‘WildWood’: la imaginación sin límites

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La industria cinematográfica ha cambiado, y con ella también nuestra manera de entender el cine. En una época en la que parece que la creación de contenido importa más que la propia expresión artística, siempre resulta gratificante encontrarse con películas que nos recuerdan por qué esta forma de arte sigue siendo tan fascinante. Tal es el caso de Wildwood.

La historia sigue a Prue McKeel, una adolescente cuya vida da un vuelco cuando una bandada de cuervos rapta a su hermano pequeño, Mac. Decidida a encontrarlo, se adentra en el Bosque Impenetrable junto a Curtis, un compañero de clase que termina acompañándola en una travesía por un territorio extraordinario, poblado por animales parlantes, comunidades enfrentadas y figuras cuyo poder amenaza con sumirlo todo en el caos.

Basta esta sinopsis para darnos cuenta de que Wildwood abraza los pilares fundamentales de los cuentos clásicos, pero también de que bebe de la literatura fantástica de autores como C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien, sin dejar de lado ciertos elementos propios de la fantasía oscura, pero también la camaradería juvenil asociada a Stephen King. En su premisa básica, la influencia de Labyrinth, de Jim Henson, resulta evidente, mientras que la presencia de The Birds, de Alfred Hitchcock, aporta una referencia mucho más inesperada.

Como buena obra de Laika, el filme no rehúye la oscuridad, sino que la abraza, siendo esta una de las cualidades más reconocibles del estudio a lo largo de su filmografía. El resultado es un relato fantástico capaz de cautivar a un público de todas las edades, pero que no duda en tratar a sus espectadores más jóvenes con seriedad.

Es un hecho que el filme tiene algunos tropiezos narrativos en la construcción de su historia. Sin embargo, estas irregularidades no entorpecen la magnitud de su logro artístico.

Y es que es en su dimensión visual donde el filme alcanza su mayor fortaleza. El estudio estadounidense se ha posicionado desde hace tiempo como uno de los máximos referentes del stop motion a escala mundial. Pese al prestigio que ha cosechado a lo largo de los años, vuelve a sorprendernos con la minuciosidad de sus escenarios y la expresividad de sus marionetas. De este modo, Laika consigue crear la ilusión de que estamos ante un mundo tangible, demostrando una vez más el encanto de la animación artesanal.

Es imposible no apreciar todo esto en un momento en el que la inteligencia artificial ha abierto una serie de debates en torno a la creación artística y la tecnología. En este sentido, Wildwood se erige como una reivindicación del valor humano en esta disciplina. No porque estas innovaciones deban ser completamente erradicadas, sino porque ninguna herramienta debería hacernos olvidar la importancia de quienes conciben y materializan estas obras.

Como decíamos al inicio, en una industria cada vez más tentada por la velocidad y la producción en masa, Laika apuesta por el tiempo, el detalle e incluso la imperfección de lo hecho por las personas. El resultado es una prueba irrefutable de que los procesos artesanales se mantienen más vigentes que nunca.

De este modo, Wildwood se convierte en una nueva gran adición a la filmografía de Laika, al lado de clásicos como Coraline y Kubo and the Two Strings. Todas ellas son obras que merecen ser vistas y que celebran todo lo que hace del cine un arte: la imaginación sin límites, la obsesión por los detalles y la capacidad de convertir lo imposible en algo que podemos tocar, aunque solo sea con la mirada.

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