‘Las Ciegas Hormigas’: Un relato rural y trágico que recuerda a los mejores westerns escritos

4’5 Butacas de 5

1930, Vizcaya. España. Movidos por el hambre y el frío, los aldeanos de Getxo bajan a sus escarpados acantilados para hacerse con una porción de las toneladas carbón de un barco inglés encallado en la costa, pero el furioso temporal, la codicia humana y la policia se interponen en el camino hacia la libertad. La historia sigue a la familia Jáuregui, una humilde casa de siete miembros, marcados por los conflictos internos y la miseria, pero unida por un objetivo común: sobrevivir al invierno y, sobre todo, buscar una vida mejor.

Si solamente con leer la sinopsis no ha despertado la curiosidad en tí, déjame decir que esta película es lo más parecido a un western rural en su vertiente más salvaje y trágica, un producto poco habitual en el mercado español, que aquí funciona excepcionalmente bien. La atroz calidad de vida de aquellas décadas de pobreza alberga suficiente dureza, tinieblas y traiciones como para crear un subgénero a las películas del oeste: el western costumbrista español. Una tragedia coral que solo puede sostenerse gracias a un reparto entregado y profesional y a un apartado visual impresionante.

Entre el reparto, Urko Olazabal (Patria) e Itziar Ituño (La casa de papel, Errementari) están magníficos, en un momento especialmente destacable de sus trayectorias televisivas y cinematográficas. Actores jóvenes como Unax Hayden (20.000 especies de abejas, La Navidad en sus manos) y Daniel Cabrera (Intimidad, La edad de la ira) demuestran también sus habilidades como jovenes intérpretes, situándose al mismo nivel. Existen además personajes periféricos, igual de importantes para la trama, como los interpretados por Josean Bengoetxea (La última noche en Tremor, Ander) y Carlos Santos (Los hombres de Paco, El hombre de las mil caras), que se construyen, en cierto modo, desde la ironía y ahondan aún más en la miga del conflicto.

Precisamente con estos dos últimos tuve el privilegio de compartir el primer visionado de la película y, de paso, les lancé un par de preguntas. Según Josean, el 90 % de la lluvia que se ve en pantalla es real. El rodaje, en semejantes condiciones meteorológicas, fue arduo, pero también supuso una experiencia inmersiva de unas ocho semanas, durante las cuales la paciencia de los actores y el trabajo exhaustivo de cada departamento —especialmente maquillaje, sonido y fotografía— dieron lugar a un producto excelente y probablemente irrepetible.

Cabe destacar especialmente el apartado visual de la película, donde predominan los tonos oscuros y lúgubres, que me transportan a escenarios como las calles de Desembarco del Rey en Juego de Tronos y a películas como Memories of a Murder. La fotografía no se limita a acompañar la historia, sino que construye una atmósfera opresiva en la que el frío, la lluvia, la noche y el paisaje se convierten prácticamente en enemigos.

Igor Legarreta, director y auténtico orquestador de esta historia, muestra una ambición poco habitual dentro del cine español, tanto por su escala como por la precisión con la que construye su mundo. Me atrevería a decir que su película podría haber formado parte de Perlak o de la Sección Oficial, pero, ante todo, Las ciegas hormigas tiene algo mejor y es un título perfecto: como un grupo de hormigas, el trabajo meticuloso de cada persona se puso al servicio de esta gran historia.

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