‘Tiempos de Ilusión’: una tragicomedia llena de autenticidad

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La nostalgia audiovisual es un valor seguro para ganarse la complicidad y emoción del espectador, y está de moda últimamente la que se retrotrae a los años 80, tanto en la pequeña como en la gran pantalla. Tanto para quienes vivieron esa época como para los que no, volver a ver en pantalla el estilo de hace cuatro décadas, en los atuendos, la decoración o las costumbres, y escuchar, pues estos nunca fallan ni han quedado obsoletos, los hits musicales de entonces, como mínimo esbozará una sonrisa en el público y le removerá algo por dentro. Lo malo es que tal tendencia está convirtiendo esas referencias de la época casi en tópicos, que incluso se pueden extender a toda la narración de la película en cuestión, aun partiendo de una premisa original.

Este sería el caso de ‘Tiempos de ilusión’, de los directores Éric Toleado y Olivier Nakache, ya de por sí valores seguros en la taquilla francesa y más allá, sin tener que recurrir a la susodicha nostalgia. Esta es aquí ineludible pues el punto de partida es el de la infancia de ambos, combinada de alguna manera para dibujar una ficción en la periferia parisina de 1985, con un protagonista de 13 años recién cumplidos, que convive con sus padres y hermano mayor (con quien a su pesar comparte habitación) en un piso de un gran bloque de apartamentos que se les queda pequeño.

En este marco, el meollo dramático tiene dos facetas: la madurez progresiva del protagonista, con experiencias como su primer amor, sus revelaciones espirituales o su choque con la realidad socioeconómica; y las relaciones intrafamiliares, pues los otros tres personajes también tienen su propia progresión, aunque sus arcos dramáticos resultan algo superficiales (pese al buen hacer de sus conocidos intérpretes), en especial el del hermano mayor.

En cualquier caso, la tragicomedia en su conjunto transmite autenticidad, con escenas que podemos fácilmente imaginar que pasarán en la época y con personas similares, como el intento infructuoso del joven y tres de sus amigos de ver una cinta porno sin ser descubiertos. Estas y otras escenas imprimen un tono ligero, más allá de los contados momentos de tristeza, por lo que el género vira más hacia la comedia que hacia el drama. Esto se acentúa por la mentada banda sonora, tan previsible como eficaz, y por un montaje ágil que no deja mucho tiempo de respiro a las situaciones más comprometidas, por ejemplo, cuando el padre está buscando trabajo, y en cambio alarga las más divertidas, como la susodicha del visionado del video prohibido para menores de edad.

En todo caso, lo que permanece es esa sensación de gracia, de complicidad, pero no un sentimiento más profundo, de verdadera identificación con esos personajes y su época de transición, porque, al final, hemos presenciado ya vivencias muy similares, sin que las aquí narradas destaquen en ningún aspecto relevante ni, por ello, dejen nada especial para el recuerdo.

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