3 Butacas de 5

Siempre se ha dicho que es el mejor amigo del hombre. Fiel, cariñoso e incansable compañero, el perro ha cosechado una carrera para nada desdeñable delante de las cámaras mostrando, en la mayoría de las ocasiones, su lado más humano. David Ayer abandona momentáneamente sus formulaicas películas de acción protagonizadas por Jason Statham para abrazar un drama de supervivencia entretenido y emotivo.

Tras sobrevivir a un brutal accidente aéreo, el oficial de las Fuerzas Especiales James Belmont (Brad Pitt) y su perro de combate Odín se ven inmersos en una particular odisea para regresar a la civilización desde un remoto lugar en medio de los parajes salvajes de Alaska.
En el corazón de la bestia se abre paso entre los imponentes paisajes norteamericanos para contar una historia sin demasiada miga que, sin embargo, pone el foco en un tema interesante: las consecuencias de las atrocidades humanas. Brad Pitt y Odín sufren una especie de penitencia en un viaje en el que cada uno demostrará al otro la lealtad que nunca se han cuestionado, rememorando viejas heridas y tratando de encontrar el motivo en el otro para seguir intentando sobrevivir un día más.

David Ayer compone una cinta emotiva que peca de cursi en un tramo final que fulmina todo lo construido anteriormente. Lo mejor de El corazón de la bestia es Odín, un perro que ha sufrido demasiado y que sigue, de forma incasable, a su compañero en un retiro más que merecido. Las escenas de acción están bien rodadas, sumergiendo al espectador en el frenesí de la supervivencia en los agrestes campos de Alaska, sin embargo, David Ayer parece alérgico al silencio, pues no permite ningún momento de necesario respiro en el que, por un momento, podamos disfrutar de algo de intimidad entre ambos.
Hay una frase que ataca directamente el corazón de la película y es que Brad Pitt escribe: “Yo le he enseñado la guerra y él me ha devuelvo amor y confianza”. Da igual el infierno al que se haya sometido a Odín, él siempre estará dispuesto a ofrecer su incansable bondad. En el corazón de la bestia es un digno entretenimiento que evidencia, una vez más, que los malos de la película somos nosotros.
