‘Renoir’: Chie Hayakawa nos vuelve a descubrir la infancia en el japón ochentero

3’5 Butacas de 5

Para ser una película protagonizada por una niña, “Renoir» se revela como una obra profundamente madura, triste y reflexiva, aunque conserve un brillo luminoso en cada uno de sus fotogramas. La historia de Hayakawa se construye como una suerte de fábula inquietante sobre un punto de no retorno: el tránsito de Fuki hacia la madurez. Con apenas once años, la niña se enfrenta al verano más determinante de su vida, un periodo en el que comienza a despertar a la complejidad del mundo adulto durante la década de los ochenta.

A través de su mirada aparentemente ingenua, la película aborda temas universales como la muerte, el amor, la dependencia o la soledad. Fuki, pese a ser presentada como una niña prodigio con un sinfín de talentos —algunos de ellos cercanos a lo mágico—, no deja de ser una menor que empieza a comprender la realidad desde una perspectiva aún en formación. Resulta, por momentos, desconcertante observar cómo alguien de su edad formula preguntas o adopta comportamientos propios de los adultos. Sin embargo, ahí reside una de las claves del filme: aunque parezca ajena, Fuki lo percibe todo. Desde las noticias sobre la guerra hasta las tensiones íntimas de sus padres, su conciencia se revela más aguda de lo que cabría esperar.

En este sentido, los padres funcionan como figuras complejas e imperfectas, atrapadas en una crisis vital. La madre, desbordada por el trabajo y la crianza, encarna una soledad silenciosa; mientras que el padre, hospitalizado y sometido a un tratamiento de cáncer, se refugia en una obsesiva relación con la medicina, cuestionando constantemente a su médico en un intento por aferrarse al control.

Indiscutiblemente, “Renoir» recoge influencias del mejor cine japonés, evocando a cineastas como Yōji Yamada, Hirokazu Koreeda o la vertiente más humanista de Takeshi Kitano. De ellos hereda una sensibilidad profundamente nipona, reconocible por su contención emocional y por la densidad de sus conflictos internos. Sus personajes responden a este patrón: aparentemente inexpresivos, pero atravesados por complejidades y sistemas de valores arraigados en tradiciones milenarias, en contraste con una sociedad marcada por el aislamiento y la hipertecnología.

La película cautiva especialmente por su puesta en escena y su cadencia narrativa, que se despliega como un delicado vals de imágenes cotidianas. En ella late un realismo mágico que remite al imaginario del Studio Ghibli, aunque aquí se ve atravesado por una oscuridad más tangible, ligada a la pérdida de la inocencia. Ese velo que se descorre progresivamente revela que el mundo adulto dista mucho de la idealización propia de la infancia.

Así, “Renoir» se articula como un recorrido sensorial y emocional por la experiencia de Fuki y su entorno familiar, en un universo dominado por matices grises para el que ninguno de sus personajes parece estar preparado. En última instancia, la película sugiere que, en ocasiones, la fábula no solo sirve como refugio, sino que puede llegar a ser más soportable que la propia realidad.

‘Corredora’: Un Non-Stop de la salud mental

4 Butacas de 5

Seguimos en el BCN Film Festival con ‘Corredora’ que concurre en la sección oficial fuera de concurso con un drama físico e introspectivo sobre deporte de alta competición y salud mental dirigido por Laura García Alonso en su debut en el cine.

Cris (Alba Sáez) es una corredora de élite que está a punto de prepararse para el Campeonato de España. Vive en un Centro de Alto Rendimiento (CAR) y tras unos días de entrenamientos muy duros sufre un brote psicótico que la obliga a alejarse de la alta competición. Su padre (Àlex Brendemühl) no sabe cómo ayudarla y le pide que haga caso a los médicos para ver cómo va evolucionando, pero será su nueva vida con su hermana Natalia (Marina Salas) con quien Cirs encontrará apoyo para aceptar y redefinir su vida de nuevo.

Este drama físico e íntimo consigue meter al espectador dentro de la cabeza de Cris que nos va a ir desvelando muy poco a poco qué siente. Ella solo quiere correr y ganar porque sabe que es la mejor y no quiere parar hasta conseguirlo, pero también corre para enfrentarse a sus propios miedos. Cuanto más corre y más machaca su cuerpo más está luchando contra sus propias emociones.

La interpretación de Alba Sáez, en su primer protagonista en el cine, es tremenda al mostrar todas las fases por las que pasa Cris. Como deportista es metódica, controladora, planificadora y extremadamente competitiva sobre todo consigo misma. Lleva una vida de entrenamiento casi militar que también lleva a su vida fuera de la pista de entrenamiento. Cuando empieza a descontrolarse pasa por varias fases, primero tiene la sensación de que su amiga entra en su habitación luego desconfía de todos sus compañeros en el CAR hacia sus compañeros y el propio entrenador hasta que sufre un estallido en una secuencia que pone el vello de punta al mostrar a alguien totalmente descontrolado que no puede parar ni controlar lo que está haciendo.

Después de su ingreso vemos a una Cris medicada totalmente zombie que consigue mejorar día a día pero las pastillas la dejan totalmente cansada y somnolienta algo que detesta. Los psiquiatras le han recomendado que la alta competición no es algo bueno para ella y debería esperar para ver cómo evoluciona para tomar una decisión sobre su carrera como deportista. Pero ella está obsesionada con correr y eso la llevará a un lugar en el que finalmente tendrá que tomar decisiones serias con respecto a su futuro y a la alta competición.

La dicotomía entre salud mental, deporte y competición de alto rendimiento es tremendamente interesante porque la práctica deportiva ayuda, pero la alta competición no.

Para preparar el personaje Alba Sáez tuvo que entrenar muy intensamente la parte física como emocional para poder transmitir cómo Cris utiliza el movimiento como vía de escape de su cabeza, pero al mismo tiempo también como una ayuda.