‘Los Colonos’: una obra brutal, dura y de gran solemnidad

4 Butacas de 5

Los colonos, la ópera prima de Felipe Gálvez se siente como una película necesaria. No solo por lo que logra formalmente, el instalarse en el western pero varios miles de kilómetros más al sur de donde aquel género se fundó. Llevando la contienda entre hombres blancos e indígenas al sur de Chile, la complejiza y la dificulta por el simple de hecho de adoptar el punto de vista de los nativos.

El contexto es la región de Magallanes de Chile, inicios del siglo XX y su protagonista es Segundo (Camilo Arancibia), un mestizo que es enviado a cercar tierras para un terrateniente junto a un soldado escocés y un estadounidense. Los tres, en una inmensidad de llanuras inhóspitas, avanzan abriéndole espacio al imperio de otro hombre. Que tengan que matar indios en el camino podría ser un obstáculo de guion en una película de cowboys que solo quiere añadir acción, pero lo que hace Gálvez es adentrarse en las repercusiones morales que tiene para su protagonista el incurrir en este tipo de atrocidades.

Todos le servimos a alguien, no se puede jugar a dos bandos. Menos en la mortal pampa patagónica. La naturalidad con la que chilenos ricos y extranjeros se deshacen de los indígenas para someterlos, usurpar sus tierras, y violar a sus mujeres es justo el conflicto moral al centro de un hombre al que le obligan a hacer lo mismo. Pero lo interesante, nuevamente, es que Los colonos no se queda tan solo en esa reflexión, sino que la lleva un paso más adelante en un tercer acto que invierte nuevamente lo que veníamos viendo y nos hace preguntarnos de nuevo por las prácticas de sometimiento que seguimos replicando. ¿Cómo se ve la colonización cuando ya no se trata sobre conquistar tierras?

En ese sentido el discurso se vuelve más relevante y urgente precisamente por la precariedad de películas que se hayan atrevido a explorarlo y lo necesario que es tematizarlo, especialmente en sociedades con un pasado como el que aquí entra en juego.

Es brutal y dura, como tiene que ser, y está hermosamente fotografiada como los paisajes de Tierra del Fuego merecen. Y pareciera querer rebelarse activamente ante la solemnidad de un cine clásico, utilizando un montaje rápido y preciso y una banda sonora moderna para recalcar que aquí se está hablando del ahora. Un western contemporáneo, que trata temas antiguos pero que nos siguen circundando, un acierto en idea y ejecución, una película de esas que sorprende que no hayamos hecho antes.

‘O Corno’: la frontera maternal

3 Butacas de 5

Gracias a la visibilidad otorgada por la Concha de Oro a Mejor Película en el Festival de San Sebastián, «O Corno» puede demostrar de qué pasta está hecha a un mayor número de espectadores. Una historia de una fuerza y sensibilidad dignas de un cineasta consolidado y que, siendo la segunda obra de Jaione Camborda, nos muestra una madurez inusual. La realizadora donostiarra, que ha desarrollado la mayor parte de su carrera en Galicia, juega todas sus cartas en un retrato local sobre una huida hacia delante que pende entre la vida y la muerte, entre la soledad y la convivencia. La oscuridad y la luz.

Tras una larga escena de un parto que nos sirve como prólogo, la película nos presenta a María, una mujer de mediana edad que vive sola y se gana la vida como mariscadora, algo bastante común en este tipo de pueblos pesqueros. Aunque en realidad es conocida como matrona, ayudando a las embarazadas a dar a luz en casa. Vemos su tacto, dedicación y sensibilidad en el alumbramiento, mostrando al espectador que es un momento tan común como espectacular.

El escenario es la Galicia profunda de los años setenta, muy cerca de la frontera con Portugal, donde María vive de forma tranquila pero amarga porque no ha sido capaz de convertirse en madre. Paradójicamente, dedica su vida a ayudar a otras mujeres a serlo, aunque a veces también a evitar que lo sean. Los problemas comienzan cuando una joven embarazada le ruega que le practique un aborto en secreto.

Tras muchas dudas, decide ayudarla sin saber que la chica fallecería al día siguiente. Los agentes del orden van a su encuentro, lo que obliga a María a escapar de su aldea e intentar cruzar a Portugal en busca de una nueva vida. ¿Qué le deparará al otro lado del río? ¿Qué está dejando atrás?

Por lo tanto, la frontera juega un papel muy relevante en la película. Es ese lugar de paso en el que te juegas la vida, ese Caronte que te guía entre dos países. Lo que dejas atrás y lo que ves por delante. Una metáfora bellísima entre lo que no has podido alcanzar y lo que puedes conseguir.

Para este viaje, Camborda ha elegido una narración contemplativa e intimista. Su cámara nunca se aleja demasiado de los protagonistas (lo cual me gusta mucho), manteniendo al espectador cerca de la piel de María. Muestra preciosos detalles cargados de poesía, apoyados por una fotografía muy naturalista. El ritmo en el montaje es quizás su mayor obstáculo, ya que la realización se enfoca demasiado en ciertas imágenes, centrándose más en la estética que en la historia que nos cuenta. Esto puede ser un punto a favor o en contra, dependiendo del tipo de espectador que se encuentre en el patio de butacas.

El mejor aspecto es, sin duda, el casting, lleno de rostros no muy conocidos para el gran público, donde Janet Novás destaca con un magnetismo cinematográfico y un acting de contención espectacular. Un trabajo en el que el pasado no asumido y lo que no se dice pesan tanto sobre la protagonista. ¡Increíble Novás en cada escena de la película!

Pero es que todos están así, todo el reparto tiene magia en la mirada, son muy creíbles y emocionantes en sus interpretaciones desde el primero al último, indistintamente de sus minutos en pantalla.

En resumen, «O Corno» es una obra con un gran contenido crítico y también poético, que pone el foco en un mundo femenino con problemáticas que no son tan diferentes de las actuales. Juega con un personaje muy potente y una mirada natural pero cargada de sensibilidad.