarse al inevitable destino.

La larga marcha es una historia de la vida. Una película que indaga sobre el origen de la amistad y profundiza en nuestra siempre compleja relación con la muerte, el final de un camino largo y tortuoso.

‘Reversión’: Thriller con muchas curvas donde todo puede pasar

2 Butacas de 5

El espectador habitual del thriller está curado de espanto. Sobre todo a partir de finales del siglo pasado y durante este, el contenido centrado en el suspense ha ido creciendo en pomposidad y grandilocuencia, a menudo prescindiendo de la propia lógica del relato para mantener la atención del espectador en todo momento.


 Los consumidores que conviven con este género pueden ser pasivos o activos; la mayoría ya se sabe todos los trucos y recursos que emplean escritores y cineastas para mantener viva la llama del interés, algo que, en tiempos de TikTok, parece casi utópico.

En estas llegamos a Reversión, la primera película del cineasta Jacob Santana, quien lleva muchos años trabajando en series y videoclips. En esta ocasión, el director centra la mirada en un intenso thriller psicológico que no deja de retorcerse y deformarse, buscando siempre esa sorpresa que mantenga ojiplático a cada espectador en la sala.

Se trata de un caso centrado en el personaje interpretado por Jaime Lorente, que se ve atrapado en una espiral de acontecimientos donde nada es lo que parece. Ni siquiera lo que se muestra en pantalla es garantía de verdad; por eso, en muchas ocasiones, los cambios de ritmo hacen que el guion no siempre se sostenga o que se le dé demasiadas vueltas a la trama.
 Aun así, la cinta logra mantener al público ocupado durante gran parte del metraje, gracias a lo interesante de la historia, que deja poco espacio para la reflexión y apuesta, más bien, por el asombro.

Mario se despierta en mitad de un viaje con su familia hacia su nueva casa. Está algo confundido y mareado; todo parece perfecto: una vivienda bonita, un hermano amable y la posibilidad de un futuro prometedor. Debido a algunos desórdenes psicológicos, Mario debe medicarse, y el director se sirve de esta circunstancia para introducir secuencias engañosas que pueden ser tanto realidad como fabulación del personaje. Poco a poco, la paranoia se apodera de él tras un suceso sorprendente: descubre que unos encapuchados han secuestrado a su hermano. La familia intenta mantener la calma, pero Mario está cada vez peor.

La sorpresa llega cuando la policía acaba encontrando al hermano. Este retorno repentino despierta en Mario una profunda desconfianza: empieza a investigar y a detectar comportamientos extraños, hasta convencerse de que ese no es realmente David. Mientras su entorno atribuye sus sospechas a la falta de medicación, Mario se adentra en una espiral de dudas e inquietud. A partir de aquí, en la película puede suceder prácticamente cualquier cosa, lo cual puede jugar tanto a su favor como en su contra.

Una producción de este calibre se sostiene en un elenco atractivo de rostros que aportan empaque a una historia rebuscada, compleja y perturbadora. Entre ellos destacan, en papeles secundarios, Fernando Cayo y Belén Rueda, aunque quizá el trabajo más interesante sea el de Manuel Vega como David, quien logra que el espectador dude constantemente de lo que está ocurriendo.

A grandes rasgos, la cinta cumple y entretiene de principio a fin. Mucha psicología, tintes del género policiaco y el thriller se dan la mano en una propuesta de perfil medio que, sin ser ambiciosa, puede satisfacer las expectativas de los fans del género.