‘Leviticus’: La importancia de amar y ser amado

3’5 Butacas de 5

Leviticus fue una de las sensaciones del Festival de Sundance de este año, donde el público aplaudió una propuesta de terror cuanto menos original y de la que poco a poco se empezó a hablar como uno de los productos de género más destacables del año. La cinta es australiana y supone el debut en el largometraje de su director, Adrian Chiarella, que, desde luego, a partir de este filme, dará que hablar y al que habrá que seguir la pista en sus próximos proyectos. No en vano, la película acaba de ganar en el Festival de Sitges el premio a Mejor Dirección Novel, y había que ver si semejantes expectativas estaban a la altura del resultado. Y hay que decir que, desde luego, se trata de una de las propuestas más estimulantes del género de terror.

Dos adolescentes enamorados huyen de una entidad violenta capaz de adoptar la forma de aquello que más desean: el uno al otro. Mientras luchan por mantenerse unidos, deberán enfrentarse a la criatura y a sus propios temores más profundos. En una lucha desesperada por sobrevivir, descubrirán que el amor puede ser tanto su mayor fortaleza como la causa de su perdición.

La propuesta de Leviticus no podía ser más brillante. Lo que hace su director, Adrian Chiarella, es tomar conceptos sobrenaturales como el de It Follows (una maldición que te persigue), pero enmarcarlos en un relato sobre las terapias de reconversión. Y, en ese aspecto, el filme da en el clavo con una propuesta angustiosa y dolorosa por todo lo que implica el subtexto que hay detrás de la propia película: una sociedad que impide que podamos amar a quien nos dé la gana. Todo ello enmarcado en un ambiente donde el fanatismo religioso está a la orden del día.

Por ello, es un acierto que, en unos tiempos en los que precisamente la sociedad se está volviendo más extremista y más fanática (aunque también depende de los círculos, obviamente), películas como Leviticus denuncien precisamente esta realidad. La imposibilidad de amar a quien tú quieras hace que el filme resulte agónico y muy cercano, pese al componente fantástico y sobrenatural que lo sobrevuela. De este modo, se siente profundamente romántico y, en cierta manera, necesario en los tiempos de extremismo que estamos viviendo.

Quizás ahí, en su intento de encontrar el equilibrio entre el drama, el romanticismo y el cine de terror, el filme se quede un poco a medias. Y es que, con semejante premisa, pese a ser firmemente rotundo con lo que es y lo que quiere ser, podría haberse explotado un poco más e incluso haber tensado más la cuerda de lo que finalmente hace. Es como si se conformara con la maravillosa premisa que tiene, manejando con eficacia sus elementos, pero sin llevarlos un paso más allá. El personaje de la madre, encarnada por Mia Wasikowska, se queda algo deslavazado.

Pero, por lo demás, ese es el único escollo que le veo a un filme sumamente eficaz en lo que se propone y en su manera de concebirlo. La puesta en escena sigue un poco la estela del cine independiente, mostrando los paisajes desoladores de ese pueblo australiano, que funcionan dentro de su sencillez. Además, cuenta con alguna escena de tensión bastante bien llevada (como la del primer ritual) y resulta bastante elegante a la hora de construir sus momentos más tensos.

Cabe destacar también las estupendas interpretaciones de todo su reparto, en especial las de la pareja protagonista, que lleva sobre sus hombros todo el peso del relato y lo hace con convicción y una química bastante extraña, pero que funciona al sentirse muy real. En ese aspecto, el casting ha sido muy acertado a la hora de elegir a sus protagonistas, mostrando a una pareja que no responde al prototipo que cabría esperar, lo cual se agradece.

Por tanto, Leviticus podría entrar dentro del género (mal) llamado «terror elevado», al introducir un discurso social dentro de una película de terror con tintes románticos. Pero, desde luego, su premisa y la manera de mezclar varios conceptos ya vistos para hacer algo nuevo con ellos merecen toda nuestra atención. La película consigue su objetivo de desarrollar una idea maravillosa y aterradora que, aunque podría haberse aprovechado un poco más a la hora de tensar la cuerda, cumple con eficacia su propósito. Por ello, no me extraña que haya ganado el premio a Mejor Dirección Novel en Sitges, pues, desde luego, estamos ante un director del que esperamos que tenga muchas cosas que decir en el futuro.

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