‘Montecarlo 67’: La leyenda que cambió la historia del cine

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Estamos en 1967, es el Festival de Televisión de Montecarlo poco antes de la gala de premios, Chicho Ibáñez Serrador, junto con Pilar Miró esperan ansiosos ese galardón. Así es como empieza “Montecarlo 67”, un cortometraje contenido en duración, pero grande a nivel de producción. Con dos localizaciones muy marcadas y una ambición poco habitual para este formato, parte de una anécdota casi legendaria del cine, el encuentro después de la gala, entre Chicho y un joven y poco conocido Steven Spielberg. En aquella ocasión Chicho ganó el premio y Spielberg no. Sin embargo, Chicho, lejos de cualquier rivalidad, le animó a seguir haciendo cine, lo que terminó causando la gran leyenda que hoy es el cineasta americano.

El corto funciona como un dulce para los amantes del cine. Está lleno de referencias, tanto visuales como sonoras, desde los personajes que aparecen en la gala hasta la música, que cualquier cinéfilo reconocerá al instante. Todo está muy bien recreado, y aunque se rodó en Gijón y Alcalá de Henares, el director Rubén Guindo consigue que realmente te sientas en aquella época. El blanco y negro y la fotografía, muy digital pero muy atractiva, elevan aún más la producción.

Carlos Santos está absolutamente calcado como Chicho Ibáñez, tiene un magnetismo que te atrapa desde que aparece en pantalla. Veki Velilla como Pilar Miró es un gran acierto, y Marco Steel sorprende como un Spielberg joven, creíble y lleno de ilusión. Además, el corto sabe equilibrar comedia y drama, sin perder nunca el foco.

Detrás hay más de tres años de investigación y trabajo, y eso se nota. Incluso intentaron contactar con el propio Spielberg para confirmar la anécdota, aunque sin éxito. Al final, “Montecarlo 67” habla del cine, de la competencia dentro de la industria, de lo difícil que es sacar adelante proyectos así y del valor del apoyo entre creadores. Es un cortometraje que hay que ver, y también merece la pena su documental sobre el proceso, porque cuenta mucho de todo lo que normalmente no se ve.

No es casualidad que haya ganado el premio a Mejor Cortometraje en la 27ª Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid. Un corto hecho con amor por el cine, y eso se siente.

‘No hay otra Opción’: Una película brutal y punzante

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Park Chan-Wook lo hace de nuevo, el infundir de creatividad y poesía una historia que en otras manos podría ser un simple despliegue de violencia. Y esta vez también es contingente, además de más gracioso que nunca. 

Su protagonista Man-Su se nos presenta en una imagen de perfección familiar –labradores incluidos– que resulta deliciosamente irónica por lo rápido que sabemos que se va a desmoronar. Perder su trabajo como empleado de una papelera lo sumerge en una crisis súbita y reconocible: la ansiedad de perder la casa que luchó por trabajar, de no poder garantizarle seguridad a sus hijos y de tener que hacer sacrificios antes impensados. 


Todo debería resolverse al encontrar un trabajo nuevo, pero al parecer el escenario está difícil en todos lados, por lo que Man-Su tiene la ingeniosa idea de publicar una oferta de trabajo para saber cuál es su competencia (una serie de desempleados de mediana edad que sufren al igual que él) y luego deshacerse de ellos, uno a uno.

La torpeza con que se vuelve criminal y lleva a cabo estas ejecuciones es el ancla cómica de la cinta, que nos muestra el absurdo de cómo un tipo normal termina en esta situación límite por razones completamente cotidianas. Es brutal, aunque no sorpresiva. La premisa que esperamos, alargada quizás innecesariamente y desprovista de los giros y recursos audiovisuales y técnicos más novedosos a los que el cineasta nos tiene malacostumbrados. 


Lo interesante es situar la tragedia en el hombre común, el enemigo en la búsqueda laboral y en el sistema que nos obliga a matarnos entre nosotros. Y la moraleja es que Man-Su quizás puede conseguir lo que desea –a través de mentiras y la pérdida de su humanidad–, pero al final eso no lo exime del trabajo. La única victoria en el mundo moderno es no morirse de hambre, y lo que podía gustarle de su oficio (cervezas con los colegas, el contacto físico con el papel) se hace desechable tan rápido como los empleados.