‘Viento Sur’: El faro que guía

3 Butacas de 5

«Viento Sur» guía a los personajes por un camino hacia la redención, la aceptación y la ruptura con nuestros errores del pasado. Es un viaje que nos lleva hacia un faro, un lugar con una gran presencia estética y contenido rico en subtexto. Vale, me voy a detener un poco en esto:

¿Para qué sirve un faro? ¿Qué sentido tiene trabajar en él? ¿Qué tipo de persona viviría en uno en pleno siglo XXI? Estas preguntas definen un marco y unos personajes muy concretos. Estas claves hacen que sea una propuesta atractiva para un público exigente, que aprecie un buen desarrollo de personajes y que valore que las cosas se expliquen con detalle y tiempo. El director Álvaro García-Capelo vuelve a la carga después de «Canícula» con una propuesta completamente diferente. Un aire nuevo para la cinematografía española.

Robert sale de la cárcel tras haber cumplido varios años de condena por corrupción. Mónica le ofrece refugio y una nueva vida en el faro donde ella trabaja. Pero, ¿qué relación tienen estos dos personajes tan dispares? ¿Qué tienen en común y por qué se apoyan mutuamente? En «Viento Sur» se dosifica la información de manera efectiva, jugando con el interés del público y desarrollando a los personajes con un ritmo calmado.

El plot twist llega cuando descubrimos la muerte de Alberto, el hermano de Mónica y el mejor amigo de Robert. Esta tragedia ha marcado sus vidas, creando un mito en torno al fallecido que lo hace presente en cada escena y en cada conflicto. El simple recuerdo de Alberto es tan poderoso que bloquea las acciones de los personajes. Por lo tanto, la idea de reunirse en el faro es para esparcir sus cenizas, una liturgia que sólo pueden llevar a cabo juntos y un duelo que deben superar cada uno a su manera. A medida que avanza la historia, se descubre quién era Alberto y cómo lo veían los demás, desmantelando gradualmente la verdad sobre su muerte.

Los roles protagonistas recaen en Will Keen y María Fernández Ache, una pareja de actores que encajan perfectamente en sus personajes hasta el punto de que parecen escritos para ellos. Por un lado, Keen, siendo un actor británico reconocido, realiza un viaje complicado con un hombre que tiene más sombras que luces. Debe luchar contra una sociedad que lo rechaza y contra sí mismo. Su proceso de autoconocimiento se desarrolla a medida que el espectador avanza en la historia. Hay que destacar su perfecto castellano, su presencia escénica y su sinceridad en pantalla. Por otro lado, María Fernández Ache enriquece la película con su gran versatilidad. Logra generar empatía a pesar de mantener un aire de misterio. Su personaje no revela mucho al principio y se va descubriendo gradualmente. Aunque no está en el centro de atención como Robert, resulta muy atractivo e interesante. Interpretando a una mujer que trabaja en el faro, hace sus pinitos como artista plástico y que tiene una complicada relación familiar que incluye una hija ausente y un punto de vista fatalista de la vida.

El tiempo es el elemento principal que estructura la cinta. A pesar de los años transcurridos, los protagonistas no logran superar su duelo. Se encuentran superados por las circunstancias, en un limbo vital. La importancia del faro y la unión de estos personajes tan diferentes, que tuvieron una relación en el pasado, generan los mejores momentos en pantalla. Un choque de corrientes de aire, que enriquecen y refrescan la propuesta de García-Capelo.

A nivel técnico, tal vez sea donde la película flaquea un poco, aunque no es un problema esencial, ya que la fuerza reside en la historia y en el elenco. Es cierto que las más de dos horas de duración se hacen extensas para la historia que se cuenta, y se podrían haber omitido algunas escenas que resultan redundantes. Sin embargo, en general, la narración es eficiente e incluso cuenta con momentos destacables protagonizados por el crudo y hermoso paisaje vasco. Además, la ausencia de música también juega a favor de la obra, creando un estilo espartano y directo que no busca emocionar fácilmente al espectador.

En definitiva, es una película intimista que juega sus mejores bazas en el desarrollo psicológico de los personajes y que es honesta consigo misma. Es sencilla, dramática y emotiva. Una pequeña gran historia.

