‘Avatar: El sentido del agua’: Una montaña rusa demasiado larga

2’5 Butacas de 5

Quizás sea ese su mayor problema.

Te pueden encantar las montañas rusas, pero cuando duran demasiado empiezas a marearte, la emoción se transforma en agobio, la seguridad empieza a hacerte daño en el pecho y en definitiva empiezas a sufrir porque solo deseas que se acabe cuanto antes.

Pues… básicamente eso.

Se nota que James Cameron se ha tatuado en el pecho el lema “ya está todo contado” y no hace ni el más mínimo esfuerzo en darle algo de originalidad al “qué”, centrándose de lleno en el “cómo”.

Y si, parece literalmente que te estás bañando en el agua, que esos seres azules son reales, que las balas pasan a tu lado o que podrías acariciar algún pececillo. Pero de estar todo el rato en el agua hasta un niño se cansa.

Habrá cuatro iluminados que verán grandeza en cómo el bueno de James ha conseguido que las motas de polvo caigan en primer término, pero para eso te invito a venir a limpiar a mi casa.

El cómo y el qué deberían ser uno. Eso consiguió con la revolución que fue Terminator a nivel visual y textual, o con Aliens, o con Abyss…

Pero ya en Titanic dijo “esto es sencillo, pongo a un hombre fuera de su hábitat que se enamore de una chica de otro grupo social, la conquiste, sea aceptado a pesar de los impedimentos y el resto es que veáis como me la saco hundiendo un barco”.

Misma fórmula, misma conquista, misma meta. Cambia barco por 3D y al grupo social por otra especie, pero en el fondo, más de lo mismo.

No se han molestado ni en buscar un nuevo antagonista, exactamente la misma historia, pero con agua.

Es lo que tienen las montañas rusas, carecen de historia, solo son curvas y más curvas hasta que vomites. Ojo, hay gente a la que le gusta mucho vomitar, allá ellos.

La película además se convierte en un auto homenaje particular con guiños a la filmografía del director. Desde esas máscaras y respiraciones que nos llevan al universo de Abyss, a esos robots humanoides que de nuevo nos transportan a Aliens, incluso tenemos barquito hundiéndose poco a poco, yuhuuu, qué original todo.

Quiero dejar bien claro que soy de los que flipa con las montañas rusas, las reales y las cinematográficas. Me encantan que me zarandeen, sentir adrenalina, divertirme… pero sinceramente me he mareado profundamente. Me dolía la nariz de aguantar las puñeteras gafas más de 3 horas, de las que me han sobrado 2 de documental a lo Cousteau en el que encima no aprendes nada porque los bichos son de mentira…

Mención aparte el rollo familia del Opus azulada que se han montado.

En fin. No sé si estrenarán la tercera, o la cuarta, o quinta. Pero aquí al menos yo me bajo del carro. Prefiero los documentales de la 2, que son igual de soporíferos, pero al menos tienen más consciencia del tempo narrativo.

Eso sí, vais a flipar visualmente, eso es indiscutible. Pero mejor si solo la veis un ratito.  Puestas a elegir, la parte documental chula es la de la hora de en medio, por si acaso.

‘Nostalgia’: una experiencia tan poderosa como promete

3 Butacas de 5

El regreso a la Napolés natal de Felice (imponente Pierfrancesco Favino) tras haber vivido cuarenta años en El Cairo es lo que despierta en él la nostalgia que da título a la última película de Mario Martone. Durante sus primeros compases, en los que vemos simplemente cómo el protagonista recorre la ciudad nocturna, sin que parezca tener ninguna meta en particular, dejan claro que ese Napolés algo triste y decadente aún imbuido aún de cierta belleza clásica, es también la ciudad en la que Martone creció, aquella que ahora quiere recordar. Sin embargo, parece que este impulso estrictamente personal es lo que ha prevalecido en el núcleo de la película por encima de cualquier otra cosa.

Y es que, aunque el punto de partida tenga cierto interés, y el primer acto de la narración en la que Felice cuida de su madre hasta que fallece y reconecta con la gente de su barrio resulte sincero y apunte ciertas ideas con potencial, la película parece rápidamente ensimismarse en sí misma. Da la sensación de que buena parte de lo que sucede, y la gente con la que Felice se encuentra no tiene verdadero peso dramático, y a menudo se desarrolla de manera trivial.

La narración remonta, no obstante, una vez que se introduce el papel de las bandas y los mafiosos de poca monta se han apoderado del barrio; y lo que es más interesante: el mismo líder de estos delincuentes es el mejor amigo de la juventud de Felice, con el que quiere ajustar cuentas. De hecho, nos encontramos con una secuencia en la que unos pandilleros comienzan a disparar por las calles nocturnas mientras las recorren a toda velocidad en sus motocicletas, todo ello mientras pasa al lado de Felice, que apenas se aparta de su camino. En este punto, la película casi parece anticipar una especie de neowestern urbano escrito por un Paul Schrader italiano, en el que Felice debe redimirse de aquello que le hizo abandonar el país hace años. Sin embargo, “Nostalgia” pronto vuelve a dar vueltas sobre sí misma, sin avanzar en ninguna dirección de manera decidida.

La película tiene, sin duda, hallazgos formales (como la representación de los recuerdos de Felice a modo de películas caseras) y premisas realmente estimulantes (ese duelo con su amigo de la juventud) que por desgracia no parecen alcanzar todo su potencial, ni todo el peso dramático que deberían tener para que Nostalgia resultara una experiencia tan poderosa como promete.