‘Megalodón 2: La fosa’: En el campo y en la playa hace calor… y la gente huye de un megalodón

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Que nadie se engañe. Ver a Jason Statham luchando contra tiburones prehistóricos gigantes significa ver una película capaz de contener todo su argumento en el póster. Pero partiendo de ahí, la secuela de Megalodón (2018) es una apuesta segura para los aficionados a las explosiones y los bichos gigantes: una especie de peli de tarde del subgénero “animal absurdamente grande viene a comerte”, solo que hecha con dinero de verdad. O lo que es lo mismo: toda la diversión mamarracha y desvergonzada de una serie B, pero con el envoltorio de un blockbuster. Megalodón 2 ha perdido todos los complejos de su predecesora, y se nota. Abrazar el espectáculo por el espectáculo era lo mejor que le podía pasar a esta saga.

Al mismo tiempo, sin embargo, hay que reconocerle a Ben Wheatleysu afán por no dirigir el enésimo refrito de Tiburón.  Aunque es cierto que el desenlace es predecible y que sus diálogos no van a ganar ningún premio, Megalodón 2 sorprende con una refrescante mezcla de géneros que hace que sus dos horas de duración pasen volando. La primera mitad, una aventura de exploración más afín a 20.000 leguas de viaje submarino o a Prometheus que a la típica película de monstruos sembrando el caos, hace soñar con que la tercera entrega transcurra íntegramente en la fosa, un ecosistema maravilloso, aterrador y repleto de criaturas desconocidas. Es al subir a la superficie cuando se acentúan los lugares comunes y todo se vuelve más plano, pero me parece imposible seguir enfadado por este cambio de registro después de ver a Jason Statham pegarle una patada en el morro a un bicho de 15 metros de largo.

Dicho esto, resulta absurdo profundizar en los defectos formales y argumentales de Megalodón 2, porque son justo los que uno podría imaginarse sin haberla visto siquiera. Pero es que venir aquí buscando un sofisticado drama psicosocial es como hacerse trampas jugando al solitario. La película da lo que promete: desconexión neuronal, adrenalina y carcajadas de incredulidad. En este sentido, si no me rindo por completo ante semejante fanfarria de idiotez submarina no es porque pretenda que una montaña rusa me cambie la vida, sino porque hay algunos aspectos que sí podrían haberse mejorado sin necesidad de remar en contra de la propuesta. Para empezar, la calificación de PG-13 le pesa como una losa, y es que es una película que habría ganado mucho si no escatimara en sangre y escenas explícitas. Buenas noticias para los padres, malas para los fans de la casquería.

Otro problema es que, en ese ejercicio tan estimulante de recombinar temas y géneros distintos, sus referentes son tan claros que no le dejan tener personalidad propia. Son décadas de títulos cortados por el mismo patrón, pero voy más allá. Por mucho que el tráiler arrancara con la chulería de Meg merendándose un tiranosaurio como si nada, la realidad es que Megalodón 2 parece un homenaje involuntario a Jurassic Park, reciclando varios recursos de esta y hasta calcando un par de escenas. Y el tufillo que desprenden sus protagonistas a secuela de la saga Fast & Furious tampoco ayuda a generar sensación de peligro. Pero, con todo, el resultado final es un sí. Sí a la diversión, sí al cine de verano y sí a los tiburones gigantes. Si en esta aparecen tres, para la próxima espero al menos diecisiete. O los que quiera Jason Statham.

‘Todas somos Jane’: Abortos clandestinos sin dramas

3 Butacas de 5

Este viernes llega a los cines la película Todas somos Jane de la directora Phyllis Nagy guionista de la aclamada cinta de 2015 Carol del director Todd Haynes.

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Chicago, 1968, Joy (Elizabeth Banks) es una ama de casa con una vida de lo más corriente. Está casada con Will (Chris Messina) un abogado con una carrera en ascenso y tiene una hija adolescente Charlotte (Grace Edwards). Durante su segundo embarazo sufre un desmayo y le diagnostican una cardiopatía que podría ser mortal. Con ayuda de su ginecólogo trata de conseguir que el hospital acepte un aborto terapéutico pero la junta del hospital no se lo permite. Desde ese momento, Joy inicia la búsqueda de cómo poder abortar cuando además de ilegal es un delito. En ese viaje da con una red clandestina de mujeres que ayudan a las que lo necesitan a abortar dirigida por Virginia (Sigourney Weaver) que le cambiará la vida de una manera que ni siguiera imaginó.

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La película que podríamos catalogar como comedia dramática está centrada en mostrar el funcionamiento de la red clandestina de mujeres que se ayudan unas a otras sin juzgarse, así como la implicación de Joy y su evolución dentro de la red.  Desdramatiza el aborto mostrando que cuando una mujer por el motivo que sea decide abortar hará lo posible por hacerlo, aunque sea ilegal y ponga en riesgo su vida. Las explicaciones sobre cada uno de los pasos realizados en la intervención que el médico va dando a las mujeres para que estén informadas resultan muy didácticas también para los espectadores, así como alguna clase sobre anatomía femenina que aparece en la película mostrando la falta de educación sexual de la época incluso en mujeres casadas. También se refleja la imposibilidad del acceso al aborto de las mujeres pobres y afroamericanas por lo que la red tratará de encontrar la manera de ayudarlas.

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Buena ambientación, banda sonora y e interpretaciones ofrece esta mirada al pasado americano a la que quizá le falta más garra política por la época en la que transcurre y por el tema que trata, pero también por la derogación el pasado verano de la sentencia Roy vs Wade aprobada por el tribunal supremo en 1973 que garantizaba a nivel federal el aborto en Estados Unidos.

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Imposible no pensar si la red de mujeres pueda volver a existir en la actualidad dadas las circunstancias