La sombra de mi padre, una película más fácil de admirar que de amar, nos traslada a Nigeria en 1993, cuando se anularon los resultados de la primera elección democrática del país postdictadura, en la que el líder del pueblo MKO Abiola se habría impuesto, pero las fuerzas armadas decidieron no respetar la soberanía.
La narración sucede durante un solo día, que vemos a través de los ojos de dos hermanos pequeños, quienes aprovechan la inusual visita de su padre para dejar su pueblo y acompañarlo a Lagos. El padre, Folarin, es una figura misteriosa, cercano y tierno a la vez que distante y reservado. Y en este viaje iniciático a la gran ciudad los menores dilucidan parte de su identidad: un cobro de dinero pendiente, conversaciones en código con colegas, encuentros con personas en la clandestinidad. Entendemos que algo tiene que ver con la resistencia que el pueblo intenta oponer, pero al mantenerse fijamente en la perspectiva de los niños, el director Akinola Davies Jr. prefiere no aclararse del todo los detalles.
No es un recurso que se sienta particularmente nuevo, el de utilizar el fuera de campo y el acceso parcial de niños a información que se les escapa para mostrar cómo el tejido de un contexto sociopolítico se cuela en las realidades de quienes aún no lo comprenden del todo. Pero es efectivo, y crea una versión atmosférica de un conflicto relevante, aunque caiga en ciertos clichés del género y algunos apartados –las noticias que dan cuenta del escenario, algunas líneas demasiado explícitas– pierdan la sutileza que la película necesita y alcanza en otros departamentos.
Aun así, La sombra de mi padre se siente necesaria y es un debut potente, un coming of age bellamente filmado que nos sitúa en un momento digno de retratar y genera imágenes poco vistas de una ciudad y un grupo de personas afectadas por la injusticia.
Albert Serra logra con su versión taurina del Joker el Premio Goya a Mejor Largometraje Documental
Albert Serra –reconocido por la cinefilia más inquieta como nuestro enfant terrible– es un director inclasificable, un autor a contracorriente que siempre pone la mirada donde nadie más se atreve ni siquiera a acercarse. Su última creación,Tardes de Soledad, no iba a ser la excepción. Un documental que, a priori, el público podría estar reticente a contemplar por su controvertida temática: la tauromaquia. Lo que no sabe el espectador (ni el mismo Serra) es que probablemente se esconda detrás la mayor obra antitaurina jamás filmada. Así como una reconstrucción del propio Joker.
En el caso hipotético de que Serra se
llegara a topar con este artículo (Dios no lo quiera) seguramente se llevase
las manos a la cabeza. Y es que, para el que escribe estas líneas, su última
animalada (en el mejor de los sentidos) se lee como una película de
superhéroes –esas que tanto le gustan, entiéndase la ironía– donde Roca
Rey es el villano perfecto.
Podemos decir que el Joker es un caso de estudio socio-político fascinante que representa la figura del descontento anárquico ante la desigualdad, la indiferencia estatal y la fragilidad moral, transformando el trauma individual en un movimiento de masas que desafía el orden establecido, emergiendo así un antihéroe nihilista para los oprimidos al mismo tiempo que simboliza el colapso de las estructuras sociales y la búsqueda de justicia por iniciativa propia. El problema reside en ver al Joker como un modelo a seguir y no como objeto de análisis.
Extrapolando la figura del Joker al terreno que nos ocupa, Serra, con su manera pictórica a la par que plástica de esculpir, con su mirada audaz y fidedigna hacia su cuadro, consigue que la figura de Roca Rey resulte fascinante; no sólo por el servicio demencial, casi suicida, que ofrece por y para el espectáculo, sino por su modo de afrontar el mundo: el horizonte que separa la vida de la muerte. No existe temor, si acaso osadía. Y es por ello que resulta fascinante como personaje. No así tanto como persona. Porque sí, podríamos llegar a pensar que Roca Rey, al igual que el Joker, o al igual que cualquier torero que se precie, padece de una patología social. Y ellos, a la vista está, no son conscientes de ello. Ven en su fin, en su propio caos, un acto heroico que levanta a las masas. ¿Acaso se esconde en el gesto triunfal tras la acción vil de matar una proeza estética y no un trastorno psicopático? ¿Acaso vivimos en un mundo donde la tortura más cruel está llamada a ser arte elevado? Lamentablemente, sí. Y aquí es donde entra en juego Gotham (símil de la arquitectura global en la que cohabitamos) como división social (posicionamiento del bien y del mal). Y es en este debate ético-moral donde radica la reflexión sobre la obra-personaje, no sólo obligándonos a confrontar la fragilidad de las estructuras sociales y morales, sino planteando, a través de la glorificación de Roca Rey, como de la de Arthur Fleck en los últimos compases de la cinta de Todd Phillips de 2019, cuestiones incómodas sobre la naturaleza del mal y la responsabilidad colectiva.
Todos los villanos que han ido surgiendo mediante el transcurso de la Historia (y no hablamos sólo de ficción) han tenido un séquito a su alrededor, ese que les ríen las gracias y les apoya firmemente en su cometido. Ese séquito, en el caso particular de la figura que nos ocupa –Roca Rey–, son representados por Serra a través de los subalternos, quienes, ya sea en un furgón o bien en el burladero más próximo a la faena, van a piñón fijo con su líder; así como con sus ideales, manteniendo presente, aún en ausencia física, la autoría de su figura (el asiento vacío como metáfora de status, simbología y poder). De este modo, la sociedad que les secunde estaría representada por la plaza de toros. Sí, podemos decir que Las Ventas es el Arkham City de este mundo sin sentido.
Nuestro enfant terrible presenta al
principio de su película, mediante un plano fijo, más propio del terror
psicológico que de la propia docuficción, al protagonista invisible cuyo
destino es trágicamente irreparable: el toro, ese héroe que estará a punto de
derrotar al villano en el segundo acto de la obra. El autor catalán no se corta
(ni él ni el plano) a la hora de mostrar el sufrimiento del animal en cada una
de las corridas, transmitiendo el dolor, no solo mediante la imagen –solemne
como siempre en el cine de Serra–, sino también mediante el sonido –inmersivo
como siempre en el cine de Serra–. Es ahí, en en plano ininterrumpido, en el
sollozo prolongado, en la sangre a borbotones, en la mirada caída e incesante
del burel, donde se atisba una obra de fuerza antitaurina. Es decir, es en
la muestra, tanto pictórica como sonora, donde, consciente o inconscientemente,
el autor logra que el espectador se posicione (o debiera posicionarse) en el
lado correcto de la historia. Y es ahí, en los aplausos y vítores del
público, en los olés continuados, en los elogios desmedidos de la cuadrilla, en
el gesto triunfal, en la gloria final de Roca Rey, donde apreciamos la
mitificación del antihéroe.
Serra, sin comerlo ni beberlo, por la puerta grande, ha esculpido en Tardes de Soledad una de las mayores hazañas superheroicas de cuantas nos ha regalado este maravilloso arte (hablamos del llamado séptimo, claro está). Ya es cosa del espectador cómo lea esta obra de doble capa y espada: si a favor o en contra del villano. Si son de los que ven en Joker un caso fascinante de estudio o un modelo a seguir.