‘El sueño americano’: Un menú que, pese a conocido, sabemos que está rico

3’5 Butacas de 5

El cine francés parece poseer una fórmula que les sirve de base para crear feel-good movies. Hay un arte a la hora de crear este tipo de filmes y lograr que funcionen bien, y en eso el país galo parece ser un auténtico maestro. Por supuesto, no todas las propuestas salen victoriosas, pero con la cantidad ingente de producciones de esta índole que llegan a nuestras pantallas y de las que la mayoría suelen funcionar bastante bien, está claro que han dado con la tecla perfecta. Dosis de comedia, junto con ciertos coletazos de denuncia o crítica social y el punto justo de emotividad, y al horno. Y ese equilibrio lo mantienen muy bien casi siempre. En el caso de “El sueño americano”, la producción que aquí nos ocupa, no iba a ser menos.

Jérémy, dependiente en un videoclub, y Bouna, limpiador en el aeropuerto de París, están decididos a hacer realidad su sueño: convertirse en agentes de la NBA. Sin dinero ni contactos y con un nivel de inglés rudimentario, deciden embarcarse en una gran aventura. Su pasión por el baloncesto, su amistad inquebrantable y su buen ojo para los fichajes les conducirán hasta Nueva York, donde, de repente, se codearán con la élite del deporte. Pero, para cumplir su sueño americano, aún les quedan muchos desafíos por delante… Inspirada en una increíble historia real.

Sinceramente, no os voy a engañar: el tema que trata “El sueño americano” me llamaba muy poco, por no decir nada. El mundo del draft de la NBA lo desconocía por completo antes de entrar a ver el filme, pues no estoy para nada puesto en el tema; de ahí mi desconfianza hacia la película. Y hete aquí mi sorpresa: la película consigue adentrarte en ese mundo con una facilidad pasmosa, de manera que el espectador se aferra a la historia sepa o no del tema.

Y es aquí donde el libreto mide muy bien o, más bien, dibuja muy bien a sus personajes principales, a los que el filme perfila desde el primer minuto de una manera cercana, logrando que el espectador se embarque en su viaje hacia un mundo en el que es difícil abrirse camino viniendo de donde vienen. Y es aquí donde el discurso del filme funciona, pues consigue transmitir que, pese a las trabas que les pone la vida (y la alta sociedad), nunca hay que darse por vencido, aunque el resultado no sea el que esperabas.

Aquí hay que mencionar el buen pulso narrativo de su director, Anthony Marciano, que mantiene un ritmo sólido gracias al cual el espectador va empatizando poco a poco con sus personajes a la vez que se adentra (y entiende, en mi caso) el mundo del draft de la NBA. Además, añade algún que otro coletazo de puesta en escena bastante destacable, como el plano secuencia del nombramiento de los jugadores.

Pero, sobre todo, es gracias a sus dos actores principales, con una química tremenda entre ambos, pues tanto Jean-Pascal Zadi como Raphaël Quenard saben dibujar a la perfección a sus personajes, complementándose de maravilla y destacando especialmente por cómo los desarrollan, con sus subidas y bajadas. Ellos son una parte muy importante del alma de la película y, por cierto, guardan cierto parecido con los personajes reales en los que se basan.

Cierto es que el filme no deja de ser una feel-good movie y, por ello, está plagado de todos los tópicos habidos y por haber, pero, como dije en el primer párrafo, saber manejarlos es un arte, y en ese aspecto se desenvuelve estupendamente, casi como por arte de magia, sin que molesten en exceso sus dosis de azúcar.

Por tanto, “El sueño americano” es otra demostración de que los franceses saben hacer películas amables como nadie. Cogen los tópicos de toda la vida y los mezclan con ingredientes de aquí y de allá de manera que el menú, pese a que te lo conoces de memoria, te deja satisfecho y con ganas de repetir. Y este es el claro ejemplo de esta película, que sigue la fórmula habitual de la comedia francesa, pero que funciona igual de bien que siempre.

‘La última travesía’: una película imprescindible sobre la cruda realidad de las migraciones forzadas en conflictos bélicos

4 Butacas de 5

La última travesía (I Was a Stranger, originalmente) es una de esas películas que no busca entretener, sino hacer que el espectador mire de frente una realidad que muchas veces preferimos ignorar. Es una película muy dura, pero precisamente ahí está una de sus mayores virtudes: no endulza el sufrimiento ni intenta suavizar las consecuencias de la guerra y el desplazamiento forzado. Esta coproducción jordana-palestina-estadounidense está dirigida y escrita por Brandt Andersen y basada en su cortometraje Refugee (2020).

La historia sigue a cinco protagonistas cuyas vidas se van entrelazando de una forma muy inteligente. Aunque la doctora siria es el personaje más importante, ya que la película empieza y acaba con ella, cada uno de los demás personajes tiene un papel fundamental. No están ahí por casualidad: sus profesiones, sus decisiones y sus experiencias aportan perspectivas distintas sobre el mismo conflicto y enriquecen una historia que habla tanto de supervivencia como de humanidad.

Uno de los aspectos que más me ha gustado es que la película pone el foco en quienes siempre acaban pagando el precio más alto de las guerras: la población civil, y especialmente los niños. No tiene miedo de mostrar el dolor, la pérdida y el miedo de una forma muy cruda, pero sin caer en el sensacionalismo. Esa honestidad hace que muchas escenas resulten especialmente impactantes.

Creo que La última travesía llega además en un momento especialmente importante. Vivimos en un mundo donde los conflictos bélicos siguen obligando a miles de personas a abandonar sus hogares para intentar sobrevivir y donde gobiernos bombardean a la población civil sin piedad y el mundo observa sin hacer nada. La película recuerda que nadie se juega la vida cruzando el mar en una embarcación precaria por elección, sino porque la alternativa es, muchas veces, la guerra, la persecución o la muerte.

Por eso me parece una película muy necesaria. Ojalá la viera especialmente toda esa gente que habla de la inmigración sin pararse a pensar en las historias que hay detrás de cada persona que llega a nuestras costas y, sobre todo, de las que no lo consiguen. Más allá de cualquier debate político, la película invita a hacer algo tan básico como empatizar con quienes han perdido absolutamente todo.

A pesar de la dureza de su relato, la película termina con un mensaje que deja un pequeño espacio para la esperanza. Y es que todo el mundo debería tener el derecho a vivir una vida sin guerras y tener la oportunidad de aportar su granito de arena para hacer este mundo mejor. La cinta nos recuerda que incluso en las situaciones más desesperadas puede seguir existiendo humanidad.

En definitiva, La última travesía me ha parecido una película imprescindible. Es dura, emocionante y profundamente humana. No es fácil de ver, pero precisamente por eso creo que merece la pena. Porque, por mucho que el espectador sufra durante sus dos horas de metraje, nunca sufrirá tanto como las personas cuya realidad inspira esta historia. La película llega a los cines de España el 24 de julio.