‘Nada’: La voz de una generación dormida (o la importancia de las cosas)

4 Butacas de 5

Decía Arthur Schopenhauer, filósofo alemán que basó buena parte de su vida y obra en la reflexión sobre la felicidad auténtica, que la vida sólo es la muerte aplazada. También decía que “únicamente podemos ser enteramente nosotros mismos mientras estemos solos, pues quien no ama la soledad tampoco ama la libertad, porque sólo cuando estamos solos, somos libres”. Algo parecido debió pensar Pierre Anthon, uno de los adolescentes que protagonizan la película que nos atañe, que decidió romper con todas las reglas establecidas, abandonar la escuela y subirse a un árbol a ver la vida pasar. Nada tiene sentido para él; en sus propias palabras, todos somos copias de copias, vamos a morir inevitablemente y nada de lo que hagamos tendrá un significado. Esta visión de la vida que muchos hemos podido tener en la etapa existencial en la que debemos decidir qué vamos a ser en nuestro futuro (pues, como bien se expone en el film, el sistema imperante nos dicta que a los dieciocho años debamos empezar a buscar ser alguien o algo) entronca con el pesimismo filosófico de pensadores como Kant, Hegel, Nietzsche, Wittgenstein, Camus, Cioran o el nombrado Schopenhauer, pesimismo intrínseco en la filosofía europea moderna y posmoderna que indica que, como no hay nada que dé sentido a nuestra existencia, uno debe adoptar ciertas actitudes éticas frente a esa nada que da nombre a la obra que nos ocupa. Así pues, INTET (Trine Piil Christensen, Seamus McNally, 2022), basada en la novela de Janne Teller, toma el lexema de la palabra nihilismo (negación de un fundamento objetivo en el conocimiento y en la moral), nihil (nada en latín) para plantearnos una serie de preguntas: ¿Hay algo que tiene valor real en esta vida? ¿A qué cosas damos importancia? La respuesta a la primera cuestión por parte de Pierre Anthon, NADA, conduce a sus compañeros de aula a dar respuesta a la segunda. Así las cosas, cada uno de los jóvenes decidirá hacer ofrendas de lo que realmente les importa, siendo cada uno de los sacrificios que aquí encontramos más atroces que sus predecesores, lo que hace que el largometraje de Christensen y McNally gane en intensidad e impacto emocional a cada minuto que pasa, dejando un regusto agridulce en el espectador: agrio por la crudeza de lo que vemos (Michael Haneke o Lars von Trier podrían ser los firmantes de la pieza); dulce porque los múltiples mensajes que nos regala esta gran obra nos seguirán haciendo pensar durante largos días.

Y si seguimos hablando de filosofía, siendo la que nos ocupa una película danesa, no podía faltar la presencia de Søren Kierkegaard, padre del existencialismo, en esta ecuación. A la perspectiva kantiana que mantiene todo el conjunto (sólo tenemos acceso al mundo como representación) se une una reflexión que va a acompañarnos hasta los últimos compases del metraje: ¿Por qué estamos vivos? ¿Sólo para consumir? Esta cuestión, que sirve como punto de partida y piedra angular de la angustia existencial personificada en los jóvenes, encuentra su mayor apogeo en el tramo final de la película, cuando la teoría del ruso Mijaíl Bakunin, “la destrucción es creadora”, cobra vida y la cinta nos deja una reflexión más, esta vez relacionada con el arte y el mercantilismo de lo aciago, dejando el mensaje, cada vez más patente en la hodierna sociedad, de que todo se puede vender, hasta lo más íntimo y personal.

Si a esto añadimos los conceptos nietzscheanos de voluntad e instinto como contrapunto a la razón (en un momento de la película se dice que “el 99% de nuestro ADN lo compartimos con los chimpancés”) que sirven como motor y combustible de las acciones de los personajes principales, nos queda un film destinado a ser un clásico en la asignatura de Filosofía en institutos y universidades en un futuro cercano. Mientras esto sucede (o no), sigamos reflexionando sobre si realmente existe algo esencial que hace que la vida cobre sentido o si el fuego acabará abrasando todo lo que nos importa.