‘Te van a matar’ Un entretenimiento salvajemente divertido

4 Butacas de 5

Hay películas que, por su carácter lúdico y festivo, llegan a perdonárseles casi todo. Y más si nos centramos en el género de terror, donde autores como Sam Raimi o Peter Jackson consiguieron que el género fuera visto desde un punto de vista cómico, pese a mostrar las imágenes más salvajes imaginables (ahí están los ejemplos de la trilogía original Evil Dead o la propia Braindead).

Y últimamente escasean este tipo de productos, donde el espectador solo quiere una fiesta del género en la que las risas y los golpes se dan casi a ritmo de slapstick, con hordas de sangre falsa (como bien hizo Tarantino con su Kill Bill). Bien, pues estamos de enhorabuena, porque Te van a matar es una de las últimas producciones que ofrecen precisamente eso: una fiesta del género donde risas, sangre y tortas como panes se dan de la mano con una energía contagiosa.

Una joven tiene que sobrevivir la noche en el Virgil, una guarida perversa y misteriosa, trampa mortal de un culto diabólico, antes de convertirse en la próxima ofrenda en una batalla épica, excepcionalmente descarada, de matanzas y humor tremendamente oscuro.

Te van a matar es tan consciente de sí misma que, si se entra en el juego, el espectador se lo pasará en grande. Y es que el film apenas pierde el tiempo: a los cinco minutos de película ya estamos en el hotel Virgil y a los diez ya se nos presenta el verdadero conflicto. Y es precisamente en su primera mitad donde juega mejor sus cartas, ya que sorprende al ver que no tiene ningún tipo de límites, haciendo un slapstick de acción y terror digno del mejor Sam Raimi, con momentos ciertamente impagables por su sentido del humor, que recuerdan a Terroríficamente muertos.

En ese aspecto, la puesta en escena ofrece una energía contagiosa, por ir a degüello a por lo que quiere, realizando una mezcla entre una película de Sam Raimi, Tarantino y su Kill Bill, The Raid o John Wick. Todo mezclado en una batidora que, sorprendentemente, funciona por su total falta de prejuicios y pretensiones, y que fluye sola con muchísima facilidad por su carácter lúdico. Por cierto, aviso a navegantes: no escatima en sangre (y gore), y las coreografías de las escenas de pelea están rodadas con una eficacia y energía tremendas.

El único problema que le veo al film es que, en su tercio final, pese a ser estupendo, parece como si el film fuera la misma protagonista… que anda agotada. El espectador espera un final de fiesta apoteósico y, desgraciadamente, no es así; aunque cumple de sobra, no llega a las altas expectativas creadas en su primera mitad, dando la sensación de que desaprovecha algunas ideas interesantes.

Del reparto, destacar que todos saben en qué película andan metidos y parecen disfrutar del proyecto. Aunque el carisma de su protagonista, Zazie Beetz, es tremendo, y ella lleva el film sobre sus hombros. También destaca un sólido plantel de secundarios.

Respecto a lo técnico… ninguna queja. Tanto su fotografía, diseño de producción, efectos visuales y, sobre todo, el montaje rayan a un nivel excelente.

Por tanto, si quieres ver una auténtica fiesta del género, donde las risas, la sangre (y vísceras) y las toñas se dan de la mano, Te van a matar es una película imprescindible esta temporada. Es más, seguramente sea uno de los entretenimientos más salvajes del año, por su falta de complejos. Y, aunque no alcanza el nivel de sus referentes, es sin duda una de las propuestas más frescas, entretenidas y divertidas de los últimos meses.

‘Maigret y la muerte del embajador’: Un crimen francés muy tradicional

2’5 Butacas de 5

Maigret y la muerte del embajador”, dirigida por Pascal Bonitzer y protagonizada por Denis Podalydès, Anne Alvaro y Manuel Guillot, es una película francesa de crimen e intriga que apuesta por un enfoque muy clásico del género policiaco. Con una duración de poco más de una hora, se siente más como un episodio extendido de una serie de detectives tradicional que una película con narrativa propia.

El comisario Jules Maigret, creado por Georges Simenon, es una figura muy conocida dentro del policiaco europeo. No es un detective al estilo Sherlock Holmes, que resuelve todo con deducciones inteligentes, ni tampoco tiene el lado más carismático de Arsène Lupin. Maigret es más terrenal y pausado. Se basa en escuchar, en hablar con la gente y en entender qué hay detrás de cada personaje, y ese enfoque más tranquilo y psicológico es justo el que marca el ritmo de esta película.

La historia arranca directamente con el caso, y tal vez es lo mejor que tiene. El detective Maigret llega a la escena donde un exembajador aparece muerto. A partir de ahí la investigación se centra en descubrir qué ocurrió y, sobre todo, si esa muerte está relacionada con otro fallecimiento ocurrido días antes. La estructura es la típica del género, entrevistas, interrogatorios, reconstrucción de los hechos y pequeñas revelaciones que van apareciendo poco a poco.

El problema es que se apoya casi exclusivamente en conversaciones. Prácticamente todo el metraje son interrogatorios a familiares, conocidos o personas cercanas a los fallecidos. Van surgiendo algunos giros, sí, pero nunca terminan de generar verdadera tensión.

El ritmo es muy plano, la puesta en escena es bastante sencilla y la fotografía tampoco aporta demasiado más allá del tono sobrio habitual en este tipo de historias. Todo funciona, pero nada destaca.

También da la sensación de que la duración juega a favor y en contra. Por un lado, el hecho de que dure poco evita que se haga pesada. Pero al mismo tiempo refuerza esa sensación de estar viendo un capítulo alargado de una serie, sin el desarrollo o la intensidad que uno esperaría de un largometraje.

La interpretación de Denis Podalydès es correcta, contenida, muy en la línea del detective clásico observador y tranquilo, pero el personaje tampoco tiene demasiado recorrido emocional como para que conectemos más allá de la investigación.

Al final, “Maigret y la muerte del embajadores una propuesta muy tradicional, con todos los elementos del cine policiaco clásico, pero sin la tensión ni el misterio suficientes para destacar dentro del género. Se deja ver, dura lo justo, pero difícilmente deja huella.