'Resurrection': la magia que habita el cine de Bi Gan

'Resurrection': la magia que habita el cine de Bi Gan

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Si Largo viaje hacia la noche (2018) invitaba a soñar, Resurrection (2025) invita a evadirse y fundirse con el mundo onírico. Bi Gan lo vuelve a hacer esta vez segmentando su obra en cinco historias diferenciadas en el tiempo y personajes, cuyo hilo conductor es el misterioso Delirante, una criatura irreal fascinada por las ilusiones en cuyos sueños se adentra una mujer dotada con la capacidad de percibirlos. Mucho más abstracto que su anterior largometraje, el chino se permite divagar a través del espacio y tiempo para construir una sensación más que una coherencia pura. Cine sensorial, cuya música, fotografía, puesta en escena, objetos, espacios… inducen en un estado de onirismo que en ocasiones roza con el Lynch más (im)perfecto.

La primera secuencia de Resurrection tiene elementos que la hacen una de las experiencias más cercanas a un sueño que he visto en la pantalla, y eso me fascina. Resurrection va de todo y de nada, puede que no comprendas casi nada, pero su construcción empuja hacia una reflexión constante sobre las cuestiones más primarias de la vida como su propio sentido, el amor, la violencia y, sobre todo, la capacidad expresiva y catártica del cine. Es posible salir completamente decepcionado o aburrido, es legítimo, pero si los fotogramas de Gan consiguen surtir su efecto, difícilmente podrás escapar si quiera una vez hayas abandonado la sala.

La película se compone de historias muy distintas entre sí incluso estilísticamente, pero todas tienen algo que las hacen obnubilantes, embriagadoras. En mi caso fui notando la abducción poco a poco, así que los relatos me gustaron cada uno más que el anterior en la medida en que la magia que habita el cine de Bi Gan me embrujaba. La última historia, el relato de vampiros, es simplemente insuperable y recuerda en puesta en escena -ese lento seguimiento en plano subjetivo tan característico- a su anterior Largo viaje hacia la noche. Chapó.

Se habla mucho de que el cine ha muerto -una aseveración bastante fatalista que recuerda al conocido aforismo de Nietzsche-, pero basta con echar un vistazo a una película como la de Bi Gan para constatar lo estúpido o fruto de la ignorancia de tal argumento.

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