4 Butacas de 5

Park Chan-Wook lo hace de nuevo, el infundir de creatividad y poesía una historia que en otras manos podría ser un simple despliegue de violencia. Y esta vez también es contingente, además de más gracioso que nunca.
Su protagonista Man-Su se nos presenta en una imagen de perfección familiar –labradores incluidos– que resulta deliciosamente irónica por lo rápido que sabemos que se va a desmoronar. Perder su trabajo como empleado de una papelera lo sumerge en una crisis súbita y reconocible: la ansiedad de perder la casa que luchó por trabajar, de no poder garantizarle seguridad a sus hijos y de tener que hacer sacrificios antes impensados.

Todo debería resolverse al encontrar un trabajo nuevo, pero al parecer el escenario está difícil en todos lados, por lo que Man-Su tiene la ingeniosa idea de publicar una oferta de trabajo para saber cuál es su competencia (una serie de desempleados de mediana edad que sufren al igual que él) y luego deshacerse de ellos, uno a uno.
La torpeza con que se vuelve criminal y lleva a cabo estas ejecuciones es el ancla cómica de la cinta, que nos muestra el absurdo de cómo un tipo normal termina en esta situación límite por razones completamente cotidianas. Es brutal, aunque no sorpresiva. La premisa que esperamos, alargada quizás innecesariamente y desprovista de los giros y recursos audiovisuales y técnicos más novedosos a los que el cineasta nos tiene malacostumbrados.

Lo interesante es situar la tragedia en el hombre común, el enemigo en la búsqueda laboral y en el sistema que nos obliga a matarnos entre nosotros. Y la moraleja es que Man-Su quizás puede conseguir lo que desea –a través de mentiras y la pérdida de su humanidad–, pero al final eso no lo exime del trabajo. La única victoria en el mundo moderno es no morirse de hambre, y lo que podía gustarle de su oficio (cervezas con los colegas, el contacto físico con el papel) se hace desechable tan rápido como los empleados.

