‘Azken Agurra’: una buena reflexión que sacude al espectador

3’5 Butacas de 5

A lo largo de los años, el director de la película, Koldo Almandoz, ha hablado de la necesidad de realismo en sus películas y, en Azken Agurra (Último adiós), definitivamente la reflexión está por encima del entretenimiento puro. Las preguntas priman por encima de las respuestas. Y las rarezas priman por encima de las certezas. Es una historia hecha para provocar, no para satisfacer al público general.

Azken Agurra sigue a Tomás Martínez, el dueño de una empresa de funerales laicos, quien rápidamente se nos muestra como un hombre prácticamente muerto en vida: su negocio está (casi) oculto en unas galerías en desuso bajo un edificio de viviendas; no tiene una relación cercana ni con el conductor de ataúdes ni con el violinista de los funerales, a los que ve (casi) regularmente; y su relación con su hija es (casi) fría, si no fuese por la nueva chica en prácticas que trabaja ahora para él. Entonces, ¿hay algo en esta vida que le importe?

Tomás es un personaje ciertamente odioso y no está dispuesto a cambiar por los demás, a pesar del daño que puede llegar a hacerles, y quizás ese sea el aspecto más interesante de la película. ¿Es necesario un personaje redimible para que una película sea buena o simplemente tiene que ser alguien interesante al que seguir? Iñigo Azpitarte (Handia, La infiltrada) transforma a Tomás en alguien interesante de observar no solo a nivel narrativo, sino también por sus manierismos, sus extraños hábitos e incluso por cómo tiene decorado el despacho.

Los escenarios están localizados y decorados para ser una representación sutil, pero coherente, con la organización de su cabeza, algo atípica. Y hay una parte voyeurista como espectador al ver cómo es la vida de alguien que trabaja en una funeraria y debe organizar funerales totalmente diferentes, dependiendo de las necesidades de cada cliente. Películas como Dogman, de Matteo Garrone, o Que nadie duerma, de Antonio Méndez Esparza, ya hicieron algo parecido, cogiendo lugares y profesiones mundanas y buscando los aspectos más oscuros y retorcidos dentro de sus rutinas.

El personaje de la joven chica en prácticas es el principal motivo para sacudir la monótona vida de Tomás, pero no tanto. Izaro Nieto hace un gran papel y consigue algo increíble en la obra: no revelarnos en qué piensa, sino solo sugerirlo. Pero, al mismo tiempo, a veces esto sucede porque llega a mimetizarse demasiado con la frialdad del protagonista y puede dar la impresión de ser un personaje sin importancia argumental. Quizás hubiese sido más interesante hacerla más opuesta a él y más involucrada con los clientes de los funerales.

Las tragedias a cámara lenta nos producen esa sensación de rechazo, pero también curiosidad, y Azken Agurra consigue un punto medio agridulce, completamente buscado. Más que satisfecho, tengo preguntas, pero quizás esa sea la magia de estas historias, para algunos al menos.