‘INK’: Danny Boyle en estado puro

3’5 Butacas de 5

Abrir uno de los festivales de cine más importantes del mundo no es tarea para cualquiera. Tienes que cumplir unos requisitos (en Cannes, por ejemplo, poder estrenar en salas comerciales francesas el mismo día), además de casi siempre descalificarte para competir. Son muchos años los que, habido con títulos intermedios, que sí, tenían estrellas del séptimo arte, pero carecían de la entidad que se suele considerar aceptable para un gran festival.

El año pasado Paolo Sorrentino rompió la mala racha inaugurando a competición el Festival de Cine de Venecia con la magnífica La grazia, y me alegra anunciar que Danny Boyle sigue el mismo camino y acaba de inaugurar la 83 edición del Festival Italiano con una muy buena película titulada Ink.

La película arranca a finales de los años 60, cuando el periódico británico The sun estaba en las horas más bajas de su existencia, y el magnate Rupert Murdoch (Guy Pearce) lo adquirió y puso al frente a Larry Lamb (un gran Jack O’Connell), quién trabajó para convertirlo en el diario más leído del mundo en su momento.

Y si el film consigue llegar a momentos brillantes es gracias al talento de su director, que aplica su particular forma de rodar (montaje acelerado, música y planos desde todas las posiciones que te puedas imaginar), y que eleva desde el minuto 1 un ya genial libreto, que adapta una obra de teatro de James Graham. Además, sus actores están a un nivel excelente, sobre todo destacando a O’Connell, Pearce y Claire Foy, que podrían postularse para competir en esta temporada de premios.

Funciona también como un entretenimiento con tintes académicos, pues el gran pulso atrapa rápido y creo que funcionará para el gran público sin lugar a dudas, como ya lo han hecho películas previas en la filmografía de Danny Boyle.

Se atreve a hacer en su parte final un feroz retrato del sensacionalismo periodístico, y lo rima con el presente en un magnífico montaje de imágenes que resumen lo que ha sido el periódico desde el momento que acaba la película en los años 80 y hoy, aunque es verdad que llega muy tarde y apenas tiene 15 minutos -o menos- para explorarlo.

Peca al hacer algún subrayado innecesario y durante su tramo central, donde gira más hacia el drama, tiene algún bajón de ritmo que no le sienta del todo bien. Sin embargo, esto no son más que unas pequeñas pegas que no impiden que recomiende fervientemente ir a ver la película cuando aterrice en salas españolas la primera semana del 2027. Gran inicio para el Festival.

‘Black Box: Vuelo 298’ Una cinta de serie B de lo más distraída

3 Butacas de 5

Hay películas que, por su condición de película de serie B, se les perdona todo. Al fin y al cabo, sus propuestas poseen una falta de pretensiones evidente, cuyo único propósito es entretener al espectador a costa de todo, a través de historias o premisas cuanto menos curiosas, con un presupuesto (más o menos) ajustado y con ganas (la mayoría de las veces) de hacértelo pasar bien. Black Box: Vuelo 298 podría enmarcarse de lleno en este género, y es que su director, Steven Quale, ya es experto en estas lides, habiendo dirigido la quinta entrega de Destino Final (una entrega de lo más decente, todo hay que decirlo) o En el ojo de la tormenta. Y lo que entrega es precisamente lo que promete: una película de serie B de lo más distraída y simpática.

El vuelo comercial 298, que cubre la ruta de Nueva Orleans a Seattle, acaba estrellándose y convirtiéndose en el centro de un escalofriante misterio sobrenatural. El motivo del accidente se desconoce hasta que se encuentran las grabaciones entre los restos. Lo que les sucedió a los pasajeros del vuelo 298 escapa totalmente a la razón humana…

En una cinta como Black Box: Vuelo 298 no hay que pedirle mucha credibilidad al relato. Al fin y al cabo, la película juega con la premisa de las experiencias paranormales vividas en un avión, y eso es precisamente lo que el film te ofrece. Ni más ni menos. Su evidente falta de pretensiones hace que el film sea bastante disfrutable, dentro de sus limitaciones, porque sabe en todo momento lo que es y lo que quiere ser. Y de ahí que funcione: por su completa honestidad a la hora de contar este relato.

Cierto es que el film está plagado de todos los tópicos habidos y por haber, en especial en esa presentación de personajes que tomarán ese vuelo y que hemos visto en cualquier película de este género mil veces. Sin ir más lejos, la niña Molly Belle Wright, que también aparece en otra película de serie B recién estrenada, En mar abierto, y que parece estar hasta en la sopa, pues también aparece en la estrenada hace poco Omaha. Es más, el relato sigue las pautas de este tipo de films con corrección, sin salirse mucho por la tangente, en especial durante su primera mitad.

Pero es a partir de su segunda mitad cuando el relato me ganó. El film se deja de sandeces y se suelta la melena, mostrando el relato que verdaderamente quería ser, y ahí he de decir que me ha parecido hasta valiente. Porque podía haber jugado más con la (típica) sugestión, y el film no lo hace. Es más, abraza lo contrario: ser gráfico y directo, abogando mucho más por el fantástico y el cine de terror, haciendo que sea incluso más disfrutable, o al menos en mi caso.

Y en este caso, por abrazar el género de manera tan abierta (y a veces tan loca), se le perdona casi todo. Por eso lo dicho en el primer párrafo, porque, al fin y al cabo, el film ofrece lo que prometía y, pese a un relato cuyo guion está plagado de tópicos, de interpretaciones que no pueden dar más de sí ante lo que tienen, una puesta en escena bastante plana y una economía de medios evidente, la película consigue mantenerse a flote por ese desparpajo y ese nada disimulado disfrute hacia el cine de serie B realizado sin muchas pretensiones.

Por ello, a veces hay que dejarse llevar, y en Black Box consiguen precisamente esto: que dejes aparcado tu cerebro durante hora y media sin darle muchas vueltas a lo que estás viendo. Al fin y al cabo, el espectador, una vez visto el cartel y leído el argumento, es consciente de lo que quiere ver y, precisamente, la cinta te lo da en bandeja de plata. Quizás no de la manera más elegante, pero desde luego sí de lo más honesta. Y es ahí donde gana. Es lo más parecido a un capítulo de The Twilight Zone, donde sabes lo que te vas a encontrar sin que te vuele la cabeza, pero en el que, indudablemente, te ha hecho pasar el rato.