’28 Años Después: El Templo de los Huesos’

3’5 Butacas de 5

Si te gustó 28 años después, entonces seguro disfrutarás mucho de esta nueva entrega ya que, en su mayoría, sigue la misma línea y retoma casi inmediatamente después del final de la misma. Ahora bien, si no te gustó la anterior película, seguramente esta te guste aún menos. El Templo de los Huesos no solo continúa, sino que apuesta aún más por lo estrafalario y se sigue alejando del realismo crudo y del análisis existencial y filosófico ofrecidos por las primeras dos películas de la saga.

Sin duda las actuaciones son lo mejor del film, con un elenco estelar y personajes vivos y muy variados en personalidades, El Templo de los Huesos brilla gracias a sus protagonistas. Jack O’Connell, como el líder de la secta satánica que conocimos al final de la entrega anterior, ofrece una interpretación tan macabra como atrapante; y Ralph Fiennes se roba cada segundo en pantalla con su sinceridad y calidez como el Dr. Ian Kelson.

A su vez, creo que se puede decir, sin temor a equivocarse, que esta es la entrega con menos gore de toda la saga. Esto no quiere decir que no haya, ni que no sea tan visceral como lo ha sido siempre, sino que se siente como si se hubiera apostado más por un tipo de terror diferente y, si me lo preguntas, un poco más genérico. Jumpscares predecibles a diestra y siniestra distraen de una presentación visual magistral y muy elaborada, y aunque estos no son ajenos a la franquicia, esta vez restan mucho más de lo que aportan.

¿Es el Templo de los Huesos una digna secuela a la que es, probablemente, la mejor franquicia de zombies moderna? A nuestro humilde parecer, sí. No podemos dejar de recomendarla ya que, aunque se siente como algo muy diferente, tiene el suficiente tejido conectivo como para que no se sienta como algo que debería llevar otro nombre. Además, un par de sorpresas regadas aquí y allá que dejan una interesante puerta abierta para la siguiente entrega nos tienen los suficientemente emocionados por lo que se viene.

‘La Misteriosa Mirada del Flamenco’: el lado luminoso que persiste en las vidas más marcadas por el desamparo

4’5 Butacas de 5

En medio del árido desierto nortino en Chile, en un caserío que no llega a ser un pueblo, una residencia destaca por sobre las otras: la casa de Boa (Paula Dinamarca) acoge travestis que viven en comunidad, que durante el día se acompañan y algunas noches se prostituyen y organizan decadentes shows para los pocos mineros que asisten.

Todas ostentan nombres de animales. Una de ellas, Flamenco (Matías Catalán), tiene una hija pequeña, Lidia (Tamara Cortés), de las pocas menores que viven en el lugar. Es un sitio sin ley, ni para oficiar matrimonios ni para detener asesinatos, y la dictadura pareciera existir en un país paralelo. Allí en el desierto, las mujeres viven bajo el rumor de que sus miradas infectan de una peste asesina a aquellos sobre quienes las posan. Un mito popular que sirve de metáfora para la epidemia del SIDA que entraba a Chile en los 80 que retrata.

Las mujeres viven bajo el escrutinio de estos hombres que no se atreven a mirarlas, que las desean y las desprecian, las aman y les temen. Las someten en sus intentos por protegerse de sus miradas infectas, mostrándonos cómo es más fácil ampararse en la superstición que reconocer sus propias pulsiones.

A través de los ojos de Lidia vemos esto lejos del prejuicio, sino desde alguien que se está aprendiendo a desenvolver en un mundo que ya tiene estas reglas. En su familia y su entorno, las cosas oscilan entre la violencia y el amor, que sigue tozudo intentando aparecer a pesar de que todo alrededor le señale que no hay espacio. Es el amor por otro hombre lo que condena a Flamenco, y lo que lleva a Lidia a tener que decidir actuar en nombre de la venganza.

Estas tragedias travestis recuerdan a narrativas chilenas como El lugar sin límites de José Donoso o Tengo miedo torero de Pedro Lemebel, que exploraban el amor desde la marginalidad de la disidencia antes de que existiesen siquiera los nombres correctos para nombrarla. Ese amor siempre es peligroso, pero aquí Diego Céspedes nos muestra también el otro lado. Muestra lo fácil que es que la ignorancia se convierta en violencia, pero plantea la comunidad y la compasión como respuesta.

Aunque el último tercio no tiene tanta fuerza dramática como lo que lo precede, la premisa es suficientemente fuerte y la película encuentra momentos originales y humanos en el habitar de quienes retrata. Desde su aparente simpleza, La misteriosa mirada del flamenco logra indagar en el melodrama, el western, la fantasía e incluso la comedia, para crear un relato que se siente bastante único, que conmueve, e invita a reflexionar sobre el lado luminoso que persiste en las vidas más marcadas por el desamparo.