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En el imaginario cinéfilo colectivo se sitúa al cineasta catalán José Luis Guerín detrás de aquella obra magna En construcción (2002) -amén del resto de su interesante filmografía- que tantos intelectos cautivó a principios de siglo. Con un talento inaudito para la captación de la realidad mediante el dispositivo cinematográfico, el director construyó una mirada cuasi antropológica sobre un barrio concreto que funciona como sinécdoque de la sociedad, el desarrollo urbanístico y la relación entre ser humano y entorno. La capacidad de Guerín para esclarecer la verdad a través de la observación pasiva, se traslada a su nueva -obra magna- Historias del buen valle (2025), cinta, de nuevo documental, que se encarga de explorar el tejido humano atrapado entre los evidentes límites de un enclave tan único como el barrio barcelonés de Vallbona, “Valle Bueno”.

A gran diferencia de su documental mencionado, Historias del buen valle presenta a sus personajes a golpe de entrevista. Buena parte del primer acto discurre entre respuestas de los habitantes de Vallbona —de distintos orígenes, sexos y edades— a las preguntas que el interlocutor plantea sobre su barrio. Testimonios humanos directos y planos recurso cuidadosamente compuestos del lugar, dibujan un marco histórico y físico de Vallbona sobre el que, una vez instalado, poder verter nuestra atención y emociones.
Una vez situado, el barrio vive solo. Guerín registra el costumbrismo de sus calles, la autenticidad de sus reuniones familiares, los juegos infantiles a orillas del río… De una manera tan delicada y veraz, asemejable en la ficción al cine de Jonás Trueba —implicado en su producción—, que casi sin quererlo deja ver la pragmática filosofía de a pie de unas personas sencillas y puras que tanto combaten un duelo con pesar como disfrutan regando unas plantas. En definitiva, traslada a la imagen los destellos de vida de un lugar que agoniza pero mantiene intactos los valores sociales que nos han llevado a nuestro tiempo.

Historias del buen valle, además, no está exenta de dimensión política: hace hincapié en las limitaciones infraestructurales que dificultan la vida contemporánea en el barrio. No existe una romantización de la precariedad de Vallbona, sino un intento de plasmar la luz interior de sus habitantes y la belleza de sus encuentros, sin dejar a un lado la necesaria denuncia y lucha por sus derechos —de nuevo, por parte de las personas, sin que el autor intervenga directamente—. De esta forma se establece un respeto máximo en el que los humanos frente a la cámara son auténticos protagonistas del relato, sin que el ego tras ella lo pueda opacar. Lo contemplativo y somero de la película no hace más que enclavar aún más las ideas planteadas y afilar la belleza que de por sí irradia su contenido.
Es hermosa la manera en que Historias del buen valle concibe el entorno y sus pobladores como personajes coexistentes, y cómo construye su relación durante todo el metraje para evidenciar el efecto transformador que el ser humano surte sobre la tierra. La eterna relación del hombre y la naturaleza, tan dependiente en su forma del paso del tiempo. Tanto En construcción como la actual inciden en la manera en que el ser humano afecta a su alrededor. De una manera en la última casi tan metafísica como en el cine de Robert Bresson (Mouchette), véase la escena de cierre de la película.

Desconozco si Historias del buen valle es la mejor película de su cineasta, pero desde luego es a mi parecer la mejor española del año —de producción, 2025—. No pierdan un momento para verla, la pureza que destila por seguro enriquecerá sus corazones. Yo también hablaría a las plantas.

