‘Te quiero, imbécil’: un tibio intento por renovar la comedia romántica

3 Butacas de 5

La comedia romántica es vista como un subgénero sencillo, cuando realmente es más desafiante de lo que muchos podrían imaginar. Como prueba sólo basta recordar que algunos de los grandes talentos creativos de todos los tiempos, como Billy Wilder, Woody Allen y Rob Reiner aprovecharon sus características para abordar la complejidad de las relaciones humanas. Esto mismo ha motivado a numerosos cineastas a buscar distintas alternativas para terminar con los estigmas, siendo Laura Mañá la más reciente con Te quiero, imbécil.

La película desafía la premisa básica de que estas historias son exclusivas del público femenino al centrar su atención en Marcos (Quim Gutiérrez), quien enfrenta una dura crisis cuando su novia termina con él tras ocho años juntos, lo que le orilla a replantear su estilo de vida para convertirse en todo un hombre del siglo XXI. Estos esfuerzos coinciden con su reencuentro con Raquel (Natalia Tena), una antigua amiga del instituto cuya autenticidad le hará cuestionar sus objetivos.

El primer acto es prometedor al revertir los métodos preestablecidos, lo que convierte al personaje central en un auténtico niño/hombre confundido ante la adversidad y que recurre a internet como su mejor aliado en la búsqueda de respuestas. No menos importante es que estos primeros minutos plantean muchas de las grandes dudas que el género masculino tiene sobre el mejor accionar ante las mujeres y que pocos se atreverían a preguntar ante los roles preestablecidos por la sociedad.

Los problemas inician con el mencionado reencuentro pues, aunque el personaje femenino mantiene el tono rompedor para desafiar la etiqueta de ‘chica de al lado’, resulta evidente que el guion no sabe cómo mantener la originalidad con la inminente relación. El problema no es lo predecible, sino que la historia se decanta por una ruta tan plagada de fórmulas que sus intentos de rendir homenaje a los grandes clásicos terminan convirtiéndose en plagios tan descarados que deambulan en lo absurdo y que van –spoilers a continuación– del rompimiento de la cuarta pared á la Annie Hall (1977) a la actuación pública de un orgasmo inmortalizada por Cuando Harry encontró a Sally (1989).

Estos problemas coinciden con una confusión en el tono, con un inicio más bien irónico, hasta los cambios del personaje desembocando en algunas bromas que pretenden emular el estilo irreverente de Judd Apatow, pero que se quedan a medias ante la indecisión de la dirección, lo que resulta en un tercer acto meramente convencional.

Finalmente, los altibajos del elenco, con un Quim Gutiérrez y una Natalia Tena que funcionan en el plano individual, pero que no logran transmitir una sensación de intimidad por su tibia química en pantalla. En este mismo plano histriónico, Ernesto Alterio merece una mención aparte, cuya interpretación de influencer/gurú que ayuda a sacar al hombre del siglo XXI no sólo es hilarante, sino lo más destacado de toda la cinta.

Quizá Te quiero, imbécil nunca aspirara a convertirse en la comedia romántica definitiva, pero parecía tener los elementos necesarios para ofrecer una trama fresca y divertida. Una pena, pero sobre todo una nueva prueba de que la realización y la renovación de estas historias es una tarea más desafiante de lo que muchos quisieran aceptar.

‘Aguas Oscuras’: La importancia de llevar corbata

4 Butacas de 5

La mítica figura del defensor del pueblo llano llega a la gran pantalla a través de un drama social de magnitudes empresariales basado en hechos reales. Así es Aguas Negras, el nuevo film del director Todd Haynes y que promete generar más de una polémica. Que se prepare el público para un crudo viaje que se extiende 20 años hasta el presente.

Inspirada en una impactante historia real, Aguas Negras nos cuenta la historia de un tenaz abogado que descubre el oscuro secreto que conecta un número creciente de muertes inexplicables con una de las corporaciones más grandes del mundo. En el proceso lo arriesgará  todo para sacar a la luz la verdad.

Con una excelente ejecución y una técnica impecable, los planos precisos de Edward Lachman logran abstraer y deshumanizan lo urbano sin hacer en la banalidad. La atmosfera fría, gris, lúgubre y triste, de un mundo tomado por las empresas sin corazón, se hace más que latente durante toda la proyección.

Se trata de una película que no es, en absoluto, el típico thriller legal. Esta historia, discretamente reivindicativa, bebe directamente de los grandes dramas sociales de los años 70. Su reparto de lujo, capitaneado por Mark Ruffalo al frente y seguido de cerca por Anne Hathaway y Tim Robbins, brilla con luz propia y nos muestra unas actuaciones sólidas, duras y penetrantes. Seguramente está sea la actuación más resonada en el papel de abogado del pueblo desde el personaje de Atticus Finch en Matar a un ruiseñor.

Con un claro pero sutil tinte de alarmismo, este poderoso drama expresa de manera clara la desesperanza, impotencia y depresión, cada vez más común, a la que se enfrentan las personas y su modo de vida rural por culpa de la codicia y la muy alarmante falta de empatía de la que hacen gala las personas trajeadas. 

Evitando caer en la trama sensacionalista o experimental para generar revuelo, el director se ha entregado plenamente a sus actores y su historia. El resultado es incuestionable: un trabajo sólido y que rezuma talento, sin caer ni una sola vez en lo ostentoso, que sirve a un mensaje realista y pulidamente narrado.

Como conclusión, se trata de una película que hará sentir esperanza y perturbación al espectador. Aunque su desenlace sea esperanzador, la sensación de inquietud y, por qué no decirlo, de miedo por una amenaza que no podemos prevenir convierten a esta película en una sonora llamada de atención.