4’5 Butacas de 5

Karateka no solo homenajea a Sandra Sánchez, la karateka olímpica española, sino que convierte su historia personal en un relato épico que transmite la misma emoción que ver una final olímpica en directo. La película toma el deporte, un fenómeno cultural y una de las señas de identidad de nuestro país, y explora las raíces de por qué lo practicamos. Quizás sea por las endorfinas, esas que se liberan al emitir un sonido gutural tras completar la última repetición en el gimnasio o al golpear una pelota con todas las fuerzas restantes antes de caer. O quizás hacer deporte tenga más que ver con la necesidad de impresionar a los amigos o a la familia, ya sea para ofrecerles una vida mejor gracias a un premio o para ganarse su admiración y sus aplausos.

Existen numerosos y poderosos motivos para hacer deporte, pero Sandra, como muchos otros deportistas, tarda años y años de entrenamiento en darse cuenta de cuál es el suyo, un descubrimiento que cambia su vida por completo. No se trata solo de un viaje físico, con unas exigencias físicas extraordinarias, sino también de un viaje psicológico y de crecimiento personal.
Sandra toma muchos elementos de la cultura nipona para perfeccionar sus movimientos, pero allí todo funciona a otro ritmo. Su viaje a Japón es uno de mis momentos favoritos del metraje, pues descubrir que allí las cosas se hacen de otra manera y que la fuerza bruta no lo es todo resulta bellísimo. Para todos aquellos que no tienen ocasión de viajar tan lejos y aprender del estilo de vida japonés, la película ya se encarga de acercárnoslo.

El montaje de la película es como el karate: preciso, rítmico y pasa volando ante nuestros ojos. Si bien el metraje supera las dos horas, cada campeonato, ganado o perdido, se siente necesario. Sobre todo, porque, si conoces algo de la historia real de Sandra, entenderás que su vida estuvo llena de acontecimientos complicados y décadas de dedicación al karate.
El trabajo interpretativo de Andrea Ros como Sandra Sánchez es impresionante, pues si no me equivoco, ella misma realiza la mayoría de las escenas físicas. Patrick Criado, quien interpreta a su entrenador, tampoco se queda atrás, mostrando una forma física griega y una madurez que quedan muy lejos de sus días como el pequeño Nuño en Águila Roja.

Ambos actores se dejan la piel en los que probablemente sean dos de los papeles más importantes de sus carreras, pero el mérito va mucho más allá de las interpretaciones. Y no hablo solo de los especialistas que los habrán formado en karate, sino también, por ejemplo, de la banda sonora, magistralmente compuesta, que acompaña a Sandra en todo hito.
La música, tan épica, funciona porque las competiciones deportivas son así:
apabullantes, escenarios donde el honor, el sacrificio y la perfección se enfrentan constantemente entre sí.
Naciones enteras se juegan su reputación, como sucede con su gran rival, la japonesa. El retrato de Japón a través de distintos personajes, algunos mentores y otros rivales, es certero, cálido y ayuda enormemente a comprender la mentalidad nipona. Solemne sin ser frío, apasionado sin ser descuidado. Un país con valores indiscutiblemente admirables, pero que también pueden llevar a ejercer demasiada presión sobre sus propios ciudadanos.

La manera en que suenan los katas es asombrosa. El departamento de sonido, junto con la música, consigue ponerle voz a un deporte aparentemente silencioso, convirtiendo cada escena en una demostración de poder, incluso cuando los protagonistas solo entrenan frente a un espejo.
A quien diga que el cine español le aburre, le animo a empezar con Karateka. Nuestro cine tiene muchas historias personales capaces de conmover, y Karateka consigue ser íntima y colosal al mismo tiempo. No es Marvel y, sin embargo, es una de las historias más heroicas contadas en nuestro país, con sus villanos (los detractores), sus superpoderes (los katas) y el descubrimiento de su verdadera identidad.
