3’5 Butacas de 5

Moscas es una película mexicana que ha estado presente en festivales tan importantes como el Festival de Berlín o el reciente Festival de San Sebastián. Cierto es que no se llevó ningún galardón, pero el boca a boca de la película funcionó muy bien y, en ese aspecto, a mí me entró la curiosidad por ver qué era lo que podía ofrecer esta cinta dirigida por Fernando Eimbcke. Y, una vez vista, lo cierto es que entiendo perfectamente la buena recepción de la película, pues estamos ante un filme estupendamente contado, realizado para dar un cálido abrazo al espectador sin pasarse de meloso.

Olga, de 55 años, vive sola y necesita dinero para someterse a una operación en el dedo gordo del pie, así que decide alquilar una habitación de su apartamento a Tulio, cuya mujer está ingresada en el hospital de enfrente. Lo que no sabe es que su nuevo inquilino llega acompañado de su hijo Cristian, de nueve años, que se instala en el piso sin que ella se dé cuenta. Durante un tiempo, Olga continúa con su rutina sin sospechar que hay un niño en casa, hasta que descubre que lleva varios días allí.
Y es aquí donde Moscas acierta por completo en el tono: no sobrepasarse. Encuentra un equilibrio entre la amargura y la emotividad, sin abusar de ninguna de las dos, y alcanza un tono y un equilibrio perfectos que hacen que el filme resulte sólido como él solo. Solo hay que fijarse en su manera de enfocar los momentos más tiernos o dramáticos, con la ausencia total de música durante (casi) todo el filme.
Para ello, se sirve de un libreto escrito con todo el cariño hacia sus personajes, a los que no juzga en ningún momento. Esto se aprecia especialmente en su protagonista, Olga, cuyos secretos, responsables de esa amargura que la acompaña, el filme irá revelando poco a poco y de la manera más elegante. Se nota mucho mimo en sus personajes, y se agradecen la cercanía y, sobre todo, la sensación de empatía que uno siente hacia ellos.

Además, el guion juega una buena-mala pasada… Me explico. Durante un buen tramo de la película, parece que hay ciertas escenas que solo están hechas para abultar el metraje, alargándose quizás en exceso. Pero, claro, aquí los guionistas esconden un as en la manga al construir una enorme importancia alrededor de esa trama que, en apariencia, parecía innecesaria. Una jugada maestra que el filme disimula muy bien para después explotarla y crear un vínculo inesperado, pillando a este espectador con la guardia baja.
Por lo demás, cabe destacar las maravillosas interpretaciones de su trío protagonista, pues los tres están fantásticos: desde una Teresita Sánchez que da con el toque perfecto del personaje, pasando por un Hugo Ramírez enternecedor como padre, hasta llegar a un Bastián Escobar que es pura naturalidad.

Es cierto que el filme no tiene más pretensiones de las que tiene y que quizás sobra algún momento algo contemplativo, pero tampoco abusa demasiado de ellos. Todo ello se traduce en una puesta en escena basada, en su mayor parte, en planos fijos y con una fotografía en blanco y negro, que reflejan tanto la rutina de su protagonista como el encierro del pequeño. No es un filme que quiera permanecer en la memoria, eso está claro, y es cierto que quizás podría haber llegado más lejos.
Pero es precisamente el hecho de no ser más ambiciosa lo que hace que Moscas funcione. Sabe de su honestidad y de su escasa pretenciosidad, y la película funciona precisamente por eso: por ser cristalina y verdaderamente tierna, utilizando los elementos justos. Porque, a veces, en las historias pequeñitas se esconden las historias más importantes de la vida misma. Y aquí nos ofrecen un abrazo cálido, recordándonos que quizás, incluso en las peores situaciones, podemos encontrar algo de empatía y cariño mutuo hacia la otra persona. Lo dicho: una película estupenda y bastante recomendable.
