‘Gora Automatikoa’: la sátira de la gran mentira cinematográfica

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Hacer una película no es moco de pavo. Son muchas horas de trabajo que van desde la escritura a la realización, de la producción al montaje, de la búsqueda de intérpretes a las peleas con los inversores…una misión complicada a la que desde luego hay que echarle mucho tiempo y dejar de lado otros sueños.

Cuando vemos una película y nos la venden como la más premiada, automáticamente nuestra mente ya dibuja una película de éxito, maravillosa, una obra maestra, que agradará a todo el mundo, y que por eso merece estar en lo más alto. Y yo te pregunto ¿de verdad eso es así?

Si te vas a dedicar a la cultura cinematográfica, sea cual sea la parcela, prepárate para andar largo y tendido sobre una senda de egos, de luchas diarias, sufrimiento, pero sin dejar de soñar por lo que más amas: contar historias. A fin de cuentas, los seres humanos estamos llenos de esperanzas y miserias que retratamos en cualquiera de nuestras acciones diarias.

‘Gora Automatikoa’, es una película sobre todo llena de sueños. Hecha con la humildad de sus tres creadores: David Galán Galindo (Orígenes Secretos), Pablo Vara (Al Final Todos Mueren) y Esaú Dharma (Pixel Theory), tres artistas que desde niños se imaginaban al volante de un DeLorean para viajar al pasado y ayudar a Barry Allen en su lucha contra el mal. Menuda mezcla me ha quedado, lo sé, pero soñar es gratis.

Es precisamente de ese mundo de los sueños de lo que trata la película de animación más gamberra del año. Una representación satírica de lo que es la gran mentira de los premios, una crítica excelente a todo el proceso que conlleva realizar una película de animación en España, y que desde luego deja con la cara colorada, con todo el cariño de sus creadores, a quienes imponen las leyes, sellos e insignias de lo que es una buena película.

Toda la película parte desde el momento en que el largometraje ‘La Gallina Turuleca‘ se alzó con el Premio Goya a Mejor Película de Animación, un proyecto audiovisual que fue el único nominado. Valga por delante que el filme me parece maravilloso, una historia para los más pequeños, pero que en el fondo pone de manifiesto la falta de apoyo de la industria al sector de la animación. A partir de ahí, los tres creadores de ‘Gora Automatikoa‘ llevan a cabo una idea contada a través de la animación, de como funciona el proceso de creación de una película, un análisis de lo que son los premios, con un sentido del humor que hinca el diente a muchos temas y con el que más de uno se puede ver reflejado.

Estamos sin duda ante el largometraje más atrevido de los últimos años de nuestro cine, una fotografía del amor al cine de sus creadores y un puñetazo a la propia industria. El proyecto saca todas nuestras vergüenzas al aire, pintándonos una sonrisa a través de chistes, críticas y unas buenas dosis de sinceridad.

A pesar de que la película levante ampollas en muchos aspectos, está hecha con muchísimo cariño, con una animación de blancos y grises como nuestra personalidad, y que también muestra todo el proceso de realización de una película de este tipo a través de la lluvia de ideas de sus creadores. Premios Goya, Feroz, Forqué…ninguno está a salvo de la Mejor Comedia Española de la última década.

‘Gora Automatikoa’ es la comedia del año. Va más allá de una simple película de animación, es una odisea que fluye a través de la explosión satírica que sus creadores ponen de manifiesto. Si Dios creó los premios, como reza la película, Gora Automatikoa es el homenaje a los sueños de tres cineastas que ejemplifican perfectamente las horas de sudor, trabajo y esfuerzo de miles de creadores. Una joya de nuestro cine que abofetea a los amiguismos, el egocentrismo y los gafapastas entre otros.

‘Última noche en el Soho’: ese terror llamado nostalgia

4 Butacas de 5

Cuatro años después de estrenar su ruidosa y estimulante Baby Driver –virtuoso ejercicio de sonido y de montaje dignos de estudio–, Edgar Wright vuelve a la carga con Last Night in Soho, un vestido hecho a medida; un delirio tan encantador y fascinante como pesadillesco y nostálgico protagonizado por dos reinas del baile: Thomasin McKenzie –Jojo Rabbit, True History of the Kelly Gang, Old– y Anya Taylor-Joy –The Witch, Purasangre, Emma–.

    

La música -diegética o extradiegética– es un aspecto primordial en el cine del autor británico, un hilo aislado que acompaña la acción de manera totalmente orgánica y que refuerza el sentimiento emocional de todo lo que decora el escenario. Aquí la música es el adorno de este agónico y febril sueño que se convierte en húmedo por su excitable e impresionable puesta en escena. Los temas sesenteros –A World without Love, Downtown, You’re my World, Starstruck, Land of 1000 dances, etc.– son un gozo para nuestros oídos, el vehículo sonoro que hace transportarnos a una anhelada época pasada. Y todo lo que envuelve al decorado está a la altura gracias a un diseño artístico y de producción portentosos, tan sofisticados como elegantemente tejidos. Logran que nos sintamos como en casa al mismo tiempo que consigue que deseemos comprar una vida nueva; hace sentirnos como unos antiguos y modernos londinenses.

Otra de las bases de Wright se halla en la psicología humana. Hay que tener cuidado con lo que anhelamos y, sobre todo, con lo que idealizamos. La nostalgia puede ser muy perniciosa. Lo que deseamos e imaginamos a veces no se corresponde con la realidad –o sí–; lo que está claro es que la mente puede llegar a ser traicionera y la luz puede tornarse en oscuridad en un abrir y cerrar de ojos. Wright nos presenta un ideal y melancólico juego de espejismos de presente y pasado, de ilusión y pánico, de esperanza y terror, de sueño y pesadilla. Una batidora de emociones que nos expone el peligro de idealizar un concepto, en este caso una época.

Hay una conexión entre la película y la protagonista –una Tomashin Mckanzie que brilla bajo la luz de los focos–. Las dos muestran pasión por la cultura y alteran su forma de ser. Ambas son refinadas, selectas, imaginativas, pero también son ambiciosas –puede que demasiado– y cambiantes. Y este último aspecto es el que hace demudar el rostro de la cinta, pasamos de un fascinante a la par que glamuroso drama ilusorio y thriller psicológico a un terror desarmado y sensorial –homenajeando a grandes maestros del género– que convence más en su forma que en su fondo. Eso sí, diferencias aparte, en todo momento se muestra un montaje dinámico –recalcar momentos baile– sin requerir de acción puramente frenética. Edgar ahí sabe moverse con solvencia y finura.       

En definitiva, para el que escribe estas líneas, quien dirigiese la virtuosa a la par que ruidosa Baby Driver no defrauda con un thriller donde el jugo de la melodiosa armonía sesentera que nos presenta se concentra en la psicología de sus personajes. Adornado con una ambientación y una música deleitables, Wright diseña un satisfactorio juego de espejismos –luces de neón al más puro estilo Argento o Bava y sangre sello Brian de Palma de por medio– donde nos muestra lo terrorífico que puede llegar a ser idealizar una época pasada. Con este trabajo, Thomasin McKenzie y Anya Taylor-Joy se reafirman en el mundo de la interpretación; podemos decir sin ningún tipo de especulaciones que ya han dejado de ser dos jóvenes promesas. Ellas dos dominan magistralmente el pulso de la acción, tanto en la contención como en la liberación de las perspectivas duales que interfieren en sus actos. Sin lugar a dudas, Last Night in Soho supone una de las sensaciones de la temporada cinematográfica.