‘La Esposa Perfecta’: Naomi Watts brilla en una historia que no suscita intriga ni preguntas suficientes

3 Butacas de 5

La esposa perfecta es una película perfectamente buena, que no ofrece nuevos ángulos o grandes momentos de intriga frente a otros dramas históricos sobre la memoria y la impunidad, pero sí que ofrece un ritmo de metraje ágil, un caso desconocido e histórico y una serie de actuaciones deleitables.

Naomi Watts interpreta el papel de Hermine Ryan, una mujer austríaca a punto de recibir su nacionalidad americana, tras lo cual recibe la visita de un periodista del New York Times que pregunta sobre su marido y su relación con una serie de crímenes de guerra. El acento y lenguaje corporal de Naomi son para estudiarlos en escuelas de cine y su interpretación como la esposa perfecta está llena de capas y matices infinitos. La película podría funcionar con ella sin ningún decorado detrás, pero aquí, incluso la cámara juega a su favor. Los planos más simbólicos e interesantes siempre cuentan con la actriz en primer plano, en especial las escenas en la cocina y en el hospital.

Tye Sheridan, el actor que interpreta al joven periodista, nos ofrece un personaje con ciertas cuestiones morales, pero cuya trayectoria resulta ser la del arquetípico héroe sin manchas en el expediente. Y esto, por desgracia, es el aspecto que más frena al film de ser algo mucho más reflexivo y potente. 

La primera hora de metraje está cocinada a fuego lento y no da la razón a nadie, sino que muestra un punto de vista plural, para que el espectador dude con quién posicionarse. Es un juego de culpables, o de responsabilidades, uno muy interesante. Sin embargo, tras su primera hora, la película deja ese derrotero de dudas y revela el resto de su trama de forma más simple y predecible. El mensaje moral es claro: está lo que está bien y está lo que está mal. No hay más. El metraje sufre de unilateralidad, con una visión muy americanizada del conflicto. La historia les retrata a ellos como héroes que no dudan ante nadie ni nada y por ello todo se siente algo genérico.

Temas como el lento sistema judicial americano y la creencia en una única justicia se convierten en el eje principal del segundo tramo, pero se echa de menos una visión más polifacética. Más preguntas. Más ambigüedad moral. Más obstáculos. Y menos heroísmo.

Cabe destacar el trabajo de sonido y banda sonora, envolventes y potenciadores del suspense y la labor conjunta de colorimetría, vestuario, peluquería y ambientación, representando la clase acomodada americana en los años 60.

A veces resulta difícil juzgar una historia arraigada en unos hechos tan reales e irrefutables, y al mismo tiempo, es correcto cuestionarse la profundidad de los personajes y los hechos, cuyo conflicto no ofrece mayor resistencia pasada la primera mitad. La esposa perfecta es una muestra del increíble talento de Naomi Watts como actriz, pero como historia, no es ninguna revelación, aunque sí un buen entretenimiento. 

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